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El Proyecto Frustrado de una Talasocracia Chilena.

Isidoro Vásquez de Acuña y García del Postigo.

La fantasía del Lord Thomas Alexander Cochrane coincidiendo con un pensamiento geopolítico de Don Bernardo O'Higgins, que había presenciado en Inglaterra la importancia del factor naval en el predominio de aquella potencia, llegó a abrigar el proyecto de formar en el Pacífico un imperio marítimo chileno que, en cierto modo, se asemejase al británico. Sus planes eran la incorporación a Chile de la zona sur; Valdivia, que logró ganar, y Chiloé, cuya campaña no alcanzó a dirigir. Fuera del territorio chileno, su idea era la de conquistar las islas Filipinas, dominio español en el otro lado del océano y obtener bases navales en Callao y Guayaquil. La escuadra chilena, acabado el poder de España, impondría el orden comercial en todo el Pacífico, con un comercio liberal y abierto a todas las naciones. Este plan también había entusiasmado al General San Martín.

El derecho de Chile para emprender este proyecto se basaba en que era el país que había creado la Escuadra Libertadora del Perú y logrando con ella suprimir toda la fuerza naval española en esta orilla del océano Pacífico. El interés chileno para lograrlo, fuera de la ganancia territorial de las Filipinas, tenía claros antecedentes económicos. La mayor exportación nacional, prescindiendo del grano, sebo y cueros, que adquiría preferentemente el Perú, era el cobre, cuyo mercado principal era la India, sin perjuicio de los demás productos de intercambio con las Filipinas y la China. Esto no tenía nada de extraño y ya lo había advertido Alonso de Ovalle en el siglo XVII. A fines del siglo XVIII Don José de Urrutia Mendiburu, rico armador y otros comerciantes a comienzos del siglo XIX, habían pedido autorizaciones para ese tráfico, las que les habían sido denegadas, debido al proteccionismo que gozaba la Real Compañía de Filipinas, que lo practicaba desde el Pacífico al Asia centrando su actividad en los puertos de Acapulco y Manila, puertos donde se transbordaban ciertas mercaderías para su comercialización en otros ámbitos asiáticos, americanos e incluso europeos. Algunos productos gozaban de permiso limitado de retorno a América. Al establecerse el libre comercio en 1811 y afianzarse definitivamente en 1817, numerosos mercaderes ingleses y norteamericanos se dedicaron a ese fructífero intercambio que antes explotaban los comerciantes españoles peninsulares de manera exclusiva. Una sociedad chilena, constituida por Don Agustín de Eyzaguirre y varios socios, operó la misma ruta en 1819 y 1820 pero, cesó en sus negocios, a pesar de los privilegios con que contaba, al parecer por la falta de capitales suficientes y debido a la legislación impositiva del naciente Estado chileno. Durante los años del gobierno de O'Higgins la exportación anual de cobre fue de unos 61.000 quintales, sin contar el que entonces, como en los últimos tiempos del período hispánico, salía de contrabando. Las tres cuartas partes de ese metal er an llevadas al oriente por comerciantes, preferentemente británicos que también tenían intereses como "habilitadores", es decir, socios capitalistas en las explotaciones mineras, lo que les permitía contar con el volumen necesario de metal para cargar con oportunidad un barco. "Hay que recordar que las explotaciones mineras eran pequeñas y múltiples, lo que hacía dificultoso poder disponer de una cantidad de cierta importancia de cobre en el momento en que se la necesitaba. John Miers, comerciante británico, anota que le era fácil comprar diez quintales pero no cientos". La utilidad estaba en exportar y vender el cobre en la India o la China y con el dinero obtenido comprar allí productos de lujo: sedas, porcelanas, muebles lacados, té, y transportarlos a Europa y América. A veces las operaciones de retorno se duplicaban, debiendo adquirirse o alquilarse barcos adicionales, saltándose los controles consulares británicos, lo que provocó quejas y diligencias de sus autoridades ante el gobierno chileno, pues af ectaba los intereses de la nación inglesa. Tales duplicaciones se llegaron a hacer dos y tres veces en un año por los armadores chilenos o sus asociados extranjeros.

La abundancia de productos asiáticos en nuestro país sorprendió a los viajeros de aquel tiempo, habiéndolo consignado algunos que dejaron crónicas de sus observaciones. De tal modo llegaban productos exóticos de las Filipinas, India y China.

Aquel incipiente aunque no menos sorprendente comercio con naciones tan distantes, situadas al otro lado de la cuenca del Océano Pacífico, sustentado a bordo de los grandes navíos llamados inchimanes, voz derivada de indiamen o naves de la India, hacen pensar que el proyecto de dominio marítimo de O'Higgins y Cochrane, al que se sumó San Martín, pero centrando su eje en su Protectorado peruano, en abierta competencia con el eje chileno, no tenía nada de hipotético. Más aún, el Vicealmirante Cochrane, relacionó este proyecto con sus propios intereses mineros, pues había contribuido con una suma importante de capital para que su compatriota el metalurgista John Miers instalase en Concón una empresa de fundición y laminación de cobre destinada a la exportación.

Esta empresa resultó ruinosa "gracias a la competencia de los mercaderes indianos, los calcuteños, según comenzó a llamárselos". Miers dejó de su aventura chilena una relación interesante: Travels in Chile and La Plata (Londres, 1826, 2 vols.), en que relata aspectos de la economía y comercio de ese tiempo.

Fue en 1819, apenas llegado el Lord escocés, cuando se inició un intento para rapiñar en las islas Filipinas y atacar a España en aquel otro flanco del Pacífico. Se le dieron instrucciones al Capitán John Illinworth, por recomendaciones del gobierno de Chile, para que, con la corbeta Rosa de los Andes, en la que se había transportado Lord Cochrane desde Europa, hiciese un crucero cuyo "objetivo principal" sería ir a aquel archipiélago. Sin embargo, diversos tropiezos hicieron fracasar este intento.

Dentro de esta tendencia geopolítica de O'Higgins, el 9 de Septiembre de 1820 escribía a Zenteno: "Después que haya zarpado de Valparaíso la expedición sobre Chiloé, que he comenzado a preparar con el mayor sigilo, pienso auxiliar la costa de México con armas, oficiales y un par de buques de guerra. Ayer han debido darse a la vela de Valparaíso el bergantín Ana y el transporte Emperador Alejandro, con auxilio de 3.000 fusiles, pertrechos, víveres y algunos oficiales para las costas del Chocó, con el objeto de aumentar el ejército que está creando allí el Coronel Cancino". A ella, a esa posición geopolítica, motivada por su ambición talasocrática, hay que sumar el furibundo americanismo del Director Supremo, del que era semejante a un huérfano, pues ni el pueblo ni casi nadie lo sentía; ya tenía bastante con sobrevivir a la miseria a que la guerra civil de la Independencia y las quijotadas de O'Higgins lo habían llevado.

La falta de entendimiento que surgió entre Cochrane y el General San Martín desde mediados de 1821, debido a la lealtad del Lord para con Chile, le hizo desdeñar la incitación del Protector del Perú, de ponerse a su servicio y llevar a la práctica la conquista de Filipinas, lo que según él relata, rechazó con indignación, pues consideraba que esa iniciativa era una empresa chilena, pues así se había ido perfilando entre el marino y O'Higgins. Este prócer lamentó que al rendirse el Callao al Protector y no al Almirante, se afectase el proyecto de dominio chileno en el Pacífico, pues se había considerado contar con dos enclaves de apoyo a la navegación: el Callao y Guayaquil. Justamente, en esta zona del litoral sudamericano, los propósitos de O'Higgins y Cochrane eran lograr una concesión en la isla de Puná. Pero todo esto fracasó por el curso que tomaron los acontecimientos: La gestión política de San Martín de impedir los planes del imperio marítimo chileno que el había compartido y traspasarlos a su gobierno del Perú. Para esto quería la escuadra y tentó toda clase de medios. Ante la irreductible fidelidad chilena del Lord, trabajó la oficialidad y la marinería con ofrecimientos muy superiores a los que podía hacer el gobierno de su incondicional amigo y camarada O'Higgins y logró una deserción masiva. Ya tenía a su servicio a Guise y Spry; a éste, exonerado por un consejo de guerra por traición a Chile, lo había hecho su edecán naval. Una serie de oficiales extranjeros al servicio de Chile, los principales: Forster, Carter y Esmonds y la totalidad de los marineros ingleses y norteamericanos de la escuadra desertaron pasándose al servicio del Protector. Cochrane, el 30 de Septiembre de 1821, escribía a O'Higgins que, en ese momento, le quedaban sólo los marineros chilenos a bordo. Para salvar la escuadra, casi ayuna de la marinería más idónea, el Almirante la reorganizó lo mejor que pudo.

Hasta fines de aquel año y aún más tarde, O'Higgins y Cochrane siguieron acariciando el proyecto oceánico. El primero le escribía al segundo el 12 de Noviembre de 1821: "si Guayaquil estrecha sus relaciones con Chile en un modo que ningún otro gobierno pueda disolverlas, cuyo asunto debe ser dejado a su discreción y a sus talentos militares y políticos: entonces esta República puede dominar y marchar con rapidez a su grandeza; entonces no sólo será pagado lo que se debe a este país poniendo aduanas donde nos plazca sino que también podremos actuar contra las islas Filipinas, de cuyo proyecto deseo hablar con Ud. personalmente". En Junio de 1822, vuelto Cochrane a Valparaíso, O'Higgins le remite copia de la carta anteriormente citada, pensando que tal vez no la habría recibido.

Respecto al proyecto filipino, el peruano Don Francisco Javier Mariátegui, afirma en sus memorias que lo conoció a través de confidencias de Don Francisco Antonio Pinto y lo juzgó realizable pues "lo habría llevado a buen fin el insigne marino" -es decir Lord Cochrane- con la escuadra, la tropa y oficialidad que habría de proporcionarle O'Higgins y doscientos mil pesos que rápidamente se devolverían al país con el valor que se obtuviese de unas cuantas presas capturadas en la expedición. "El plan fue examinado y disentido en Santiago, en junta de ministros y de unas cuantas personas notables entre las que estuvo el propio General Pinto, pero fue rechazada con uno o dos votos favorables, siendo uno de ellos el del personaje de quien hube estas noticias" -relata Mariátegui.

Cuando Don Bernardo O'Higgins yacía en su exilio en Perú en 1831, se refirió a aspectos relativos a los intereses marítimos que tenía para su país natal, existiendo algunos ecos de este proyecto filipino, pues le siguió rondando la posibilidad de celebrar una alianza marítima entre Chile e Inglaterra.

La admiración y simpatía de O'Higgins por Gran Bretaña era tan unilateral como la amistad que tuvo con San Martín, su odio a España o su inquina contra la aristocracia chilena. Refiriéndose a la unidad que caracteriza a los chilenos y a la necesidad de una inmigración de irlandeses, considera es "lo único que Chile necesita para unirse a Gran Bretaña con los lazos más estrechos de mutuo interés y amistad y al mismo tiempo transformarle en la segunda potencia naval del mundo después de Gran Bretaña, cuya alta y dominante posición estaría de este modo garantizada para siempre".

Al finalizar aquella expresión de sus sueños, el hijo del virrey irlandés al servicio de la católica España, se remontaba aún más en su estrategia de político desterrado: "Este imperio estaría basado en la voluntad de los pueblos, en la verdad, la justicia, la religión y la moral, y mantenido por la irresistible fuerza armada de Gran Bretaña y Chile".

Pero Chile no estaba capacitado ni espiritual ni económicamente para semejantes ambiciones. Recordemos quejas como ésta de Lord Cochrane que escribiera premonitorio en su despedida: "Todo cuanto yo he podido jamás para el bien del Servicio Naval de Chile, ha sido, o negado, o retenido hasta que el tiempo ha pasado ya, en que, el adoptar una diferente línea de conducta, podía haber puesto a Chile en el primer rango de los Estados Marítimos en una mitad del globo terrestre y temo que ha pasado para no volver jamás; aún con abandonar las huellas de las medidas hasta ahora adoptadas y sustituyendo la política que ha establecido el poder naval de la Inglaterra. Algunas ideas de las cuales he comunicado a veces pero parece que no han merecido consideración alguna, como si su objeto hubiera sido mi bien personal".

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