Un Ferry para el Río Bío Bío
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Germán Bravo Valdivieso
Ingeniero Constructor Naval
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Cuando el diseño de una embarcación
es realizada por profesionales
ajenos a los conocimientos de arquitectura
o construcción naval, puede esperarse un
resultado muy distinto del que querían obtener.
Recuerdo un caso que debe haber sucedido
a mediados de 1974 cuando me desempeñaba
como Jefe del Departamento de Ventas de la
planta industrial de los Astilleros y Maestranzas
de la Armada - ASMAR en Ralcahuano.
Una mañana acudieron a mi oficina dos
correctos ejecutivos de la planta de Laja de la
Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones
(CMPC), uno de ellos, de más edad, era el
gerente de ingeniería y el otro, uno de sus colegas
proyectistas, los cuales llevaban un grueso
rollo de planos. Me plantearon que su visita se
debía a que necesitaban que se les confeccionaran
dos cajas de engranajes, capaces de recibir
el movimiento de un motor en forma horizontal,
transmitirlo verticalmente hacia abajo y luego,
otra vez, en forma horizontal, para accionar una
hélice propulsora de una embarcación.
Algo extrañado por los requerimientos, comencé
a inquirir sobre el proyecto que los traía,
informándome, que estaban construyendo una
especie de ferry, aunque lo llamaban balsa, el
cual debía ser capaz de transportar dos camiones
cargados con madera para cruzar el río Bío
Bío, lo cual les significaría un gran ahorro al evitarse
tener que recorrer muchos cientos de kilómetros
extras para cruzarlo por alguno de los
puentes existentes.
Extendieron sobre mi escritorio los planos y al
observar el arreglo general, pude ver que se trataba
de una serie de cilindros gigantes de acero
sobre los cuales, descansaban dos fuertes rieles,
formando una plataforma que debía soportar los
dos camiones cargados. Lo más paradojal era que
los cilindros estaban colocados para navegar en
forma transversal al avance de la embarcación.
Bastante extrañado de lo que veía, les consulté
acerca de qué constructor naval les había
hecho el diseño, a lo cual, con una muestra de
orgullo, me respondieron que lo habían proyectado
ellos, ingenieros civiles, y que la memoria
de cálculo estructural ocupaba muchas páginas,
por lo que estaban seguros que resistiría perfectamente
el peso de los camiones cargados.
Mi opinión fue que no ponía en duda la resistencia
de la estructura, pero que, a primera
vista, veía difícil que pudiera navegar. Se me ocurrió
sugerirles que, ya que habían comprado los
motores, instalaran uno en cada extremo de la
plataforma con un winche y un firme cabo a tierra,
para usar el artefacto como balsa y no como
ferry, con lo cual obviaban las cajas de engranajes
por las cuales habían acudido a mi oficina y
también el hecho de que ambos eran de diferente
potencia y giraban hacia el mismo lado, lo cual
debía considerarse al momento de usarse en una
embarcación y en el diseño de las hélices.
Su respuesta fue que ello no era posible,
pues el río variaba mucho su ancho entre verano
e invierno, más que duplicándolo y que,
a veces, necesitaban remontarlo contra la corriente.
Es decir, ya no se necesitaba solamente
la potencia necesaria para mover ese artefacto,
sino que también para navegar contra la fuerte
correntada del río en los meses de invierno.
A esta altura, les propuse dirigirnos al Departamento
de Construcción Naval, cuyo jefe, el Capitán
de Corbeta Hervé Dilhan, venía llegando
del Massachussets Technical Institute (MIT), con
su flamante título de Arquitecto Naval. Tomando
su rollo de planos, nos dirigimos a construcción
naval, donde al observarlos, recibieron la
misma estimación que les había hecho yo, esto
es, que el diseño aquel no podría navegar, pues
la resistencia del agua a los cilindros, colocados
en forma transversal, no permitirían que los motores,
ya adquiridos, fueran capaces de hacerlo.
Les ofrecimos confeccionar un nuevo diseño
de acuerdo a sus requerimientos, donde debía
tomarse en cuenta la corriente del río, peso de
los camiones cargados, velocidad requerida,
condiciones de seguridad, etc., pero la respuesta
recibida fue categórica: los cilindros gigantes de
acero ya estaban confeccionados, los motores
comprados, las hélices confeccionadas y la gran
cantidad de dinero invertido no podía perderse.
Ante esta realidad, Dilhan sugirió colocar
una especie de forro al casco, encerrando los
cilindros para disminuir la resistencia, pero que
ello no aseguraría la navegabilidad, por lo que
recomendaba confeccionar modelos a escala y
contratar el canal de pruebas hidrodinámicas de
la Universidad Austral de Chile en Valdivia, para
que los ensayara y emitiera su informe, lo cual
se acordó hacerlo para dos modelos diferentes,
uno el original y el otro con el forro exterior propuesto
para conformar el casco.
Aceptada la sugerencia y confeccionados los
modelos, los profesores de construcción naval
de Valdivia no sabían si el modelo original debía
navegar a lo largo o a lo ancho para evitar
la resistencia del agua contra los cilindros. Las
pruebas hidrodinámicas fueron concluyentes:
para el diseño original no había potencia posible
para que lo hiciera navegar y para el diseño modificado,
los motores lograrían moverlo, pero la
ola formada barrería la cubierta, haciendo imposible
el traslado de los camiones. Con esto se
dieron por terminadas las conversaciones con
ASMAR, se devolvieron los planos y se les hizo
entrega de los informes del canal de pruebas hidrodinámicas
de Valdivia.
Epílogo
Tiempo después recibí en mi oficina, una
carta de la planta Laja de la CMPC solicitando el
desguace de una estructura de acero que se había
varado en la ribera sur del río Bío Bío, cerca
de la localidad de Santa Juana y que las autoridades
del lugar estaban presionando para que
fuera retirada, sin indicación alguna si se trataba
de algún naufragio o qué había sucedido; pero
no quedaba duda alguna que se trataba del artefacto
sobre el cual tanto habíamos discutido
acerca de la posibilidad que pudiera navegar.
Casualmente, uno o dos años más tarde, me
encontré en una reunión social con el gerente
de ingeniería con quien habíamos discutido el
proyecto y le pregunté como había concluido.
Hombre muy educado, simpático y caballeroso,
además que nos encontrábamos en su casa, no
dudó en relatarme el epílogo.
Cuando acudieron a ASMAR para la confección
de las cajas de engranajes, ya tenían confeccionadas
la mayor parte de las piezas estructurales,
por las cuales habían invertido bastante
dinero, así que no tenían otro camino que seguir
adelante.
Un día se finiquitó la construcción, por lo
que debía organizarse la ceremonia y la fiesta de
lanzamiento, destinándose para ello un domingo
en el cual todos los operarios de la planta,
sus familiares y habitantes invitados del pueblo
de Laja pudieren concurrir para acompañar a
los ejecutivos, para lo cual se encargaron empanadas
y vino como festejo. El propio gerente
de ingeniería, padre del proyecto, que en ese
momento me relataba lo sucedido, decidió embarcarse
y zarpar en su nueva nave, para lo cual
se compró una gorra de marino e hizo enarbolar
una bandera chilena. Se procedió al bautizo
de la nueva embarcación de acuerdo a la tradición
naval y, mientras una banda de músicos
daba realce al acto, se soltaron las espías que la
amarraban a tierra, se pusieron en marcha los
motores que le permitieron alejarse del muelle
y el capitán saludaba, despidiéndose de los invitados.
Apenas hubo abandonado las tranquilas
y abrigadas aguas de la ensenada y mientras se
dirigía hacia el centro del río, lo tomó la corriente,
impidiéndole cualquier maniobra y arrastrándola
hasta la orilla sur donde quedó varada
hasta el día que el personal de ASMAR procedió
a desguazarla.