Alisios del Recuerdo
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Pedro Barahona De La Fuente
Piloto 3° Marina Mercante
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Los últimos rayos de sol, una vez
más, demarcaban aquella fachada
de color azul y esa pequeña
casa parecía flotar en lo alto de aquel cerro de
valparaíso. Me acercaba a la vivienda a través
de una de las miles de escalas que llevan al
cielo en este puerto de Valparaíso.
Es el hogar de ancianos que alberga a muchos
viejos lobos de mar. Se cuenta que cada
mes, muchos rostros aparecen en cada ventana
de aquella casa. Pero en realidad no es más
que una vivencia del recuerdo. Se trata de
que, en cada oscuridad total, el faro de punta
ángeles entrega el reflejo de luz, a través de
las partículas de agua flotando en la atmósfera.
Es la luz dispersada como un prisma de
la naturaleza que es observada por aquellos
rostros que un día recalaron en esa latitud. En
la puerta había una pequeña campana para
anunciar la llegada de las visitas. El bronce era
pulido día a día, para demostrar que ese era el
alma de la nave y el repique anuncia la llegada
del visitante. Ahí estaban aquellos hombres
que un día surcaron otros océanos pero hoy,
sólo el recuerdo navega en el pasado.
Mi mirada buscaba aquel hombre que un
día me contó la hermosa historia de la primera
expedición a la antártica. Mi andar era lento
por los pasillos como un novato navegante
en los canales del sur.
Ahí estaba él, parado frente al ventanal
como quien se ubica en el puente de mando.
¡Capitán! – le dije –
Dio vuelta su mirada y respondió:
¡Ah, eres tú muchacho!
En su rostro se podían contemplar las mi
llas navegadas, pero su mirada era la misma
de aquellos años.
¡Qué alegría de verlo señor!, ¿cómo se encuentra?
Bueno, – respondía él – pasando por un
frente frío, pero pronto mejorará.
Así es señor , – respondí – pero es bonito
estar rodeado de otros camaradas.
Esta nave debe seguir navegando con su
pabellón izado, muchacho– respondía él –
Nuestra conversación se centró en todos
aquellos recuerdos que él tenía latente como
marino, pero podía ver que su cuerpo necesitaba
descansar.
Sentado frente al mar, sus ojos entrecerrados
buscaban un pequeño descanso.
Fue ahí que, sentado a su lado, recordé
aquella hermosa composición:
Era lunes y todos los alumnos estaban
formados en el patio de la escuela. Al frente
teníamos el pabellón nacional y comenzaba
el ritual de cada semana: rendir honores a la
Patria.
Sobre ese patio de tierra, cada uno de los
chicos levantaba la mirada con mucho orgullo
y emoción interpretando el himno nacional.
Era nuestra escuela pública Bernardo
O’Higgins, pequeña en proporciones físicas,
pero grande en la calidad de sus maestros.
Desde cada aula se podía admirar el árbol
del belloto. Estaba en el centro del patio y se
podían leer aquellos refranes de amor, casi
desaparecidos por el tiempo. Sólo era testigo
su corteza que un día, un pequeño estudiante
grabó su nombre y un corazón.
Era una época donde todos vestíamos un
buzo color café claro. En los cuadernos decía:
Propiedad del Estado.
Los alumnos de primer año recibían el Silabario
hispanoamericano. Ahí comenzaban las
primeras lecturas. Recuerdo una que decía:
Recibí tu carta donde me cuentas que vas
a ser maquinista de tren cuando seas grande.
Yo quiero ser Capitán de un buque; pero
a mi mamá no le gusta, porque dice que los
marinos se van muy lejos y no llegan nunca
a casa...
Eran los primeros pasos en la lectura que
nos preparaba para un día alcanzar el sueño
de ser marino. Teníamos el privilegio de haber
nacido en un país donde el idioma común de
los habitantes es el mar. Todo giraba en torno
al mar, en cada uno de nosotros, porque es ahí
donde Chile depositaba el porvenir del país.
Así también lo dice en unas de las estrofas de
nuestro himno nacional:
Majestuosa es la blanca montaña que te
dio por baluarte el señor,
Y ese mar que tranquilo te baña te promete
un futuro esplendor.
Ese lunes fuimos acompañados – como
era habitual – por nuestro profesor jefe y de
asignaturas. era nuestro maestro el señor
zárate que aquel día de invierno se dirigía a
todo el curso: “alumnos, hoy en la asignatura
de historia y geografía, vamos a trabajar en
una composición acerca del mar.
Las miradas de todos nosotros, fue de alegría
al conocer el tema. unos hablaban de las
caletas de pescadores, otro de los botes del
muelle Prat. Había uno que era más poeta y
decía que deseaba hablar del ocaso del sol,
cuando éste era tragado por un monstruo marino
que se encontraba en el horizonte.
La campana repica y era señal del término
de la jornada de clases.
En casa miraba el mar a través de la ventana
y podía ver cómo las naves mercantes
entraban a la bahía solamente con la viada.
Papá – le preguntaba a él – deseo escribir
acerca del mar, pero necesito una ayuda.
El mar – decía mi padre – es tan grande
que se pueden escribir muchas millas marinas.
Tienes algún relato? – preguntaba –
¡Por supuesto! – respondía él –
Tienes que ir a visitar el vecino, él es marino.
Toqué la puerta y apareció el vecino vestido
de marino.
Pasa hijo – me decía con cariño –
¿Qué necesitas?
Lo que pasa es que deseo escribir una composición
acerca del mar. Me gustaría saber si
usted me podría cooperar con algún relato?
Pero, por supuesto – respondía – .!
Recuerdo el viaje de la primera expedición
a la antártica.
Ffue en el año 1947 a bordo de la fragata
Iquique. tenía una eslora de 301 pies y un desplazamiento
de 2.216 toneladas. No estaba
equipada para enfrentar zonas cubiertas de
hielo, pero fue el espíritu patriótico y tenaz
de nuestros hombres de mar que reforzaron
nuestra soberanía nacional. Zarpamos desde
Valparaíso rumbo al continente blanco. Iba al
mando del Capitán Ernesto González Navarrete.
En el zarpe estuvieron presentes altas autoridades
navales y gubernamentales. El andar
fue a media máquina y, poco a poco, se fue
dejando atrás la topografía de nuestro puerto.
Muchos marinos quedaron en cubierta agitando
sus manos, para enviar el último saludo a
todos sus seres queridos. Testigos fueron los
ascensores que despedían una vez más al marino,
con el subir y bajar de sus carros coloridos,
deseando un retorno feliz.
Fragata “Iquique”.
La navegación rumbo al sur fue tranquila
para todos nosotros hasta llegar a la latitud
más austral del continente. ahora se enfiló la
proa al paso Drake.
A casi seis días de navegación, esperábamos
en cubierta divisar el continente y fue
cuando a través de la niebla se presentó ante
nosotros ese continente de hielo. Es tan difícil
de expresar la emoción que se vivió abordo,
que se alzaban los brazos de júbilo. Estábamos
enfilando a la isla Smith y la niebla desaparecía
como dando la bienvenida a cada uno
de nosotros.
El empavesado de nuestro buque era motivo
de orgullo, soberanía y alegría.
Se llamó Base Soberanía y así quedó
estampado en nuestra bitácora....
Desperté de mis recuerdos y volví la mirada
al capitán.
Ha descansado bien, capitán – le dije –
Esto hace muy bien, muchacho – respondía
él –
Era hora de despedirme. El me acompañó
hasta el portalón de aquella casa y por primera
vez me abrazó. Su rostro era tranquilo y su
mirada con una garúa se despidió, diciendo
adiós a sus recuerdos y anhelos de volver a
navegar.
Al salir de ese hogar, volví a recordar mi
composición, agradecí en silencio a ese gran
hombre y sentí en mi rostro esos alisios del
recuerdo que eran pasado y realidad, que se
pierden en el tiempo del ayer y que un día se
le vio navegar.
Mi composición me ha acompañado toda
mi vida, pero el recuerdo de estos hombres vivirá
presente en cada marino.