HomeBienvenidaActividadesNoticiasReportajeHistoriaRevistaCorporaciónContactos

Liga Mar¡tima de Chile

REVISTA MAR

ARTICULO ANTERIOR

INDICE

SIGUIENTE ARTICULO

Los Condenados de la Mar

Omar Valdivieso Véliz

El temporal del sesenta y cinco castigaba las costas violentamente en toda su extensión. hacía muchos días que estaban encerrados esperando que cesara. Los tíos cebaban el mate mientras la abuela amasaba el pan. El abuelo con las manos en los bolsillos del viejo pantalón afranelado oteaba la costa cansadamente. el viento silbaba como queriendo asustarlo pero el niño, con sus cortos años, se apretaba a las fuertes piernas del anciano y no sentía temores. Parecía que el techo de fonola quería arrancarse. Las otras ranchas desperdigadas como semillas lanzadas al azar humeaban por sus destartaladas chimeneas, mientras el viejo pegaba la oreja a la radio de tubos que informaba: “el temporal ha devastado veintidos provincias, causando estragos en todos los puertos entre Valparaíso y Antofagasta”. El abuelo, cuyos ojos cetrinos horadaban la distancia a través del pequeño ventanuco, acercándose le susurró al oído:

Mira Eligio, un barco entra en la bahía.

El niño se acomodó a su lado y, en efecto, vio a un inmenso buque entrar a la pequeña caleta. Con el paso de los años supo que era el patrullero PP61 Leucotón, que por recalentamiento de su motor ingresaba a la bahía con el objeto de capear el temporal que asolaba la costa de Mankemapu.

Tenía la sacrificada y riesgosa misión de reabastecer los catorce faros de la zona más inhóspita del litoral chileno. Había atendido sin novedad el faro de Punta Galera pero cuando se desplazaba más al sur en demanda del faro que permite la navegación frente a Punta Quedal, se vio obligado a penetrar a la bahía de San Pedro. Así, la caleta Lluico se convertía en un bolsón natural de protección precaria, provisoria, para embarcaciones de poco calado. En el intertanto la radio informaba: Puerto Natales aislado, en Valdivia las aguas desbordadas del río Calle Calle penetran violentamente en las casas de las poblaciones bajas. El abuelo murmuró a media voz, como un pensamiento:

Aquí no va a poder -dijo - hay muchos bajos. Debió de seguir a capear mar afuera. Y como viejo pescador artesanal de los antiguos concluyó perentoriamente:

Lo va a pasar muy mal.

Así no más fue. Apretados en los promontorios que circundaban la caleta, medianamente protegidos contra la llovizna, vieron los esfuerzos de la tripulación para fondear la nave, pero las anclas no lograban aferrarse al fondo rocoso, dejando la embarcación a merced del oleaje y del viento arremolinado propio de la zona de Purranque. Los marinos ponían toda su energía pero no pudieron contra los elementos. Una ola de grandes proporciones se desprendió de la superficie del mar y en su cresta, en la que el niño creyó ver un ojo gigantesco que lo miraba fijamente, levantó al barco y lo depositó en las orillas de la caleta lluico, varándolo de costado con su quilla hundida en las arenas, a doscientos cincuenta metros de la playa. El abuelo, sentado a su lado, se levantó sacudiendo las arenas húmedas y dijo:

No hay caso, allí se va a quedar por quién sabe cuánto tiempo.

El permaneció en silencio, era muy niño para opinar, sólo emprendió veloz carrera gritando:

¡Tata, apuesto que te gano!

El promontorio se convirtió en el gran mirador. apenas acampaba un poco se sentaban a mirar el espectáculo que significaba ese gigantesco monstruo herido. El jueves en la mañana apareció en la bahía un remolcador de grandes proporciones, años después supo que era el ATF Janequeo, 205 pies de eslora, 38 de manga, 28 de puntal, 14 de calado, 1506 toneladas de desplazamiento y un andar de 15 nudos. Había dejado valparaíso, al mando del Capitán de Corbeta, Mario Léniz Benet, con una tripulación de 78 hombres a bordo. En Talcahuano subió el Capitán de Fragata, Claudio Hemmerdinger Lambert, con los avíos y hombres necesarios para las tareas de rescate. Apenas llegados al lugar del varamiento, los marinos se pusieron a trabajar en el destrabamiento del Leucotón que yacía con una inclinación de 15 grados a babor. Ayudado por el Cabrales, escampavía también asignada al rescate, en el primer intento no se logró zafar al PP61 de su trampa de arena.

Patrullero Leucotón Patrullero “Leucotón".
Luchando contra el mar embravecido, el Janequeo insistió en desvarar al Leucotón a pesar de los malos pronósticos del tiempo que anunciaban un temporal desatado, proveniente de la isla de Juan Fernández. Con lluvia torrencial, mar gruesa y montañosa, se logró colocar el cable de unión y para mantenerlo a flote se ordenó atarle salvavidas. Cuando se tiraba para cambiar la posición del Leucotón, el cable virador del remolque se soltó y el hierro acerado se recogió como resorte, enredándose en la hélice en más de veinte vueltas. Los buzos descendieron para soltar el aft de esa verdadera mordaza de acero, pero el cable había sido tragado por el eje, quedando trabado, siendo imposible su liberación. Sólo podía lograrse en dique seco.

La Segunda Zona Naval ordenó al Galvarino continuar con la riesgosa misión de reabastecer los faros y el zarpe de la Yelcho y la Casma, para ayudar a los accidentados. Desde su observatorio no se perdían detalles de lo que sucedía, era novedoso que en sectores tan alejados se estuvieran escribiendo páginas tan heroicas y humanas de nuestra gente de mar.

¡Son nuestros hermanos mayores! - decía el abuelo.

Ellos cuidan el mar territorial, son los primeros y únicos en llegar si algo nos sucede. Es una lástima que no podamos ayudarles - concluyó con un gran dejo de tristeza. El Capitán, al verse sin maniobrabilidad, ordenó lanzar un ancla, la que demoró bastante en afirmarse al fondo rocoso. Mientras tanto en casa las noticias hacían más terribles la tensa espera. La mayor cantidad de naves que estaban al abrigo de los puertos y las caletas fueron volcadas sobre las playas o destruidas contra los roqueríos. El abuelo se paseaba de un lado para otro y como viejo lobo de mar intuyó lo que sucedería. “El temporal desatado procede del norte, con fuerzas de 20 a 45 nudos, acompañado de lluvias copiosas e intensas, existe la real posibilidad que la nueva onda ciclónica pueda variar su curso desplazándose al sur”, seguía informando el viejo transistor.

Es lamentable, dijo el abuelo, “esos muchachos están en reales problemas. Hay que estar atentos, esos niños mañana nos pueden necesitar”, terminó diciendo visiblemente apesadumbrado.

El domingo 15 de madrugada se desató el norte y el norweste tal como temía el anciano, con ráfagas de 60 a 85 kilómetros por hora, olas de 15 metros, una lluvia torrencial y helada. El abuelo los despertó a todos, al niño y a sus tíos:

¡Levántense! - gritó - los muchachos están en problemas. Se abrigaron bien y se fueron al promontorio. allí el niño vio las escenas que no podrá olvidar mientras viva. El Leucotón, como ironía del destino, estaba fuertemente varado y por lo tanto la pesadez de su volumen, encallado en la arena, le daba la fuerza para permanecer incólume al embate de las olas. El Capitán Léniz presintió la tragedia. En mensaje al Capitán de la Yelcho, nave de la clase Apache, gemela del Janequeo, le dijo:

¡Olvídate de los prestados! en clara alusión a que no podría devolver el material conseguido para zafar al Leucotón.

El Janequeo danzaba en torno a la cadena del ancla que lo mantenía precariamente seguro. Vientos de 148 kilómetros por hora silbaban entre los picos de la cordillera del saraos. La mar hervía en su violencia contra la nave indefensa. -la María se despertó- , dijo el abuelo al lado del niño, tratando de protegerlo del frío.

Fue muy larga la espera, acotó tomando en cuenta el temporal que se venía. Se levantó y dando largos trancos los conminó a todos a seguirlo a la playa. A las 08:30 horas los eslabones del ancla no soportaron la furia del mar ni la violencia de los vientos del norte. De la cocina salió el grito estridente del panadero Iturra:

¡Perdimos el ancla! el guardia Juan Zamorano alertó al resto de la tripulación. El Capitán ordenó colocar la segunda ancla.

El Cabrales intentó acudir en su ayuda, en ese viejo concepto de lealtad marinera de ayudar al compañero en peligro, sea cualquiera el riesgo que signifique.

¡Por ningún motivo! -desechó el Capitán Léniz - sería totalmente inútil, y agregó:

¡Arroje todo lo que flote, eso nos puede servir de ayuda!

Reunió a sus hombres en el comedor y les dio a conocer la situación:

¡El barómetro está subiendo, estamos más seguros en el mar! tenía la secreta esperanza de que el barco encallara en los roqueríos. Ordenó colocarse los salvavidas y mantenerse en cubierta. En esos momentos se soltó el ancla de respeto y el Janequeo comenzó a garrear en dirección de la costa, sin ninguna posibilidad de maniobra, a merced de los elementos.

¡Sáquense la ropa! - ordenó el abuelo.

¡Traigan fijas y lazos, las mujeres que preparen fogatas y agua caliente, trataremos de salvar a los que se pueda, la roca Catedral va a triturar a ese pobre barco! - terminó diciendo mientras se desvestía.

En cuarenta minutos se desarrolló la tragedia de la que el niño sería involuntario testigo. El ATF Janequeo, sin maniobrabilidad ninguna, era un juguete a merced del oleaje que lo llevaba irremediablemente hacia la costa. La enorme nave impulsada por el viento se fue violentamente contra los roqueríos. Comenzó a escorar cuando sus cascos golpeaban las rocas. Sus palos comenzaron a estrellarse contra la parte superior del promontorio produciendo un ruido escalofriante que, sumado al sonido del mar y del viento, le fue imposible de olvidar. La roca Campanario, denominada así en las cartas náuticas, llamada roca Catedral por los nativos, sería la tumba de un remolcador que luchó en la Segunda Guerra Mundial bajo el nombre de Potawotoni de la Armada norteamericana. Las olas barrían la cubierta y en esos horribles bandazos muchos hombres fueron lanzados al mar.

El Capitán Hemmerdinger, Jefe del operativo salvataje del Leucotón, cayó malherido. Mares de 15 metros golpeaban con toda la furia con la que puede hacerlo un ser vivo que no quiere dejar escapar su presa. El oleaje y su socio natural, el viento, producían tumbos de 60 grados que iban despedazando al barco, diezmando la tripulación, devorados por la mar, insaciable en su afán de cobrar su cuota de víctimas. A las 09:19 horas se quebró el palo mayor que cayó con un estruendo superado sólo por el ruido del infernal oleaje. A las 09:21 horas el casco se partió en dos, al centro del buque, con una crujidera que aún no se escapa de los oídos del niño. Un espantoso golpe mató al telegrafista Mena y quebró una pierna del maltrecho Capitán Hemmerdinger. Un gigantesco bandazo aturdió al Capitán Léniz.

A las 09:50 horas cayó el palo trinquete. Cuando el barco escoraba hacia la roca Campanario, la tripulación saltaba a los roqueríos que quedaban a pocos metros de la cubierta. Uno de los último marinos en saltar quiso ayudar al Capitán Hemmerdinger, pero éste fue categórico:

¡No, sálvese usted, es una orden! - ¡yo estoy muy bien acompañado!

A su lado yacían los cuerpos de Mena y el Capitán Léniz. La toldilla y la torre estaban destrozadas. Fueron muchos los marinos que sucumbieron en forma instantánea al caer al mar y ser apretados por el casco contra las rocas. La oficialidad permaneció hasta el último momento en el puente de mando. Era el único lugar de la nave que permanecía en pie. Rehusaron colocarse chalecos salvavidas y saltar al roquerío, quizá su única posibilidad de salvación. Prefirieron hundirse con su buque, en el gesto más noble y romántico de una estoica tradición marinera.

El abuelo que estaba semidesnudo se internó en el mar pues se veían aparecer los primeros cuerpos destacándose entre las blancas espumas. Las mujeres hacían fuego mientras el resto de la población costera preparaba largas fijas y armaban lazos para acercarse a la orilla, donde el anciano les indicaba los bultos desnudos que asomaban entre los espumarajos que la mar iba arrojando a la costa. El niño, con el tiempo, reconoció no guardar grandes recuerdos visuales, la distancia, la bruma, la lluvia lo confundieron, pero sí guardó grandes recuerdos sonoros: el viento, el oleaje, el hierro contra la piedra, el crujido de los palos y, por sobre todo, los gritos que no eran de miedo ni temor, eran gritos de furia, de coraje, de llamarse y darse ánimos. Aún hoy, cuando va con sus hijos al promontorio, escucha nítidamente esos gritos, como si en esa zona se hubieran quedado embolsados en el tiempo. El Leucotón y su gente, medianamente seguros, a dos metros de agua en la barra del río, miraban estupefactos y atónitos la tragedia que sucedía a 250 metros de distancia. Nada podían hacer, hasta que un hombre se deslizó decididamente por el andarivel que habían colocado para bajar a la playa. Fuentealba se llamaba el héroe que a riesgo de su vida penetró al mar las veces que pudo para salvar a sus compañeros, los que se debatían inútilmente contra los furiosos elementos, entre los desperdicios y lo espumoso del mar.

Remolcador Janequeo Remolcador de alta mar “Janequeo”.
Los hombres del Janequeo que saltaron del barco, a duras penas lograban mantenerse fuertemente agarrados a las rocas, pero el oleaje los removía con facilidad arrojándolos al mar y, nuevamente, las olas los lanzaban a los roqueríos donde los más fuertes lograban asirse otra vez. La resaca los volvía a sacar. Así, débiles, golpeados, cansados, maltrechos, eran fácil victimas de un mar ansioso por perderlos. Los que estaban mejores físicamente o que estaban menos dañados eran llevados por la corriente hacia la costa, donde eran capturados por el abuelo y los demás pescadores de Caleta Lluico. Al ver el gesto del Marinero Fuentealba, el anciano gritó:

¡El coraje se lleva en la piel! - y continuó con el agua hasta el cuello animando y rescatando desgraciados que llegaban en calidad de despojos desnudos a las cercanías donde rompían las olas. Fuentealba, en su tercer intento de salvar a un compañero, el Cabo Contreras, no resistió más y el cansancio y la dureza de los elementos le pasaron la cuenta; no pudo salir y desapareció en la mar hirviente.

Bahía San Pedro El abuelo organizaba el salvataje, las ropas eran usadas para abrigar a los desvalidos, las mujeres los reanimaban con café, mate, les friccionaban la piel y los ponían alrededor del fuego. Sólo uno de los rescatados dejó de existir alrededor de una fogata. El espectáculo era infernal, el viento, la lluvia, la mar, el frío por un lado y por el otro, los solidarios hombres de la orilla que intentaban salvar a los náufragos que el mar arrojaba a sus riberas, inermes, ateridos, tumefactos, golpeados. Una lucha implacable para arrebatarle a la mar lo que ésta reclamaba. Un hombre de la Janequeo, herido, sangrando de un ojo, sacó al Cabo Espinoza y no contento con esto, se lanzó de nuevo al mar para sacar al marinero Calderón, luego volvió a sumergirse para rescatar a un tercer cuerpo que se debatía con furia en la rompiente, pero esta vez el agotamiento pudo más y los embravecidos elementos cómplices y aliados de la mar permitieron que ésta se cobrara la revancha contra un hombre que le había sacado varias presas de sus fauces. Resultó ser el Cabo de Máquinas, Odger Flores, que con el coraje tatuado en la piel y la valentía propia de los hombres de mar, tuvo el gesto sublime de ir en ayuda de sus compañeros a costa de su propia vida.

Terminada la debacle, los sobrevivientes fueron llevados a las humildes ranchas donde se les abrigó y cuidó hasta el rescate final de sus pares. En los días posteriores la mar se recogió como avergonzada de tanta crueldad y cansada de batallar, dio tiempo para rescatar al resto de los infelices náufragos. La oficialidad del Janequeo, fiel a sus más sagrados principios, jamás abandonó la nave en desgracia. Las generaciones venideras sabrán que en cualquier circunstancia trágica, no pueden ser menos que los héroes que les señalaron el camino.

El abuelo vivió muchos años recordando en los boliches la proeza del Janequeo y a la orilla del brasero, una noche de invierno le dijo al niño:

-Cuando pases rumbo a las faenas, cerca de los fierros carcomidos por la brisa marina, no pienses que son los restos de un naufragio, convéncete que es un monumento al coraje, a la valentía, al gesto más hermoso de los hombres: dar la vida para que otros vivan.

Juan Eligio Comigual, el patriarca, el abuelo, murió pasado los 90 años de edad, venerado por su comunidad. En su lecho de enfermo le tomó la mano a su nieto, ya un hombre, y le susurró al oído como lo hiciera tantas veces:

-No olvides jamás que los hombres valientes sólo mueren cuando se les olvida.

Bibliografía:

Revista Ercilla, agosto de 1965.
“Algunos siniestros marítimos acaecidos en el siglo XX”; Capitán de Navío Juan Francisco Vargas Sáez.
“A 40 años de la doble tragedia naval”; Internet.
“El naufragio del Leucotón y del Janequeo”; Internet.
“La Janequeo”; Internet.
Testimonios de los sobrevivientes en prensa de la época.

ARTICULO ANTERIOR

INDICE

SIGUIENTE ARTICULO


HomeBienvenidaActividadesNoticiasReportajeHistoriaRevistaCorporaciónContactos