El Acorazado Almirante Latorre y El Temporal del 21 al 22 de Mayo de 1940, en
la Bahía de Valparaíso
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Carlos Chubretovich Alvarez
Contraalmirante
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En el N° 166 de revista MAR, del
31 de junio de 1997, apareció
publicada la versión del Capitán
de Alta Mar, don Hans Peter Jürgens acerca
del temporal de la noche del 21 al 22 de mayo
de 1940 en Valparaíso, que lo experimentó
como cadete de la fragata “Priwall”, que en
la oportunidad se encontraba al ancla en
este puerto. al mismo tema se refirió don
sebastiano milesi sebástian, socio de nuestra
liga marítima, en su artículo referente al
acorazado “Almirante Latorre” que se publicó
en el N° 194 - año 2008 - de la misma revista.
como complemento a ambas versiones,
entrego la mía, a continuación, producto
de mi visión personal del mismo suceso,
primero desde la toldilla del “Latorre” y, a
continuación, desde su puente de mando. en
éste, debí reemplazar al oficial de navegación
y, consecuentemente, asesorar en forma
directa al comandante, don Guillermo
del Campo Rivera quien debió asumir
ocasionalmente el mando del buque en esa
tan crítica circunstancia.
En Enero de 1940, recién ascendido a
Guardiamarina de 1ª clase - hoy Subteniente
-cumplí trasbordo al acorazado “Latorre”
junto a toda mi promoción de tan sólo once
integrantes. a la presentación se me comunicó
que debía asumir como ayudante del oficial
de navegación, cargo que desempeñaba el
Teniente 1°, don Manuel Montalva Avila.
La primera navegación en el “Latorre”, que
realicé en esa condición, fue a Talcahuano, a comienzos
de marzo de 1940; el buque debía entrar
a dique para cumplir su período anual de carena.
concluida esa etapa a mediados de mayo,
el “Llatorre” regresó a Valparaíso para participar
en las ceremonias conmemorativas del día 21,
que se celebrarían en ese puerto y, para recibir
el abastecimiento que le era necesario para la
campaña de entrenamiento en el norte.
Al arribo a Valparaíso, se recurrió al
fondeadero de costumbre: al 050º y a 1500
metros del farol de la punta del molo de abrigo,
en 60 metros de profundidad. La maniobra
de fondeo se ajustó estrictamente a las
instrucciones existentes al respecto: el buque
debía encontrarse totalmente detenido para
dejar caer el ancla con seis paños de cadena,
sin que ésta se hiciera trabajar para evitar que
pudiera cortarse. las instrucciones aludidas
consideraban que el peso del ancla -7.5
toneladas -más el de los seis paños de quince
brazas y siete toneladas de peso, cada uno,
que caían sobre ella -alrededor de cincuenta
toneladas en total -daban la seguridad
suficiente para “aguantar” el buque en
cualquier circunstancia y condición de tiempo.
Las diversas faenas efectuadas en relación
al abastecimiento terminaron el día 20 de mayo
a medio día; la tarde se destinó a amantillar el
buque y prepararlo para la ceremonia del día
siguiente. sus pinturas, bronces y cubiertas
quedaron relucientes y los entrepuentes listos
para el almuerzo tradicional de todos los años
en esa fecha.
A las 07:30 horas del 21 de mayo, la
guardia de puerto del buque fue relevada por
la guardia especial, conformada por oficiales y
personal que no integraban el regimiento de
desembarco del acorazado; ese relevo estaba
establecido para todas las oportunidades
cuando las fuerzas de presentación tenían
que desembarcar. jefe de esa guardia especial
era el Teniente 2°, don Roberto De Bonnafos
Van Der Schraft y yo era el guardiamarina
ayudante que, entre otras actividades, tenía a
cargo el portalón de babor, que empleaba el
segundo de los dos batallones del regimiento
cuando desembarcaba y regresaba de tierra.
A poco de terminar la ceremonia del
izamiento del pabellón nacional y del
empavesado, que fue presidida por el
segundo comandante, Capitán de Fragata, don
Carlos Muñoz Arlegui, se ordenó equipar al
regimiento y prepararse para dirigirse al muelle
Prat. el comandante del “Latorre”, Capitán de
Navío Inmanuel Holger Torres, no estaba a
bordo: se encontraba en Santiago, designado
por la Comandancia en Jefe de la Armada
para integrar la delegación institucional que
concurriría, la tarde de ese día, a la ceremonia
de apertura del período legislativo ordinario
de sesiones del Congreso Nacional.
Una brisa del norte, que comenzó a
soplar temprano en la bahía, fue aumentando
paulatinamente su intensidad, a tal punto
que, a eso de las 09:00 hrs. había originado
una marejada que constituía un peligro para el
atraque a los portalones de las embarcaciones
y del pequeño remolcador “Artillero” que
debía trasladar las fuerzas de desembarco
a tierra. el barómetro acusaba una baja
manifiesta y en Juan Fernández estaba
declarado un temporal de gran intensidad.
Ante esas circunstancias, y como medida
de seguridad, el Comandante Muñoz Arlegui
dispuso que el regimiento de desembarco
permaneciera a bordo y suspendiera su
participación en la ceremonia a desarrollarse
durante la mañana en la plaza Sotomayor,
lo que se comunicó al jefe de las fuerzas
de Valparaíso. la guardia de puerto, a
la que le correspondía estar apostada,
retomó su puesto, relevando a la guardia
especial. el portalón se mantuvo cerrado, las
embarcaciones menores que estaban en el
agua se despacharon a la poza y se estableció
guardia de cadena para apreciar si el buque
garreaba. Sólo el almuerzo se llevó a cabo en
la forma que estaba programado.
Alrededor de las 14:00 hrs. el viento y
la marejada comenzaron a declinar, hasta
que poco antes de las 17:00 hrs. se presentó
una calma total, acompañada de un manto
de neblina que cubrió el puerto. ante esa
situación, el segundo comandante estimó
innecesario mantener el portalón cerrado y
dispuso abrirlo para las dos guardias francas,
manteniendo sólo la de retén a bordo como
refuerzo de la apostada. cercano a las 19:00
hrs., cuando la calma persistía, el barómetro
se mantenía bajo y el temporal continuaba
afectando a Juan Fernández, el Comandante
Muñoz optó por abrir el portalón a la guardia
de retén y él, también se dirigió a tierra,
quedando el buque a cargo del jefe de servicio,
Teniente 1°, don Carlos Matamala Rabé.
A pesar que yo pertenecía a la guardia de
retén, no hice uso de esta última franquicia
de portalón abierto, por cuanto estaba
convaleciente de una gripe que me tuvo de
baja en la enfermería de guardiamarinas
y la tarde se presentaba muy fría, junto a
una neblina intensa y a una fina y mojadora
llovizna. como quería evitar una recaída,
decidí permanecer abordo y guardar cama
temprano en la enfermería. Esta, quedaba en
la sala de armas alta, frente a la escala que,
contigua a la puerta de ingreso a la cámara de
guardiamarinas, accedía a la toldilla a la altura
del portalón de babor.
Cerca de la 01:00 hrs., ya del 22 de
mayo, retornó el viento y la marejada del
norweste, lo que determinó que el jefe de
servicio dispusiera la suspensión del tráfico
de embarcaciones al muelle Prat. El aumento
de intensidad que fueron experimentando
ambas manifestaciones, le señaló al Teniente
Matamala la conveniencia de ordenar que
se levantara presión en las calderas y se
calentara máquinas, operación que se inició
alrededor de las 02:30 hrs. y que tomaría unas
cuatro horas para que las turbinas quedaran
en condiciones de moverse. esa decisión le
fue comunicada al Jefe de Estado Mayor de la
Escuadra, Capitán de Navío, don Guillermo del
Campo Rivera, quien se encontraba a bordo.
el tenía su residencia en Concepción, razón
por la cual, generalmente se mantenía sin
bajar a tierra en Valparaíso.
Acorazado “Almirante Latorre”
En el intertanto, yo me hallaba durmiendo
en la enfermería. Desperté abruptamente
cuando sentí que alguien que provocaba
mucho ruido al bajar la escala del frente,
llamaba a gritos al vigilante de la sala de armas
y le ordenaba: “despierte a los oficiales, el
buque está garreando y se va a la playa”. era
el Guardiamarina Ramón Aragay Boada que
acababa de tomar la guardia de 04:00 a 08:00
hrs. en cubierta, la que le había sido entregada
por el Guardiamarina Víctor Bunster del Solar y
que, al regreso a la toldilla de la ronda que inició
yendo al castillo, se dio cuenta que el buque
garreaba por el cambio de posición relativa
de una de las boyas existentes en las afueras
del molo de abrigo. ella estaba por la aleta
de babor cuando inició la ronda y la encontró
a la cuadra de la misma banda a su regreso.
como la boya no podía haber avanzado contra
el viento en ese rato, no le cupo duda que era
el buque el que había retrocedido, garreado, a
pesar que la guardia de cadena no le había dado
aviso alguno al respecto. ante esa emergencia,
el Guardiamarina Aragay ordenó fondear la
segunda ancla, la de babor, maniobra que se
cumplió sin dilación y que evitó que el garreo
continuara. en ese momento el “Latorre” se
encontraba próximo al vapor “Palena” que
estaba fuera de servicio, fondeado con cuatro
anclas y acoderado a la última boya de una
corrida existente entre el dique flotante y las
proximidades del cabezo del muelle Barón.
Tras haber escuchado las órdenes que el
Guardiamarina Aragay diera al vigilante de la
sala de armas, salté de la cama, no supe cómo
me vestí, subí la escala y aparecí en cubierta
entre las barbetas de las torres 4 y 5, en el
instante que, a no más de diez metros de mi
posición se presentó la proa de un buque con
mascarón y bauprés, que cala sobre la toldilla
del “Latorre”, por su sector de babor, en un
lugar inmediatamente a popa del pescante
del portalón de esa banda donde terminaba
la coraza del costado. ese primer golpe de una
proa, -la del “Palena” - que recibió el “Latorre”,
le provocó una avería de tamaño considerable
en la cubierta y en el costado de babor, que
abarcó desde la cubierta 1 hasta la 2, donde
partió por la mitad la litera del camarote del
segundo comandante.
El viento y el oleaje reinante, propios de
un temporal de fuerza 9 ó 10 como el que nos
afectaba, le imprimían fuertes cabeceos al
“Palena”, con lo cual una y otra vez su proa cala
sobre la toldilla del “Latorre”, destrozándola
en medio de un crepitar de fierros que se
retorcían y de la teca de los tablones que se
desastillaban. todo ello, bajo una intensa lluvia
y con un ruido ensordecedor, conformando
un espectáculo verdaderamente inusitado,
imposible de olvidar.
A pesar del estruendo y daño que la
colisión provocaba, sus efectos no eran
particularmente graves para la flotabilidad del
“Latorre”, pues la avería se producía por sobre
la línea de agua. en cambio si era peligroso
que alguna de las cuatro cadenas de las anclas
del “Palena”, pudieran enredarse con el timón
o las hélices del acorazado, privándolo de
movimiento cuando la presión de las calderas
y el alistamiento apresurado de las máquinas
estuvieran listos. sólo la separación de los
cascos de ambos buques podría evitar ese
riesgo.
El “Palena” se encontraba “de para”,
apagado, sin dotación; únicamente contaba
con un “guachimán” que, acompañado de
su consabido perro, se limitaba a hacer
señales de campana pidiendo auxilio. no
tenía, en consecuencia, posibilidad alguna
de largar sus cadenas con medios propios.
Para que ello se pudiera realizar y cesara la
amenaza a las hélices del “Latorre”, entre
algunos oficiales y personal de marinería, que
mediante remos y perchas hacían esfuerzos
estériles para tratar de separar los buques,
brotó espontáneamente un gesto de singular
audacia: abordar al “Palena” para largar o
cortar sus cadenas y salvar al acorazado.
No me resulta posible describir y relatar
en detalle la forma cómo cada uno de esos
hombres quince en total -logró pasar al
“Palena” sin que les ocurriera accidente
alguno; lo hicieron aprovechando de saltar
a su bauprés durante los breves instantes
que éste se mantenía en la cubierta después
de cada golpe que daba su proa sobre la
toldilla del “Latorre”. hubo riesgo evidente
para la integridad física de cada uno de ellos
en ese acto lleno de valor que realizaron
los Guardiamarinas Jorge Vigil Simpson y
Roberto Vargas Biggs, más trece hombres
de tripulación cuyos nombres -y que ellos
me perdonen -el tiempo se ha encargado
de borrar de mi memoria. Todos fueron
llevados por un ímpetu enaltecedor al saltar
al “Palena”, despreciando sus propias vidas
para tratar de salvar su buque y a quienes
se encontraban a su bordo. Tenían presente,
en esa temeraria y decidida acción, la validez
permanente del ejemplo y del legado que les
dejaron a los marinos de chile, sus camaradas
y antecesores en Iquique.
Alrededor de las 04:45 hrs., tras un
calentamiento acelerado y forzado de dos
horas, la máquina quedó en condiciones
de mover al buque. asumió el mando,
provisoriamente, el Comandante del Campo, el
oficial de mayor antigüedad presente a bordo.
el Teniente Montalva, oficial de navegación y
mi jefe directo, también estaba a bordo, pero
en cama, en su camarote, víctima de un severo
estado gripal y soportando una temperatura de
40° c, razón por la cual, el médico - Teniente 1°
cirujano, don Edgardo Enríquez Froeden -no le
permitió levantarse. antes de subir al puente,
pasé al camarote del Teniente Montalva
a informarle la situación existente. me
recomendó que le insistiera al Comandante, la
conveniencia de navegar proa al weste.
Como consecuencia de la ausencia de los
Comandantes Holger y Muñoz Arlegui y con el
oficial de navegación impedido de estar en pie,
al toque de “repetido” nos encontramos en el
puente el Comandante del Campo, el Teniente
Matamala y yo, a quienes nos acompañó por
algunos momentos el doctor Enríquez.
Jamás imaginé que a poco de haber
cumplido diez y nueve años de edad y con
sólo algo más de cuatro meses de antigüedad
en mi grado de Guardiamarina de 1ª clase,
tendría que desempeñarme como oficial de
navegación de la más poderosa unidad de
nuestra flota, subrogando en condiciones
tan difíciles al titular. una experiencia única,
irrepetible y muy valiosa, que nunca olvidaré.
De inmediato, el Comandante ordenó
al Teniente De Bonnafos -que atendía la
maniobra en el castillo -virar el ancla de
babor, la que había ordenado fondear el
Guardiamarina Aragay, y a continuación
dio las órdenes respectivas a la caña y a las
máquinas para intentar que se abriera la
popa, separándola de la proa del “Palena”,
que ya había cortado tres de sus cuatro
cadenas. una vez tragada el ancla de babor
se inició la maniobra de virar la de estribor,
aquella con la que el buque había garreado;
pero ésta se hizo firme en el fondo, enredada
posiblemente con algún resto náufrago.
su cadena comenzó entonces a llamar a
babor, trabajando por sobre la roda, lo que
impidió que el buque pudiera caer a estribor
para salir de su comprometida posición.
a esa inmovilidad forzada, se agregaba un
paulatino abatimiento hacia babor que le hizo
acercar la popa hasta unos cincuenta metros
de la proa del dique flotante, que contenía
en su interior al vapor “Chile”. Por otra parte,
desde el puente al extremo del molo, había
algo menos de doscientos metros, lo que
era confirmado por el telémetro portátil ahí
existente. ello significaba también, que entre
el asta del jack y la punta del molo no había
más de ciento cincuenta metros, distancia
insuficiente para que un buque del tamaño
del “Latorre” pudiera intentar con éxito la
salida de la estrecha área de maniobras en
que se encontraba.
Aprecié, así, que era inútil insistir en tratar
de hacer caer el buque a estribor para salir a
capear porque su curva de giro, aún con toda
la caña cerrada y ayudado por las máquinas,
llevaría su proa sobre el molo y, si se daba atrás,
se abordaría al dique. no quedaba, a mi juicio,
otra posibilidad sino que intentar la entrada a
la poza, que afortunadamente se encontraba
despejada porque se habían largado todos los
destructores fondeados y acoderados al molo,
y en los sitios de atraque n° 1, 2 y 3 no había
buques ocupándolos. el único inconveniente
era que se trataba de una maniobra que
jamás se había pensado ni menos intentado
realizar. a pesar de ello estimé necesario
darle a conocer mi apreciación e idea de
maniobra al Comandante del Campo, quien
no sólo me la rechazó de plano sino que
me llamó la atención expresándome que mi
proposición era propia de quien carecía de
toda experiencia en la materia.
Cuando tras otros infructuosos esfuerzos,
no fue posible que el buque cayera como se
quería y comenzó a aconcharse nuevamente
contra el dique, pero sin llegar a toparlo, el
Comandante ordenó desengrilletar la cadena
de estribor y largarla en banda. cuando
esa faena fue cumplida por el Teniente De
Bonnafos, a quien secundó el Guardiamarina
Daniel Arellano Mc Leod, no quedó otra cosa
sino que abrir la popa a estribor, para evitar
que fuera a topar con el dique. con ello la
proa cayó algunos grados a babor, quedando
presentada justamente enfrentando la
entrada de la poza. unas pocas paladas
avante, cuando aún era noche, le permitieron
al Comandante del Campo llevar al buque
a los sitios 2 y 3, a los que atracó sin ayuda
alguna de remolcadores - que no los había -
ni de ningún otro medio, y empleando todos
los coyes de las batayolas como defensas
de emergencia al costado de babor, que por
fortuna en ningún instante topó con el muelle
de atraque. se había consumado así lo que
parecía una utopía: que el “Latorre” entrara
a la poza de Valparaíso, maniobra que le
permitió liberarse del evidente riesgo en que
llegó a encontrarse.
Rresulta oportuno recordar, también,
que fue providencial que el día 20 por la
tarde, hubiera quedado desembarcada en
el sitio de atraque N, una partida de espías
de manila destinada al abastecimiento de la
armada, que por lo avanzado de la hora del
término de su descarga, y por el festivo del
día siguiente, no había sido llevada aún al
almacén respectivo del arsenal. estaba allí, a
la vista, bajo la custodia de la guardia de esa
repartición y se recurrió a gran parte de ella
para “coser” el buque a las bitas de los sitios 2
y 3 que el “latorre” ocupó con sus 210 metros
de eslora. Mientras se estaba en la maniobra
de amarre y ya empezando a aclarar, uno
de los señaleros me hizo notar que el vapor
“Chile” se había recostado sobre la banda
de estribor del dique, al parecer porque se
habían soltado o quebrado los puntales que lo
afirmaban a ella. al dique se le provocó así una
escora de varios grados a estribor que, como
efecto de la fuerte marejada reinante, le hacía
tener peligrosos tumbos a esa banda. de uno
de ellos no se pudo recuperar y se dio vuelta
de campana, arrastrando al vapor “Chile”.
Instantes después el “Palena”, que había
cortado su última cadena y hecho lo mismo
con las espías que le amarraban la popa a la
boya, derivaba en dirección a los enrocados
del lado Poniente del nacimiento del muelle
Barón. fue una suerte que antes de llegar a
destrozarse allí, los dos guardiamarinas, los
trece hombres que saltaron junto a ellos,
el “guachimán” y el perro alcanzaron a ser
rescatados de esa nave por el bote salvavidas
a cargo del Capitán Olaf Christiansen.
Con el buque atracado y amarrado en la
forma ya descrita, el Comandante del Campo
aún en el puente y con esa caballerosidad
tan propia de él, se me acercó y me dijo:
“Perdóneme Guardiamarina, tenía usted
toda la razón. ahora alístese para preparar
la redacción del parte correspondiente para
darle cuenta al Comandante en Jefe de la
Escuadra de todo lo sucedido”.
Junto a las visiones espectaculares de la
pérdida de dos buques, el “Chile” arrastrado
por la vuelta de campana del dique y el
“Palena” destrozado contra los enrocados,
sentí pena y nostalgia pues en ambos había
navegado entre Antofagasta y Valparaíso
cuando aún era niño y que, por lo tanto, habían
contribuido en alguna medida a la afirmación
de mi vocación marinera. y si hay algo triste
en la vida de un marino, circunstancia con la
que jamás quisiera volver a encontrarme, es
ver cómo un buque termina por hundirse.
La recogida a bordo de los oficiales y del
personal que había quedado en tierra la noche
anterior, comenzó desde muy temprano en los
sitios 2 y 3 mediante el empleo de planchas
de madera sobre las que se paraban unos
doce hombres, en cada oportunidad, y que
eran izadas por las grúas de la administración
del puerto, para enseguida depositarlas en la
toldilla y el alcázar del “Latorre”. en una de
esas planchadas, cerca del medio día, llegó
el Comandante Holger quien, al descender
en la estación de Viña del Mar del tren que
lo traía de Santiago, fue reconocido por un
“gorra colorada” - cortero - quien le comentó
lo imponente que se veía el “Latorre”
atracado al malecón. aunque el Comandante
se sorprendió sin dar mucho crédito a lo que
le decía el cortero, subió nuevamente al tren
y llegó hasta la estación del puerto, donde
terminó de convencerse que la información
que había recibido era una realidad.
El “latorre” se mantuvo por tres días
atracado a los mismos sitios, mientras
eran cubiertas con tablones las averías que
recibió a raíz de su colisión con el “Palena”.
la maniobra para desatracarlo y sacarlo de la
poza después de esa reparación provisoria,
requirió la ayuda de cinco remolcadores, entre
ellos dos de gran tamaño, el RAM “Janequeo”
y el “Poderoso”.
El extenso parte que debí redactar con
el relato fiel y detallado del hecho acaecido
y que dio origen al sumario de rigor, llevó
la firma del Comandante del Campo, como
Comandante Subrogante del “Latorre” y la
mía, como oficial de navegación, también
subrogante, del mismo buque. a ese
documento, se le acompañó la papeleta del
barógrafo que, bien recuerdo, contenía el
registro gráfico de una caída impresionante
de la presión atmosférica, del orden de 5 a
6 milímetros en el corto lapso de una hora,
la comprendida entre las 03:30 y 04:30 horas
del 22 de mayo, coincidente con la etapa del
garreo y posterior choque con el “Palena”.
Como conclusión después de ese
desdichado suceso, que estuvo próximo
a terminar con la pérdida del acorazado
“Latorre”, quedó ratificada, una vez más, la
importancia que tiene para la seguridad de
todo buque, la correcta operación de fondeo,
que consiste en dejar caer el ancla en el punto
elegido, mientras se avanza con una pequeña
viada, estirando la cadena en el fondo y
haciéndola trabajar en forma alternativa,
hasta que al aguantar completamente, quede
totalmente detenido el buque y, una vez
ocurrido eso, arriar la suficiente cadena para
que su cantidad de metros bajo el agua, sea
equivalente como mínimo, a cinco veces la
profundidad del punto de fondeo.