Escritores del Mar en la Literatura Chilena
Nuestros poetas son los primeros en contactarse con el mar y cantarle a sus olas, llegan a sus orillas para conmoverse con su fiereza y en él depositan la aventura de sus sueños. Los prosistas vinieron después. Pero cuando esto ocurre, ya habían pasado los años de los grandes veleros que desafiaban el océano y desaparecían los barcos que llevaban pasajeros a los diversos puntos del mundo. Por eso, no tuvimos los relatos de un Joseph Conrad contándonos las aventuras de "El Piloto Negro", ni la fantástica lucha de un capitán ballenero contra una endemoniada ballena blanca, Moby Dick.
La novela "Moby Dick" fue obra de Herman Merville, norteamericano (1819-1891). El capitán Acab pierde una pierna en lucha con el cetáceo, desafía a la agresiva ballena como a un demonio y emprende la aventura de cazarla. En la final de la aventura, la ballena hunde el barco, pero está herida y muere junto a la nave, el "Pequod". Además de describir el furor de la lucha entre los hombres y el gigante del mar, se dan a conocer interesantes detalles de la industria ballenera de su tiempo.
Joaquín Edwards Bello (Valparaíso, 1887-1968) escribe una novela sobre las naves de pasajeros con el aliciente de un romance y otra, "La Tragedia del Titanic" para describir el dramático fin de la nave.
Mariano Latorre, (1886), novelista y cuentista, publica una serie de cuentos para describir a los chilenos que navegan o participan en las faenas del mar. Impresionante es el relato de "El Piloto Oyarzo", cuento en el que un piloto de un pequeño barco de pasajeros, en el golfo de Reloncaví, navega arrastrando una barca de remolque donde va su hijo. En medio de la tormenta, para evitar que naufrague la barca con pasajeros, se ve en la obligación de cortar el cordel del remolque y lo abandona en medio de las olas, entregando la vida de su hijo a la furia del océano.
Benjamín Subercasseaux, (Santiago, 1902) poeta y ensayista, dedica su libro de ensayos, "Tierra de Océano", a concientizarnos sobre el destino marítimo de Chile. Nos recuerda que nuestra tierra es una especie de isla por su configuración geográfica. Una isla es un territorio rodeado de mar. También lo es lo que se halla "aislado" del resto del mundo. Chile se muestra aislado al norte por el desierto de Atacama, el segundo más grande del mundo: al Este, por las altas cumbres cordilleranas. En su parte austral, está limitado por las nieves de la Antártida. Y, al oeste, limita con un mar, con una costa de 4.000 kms. de largo.
No cabe duda de que contamos con una enorme ventana que es casi el único camino por el que puede venir y marchar nuestro progreso.
En la novela "Jemmy Button", Suber-casseaux diseña a un indígena fueguino que fue recogido en la expedición que hizo el capitán Fitz Roy por las tierras australes.
El capitán realizó la experiencia de ver cómo se adaptaba, a la civilización europea, un hombre nacido en una piragua en los canales de nieve y piedra: fue un fracaso porque la civilización frustró a este hombre primitivo y lo contaminó con sus pestes, costumbres y enfermedades, entre ellas, la tuberculosis. Así se acuñó una frase que resume este drama: "La camiseta mató al fueguino".
Entre los escritores de mar del pasado, el más atractivo y entusiasta por los motivos del mar es el escritor Salvador Reyes (1899-1970, París) nacido en Copiapó - según él -; pero Taltal, puerto metalero en el norte, lo considera uno de sus hijos. Nos dejó varias novelas relacionadas con el mar: "Los Tripulantes de la Noche", 1929; "El Último Pirata", 1930. Los Tripulantes combina el tema de los contrabandistas con el toque sentimental de una mujer que es la amante del jefe. "Ruta de Sangre", 1936, está ambientada en el tiempo de los piratas que asolaban nuestro país: Cavendish, Drake y Sharck. Un joven, en el asalto que los piratas hacen a Valparaíso, se une a ellos y viaja hasta Antofagasta, llevándose a una joven cautiva. Su novela "Piel Nocturna", 1932, que reeditó después con el nombre de "Valparaíso, puerto de Nostalgia" (traducida al francés por Miomandre) se ambienta en nuestro puerto en los tiempos del Bar Kiel con sus fumadores de pipas y la descripción de "El Bote Salvavidas" con la destacada personalidad de su fundador, el noruego Oluf Christiansen.
Salvador Reyes fue cónsul de Chile en París, mantuvo relaciones con los escritores del mar de Francia y escribió sobre ellos. En una de sus obras, Reyes toma para sí el lema de "La Hermandad de la Costa": "Vivir no es necesario. Navegar es necesario". Logró reunir un buen número de libros y cuadros sobre el mar que, a su muerte, los donó a Valparaíso para que se fundara un "Museo del Mar". Costó mucho concretar esta idea por lo que la donación permaneció almacenada en patios donde se perdió una buena cantidad de estas piezas históricas. El museo funciona en el castillo Wulf de Viña del Mar.
El mismo tema de "El Bote Salvavidas" lo toma Ricardo Valenzuela Gaymer (1905-1975), Subdirector del diario "La Unión de Valparaíso", en "Viento en la Bahía", 1955, describiendo la institución, sus personajes y tareas cumplidas en el salvataje de barcos y tripulantes. Este periodista, como afición, ingresó al Bote Salvavidas sin ninguna experiencia marinera. Contaba que lo aceptó Oluf porque tenía una voz gruesa y fuerte que sería útil para repetir las voces de mando por la bocina del "bote":
-¡Avante mil!
-¡Avante mil, cap.!
Un nuevo y valioso aporte a los relatos del mar de Chile fue la obra del cuentista y novelista Francisco Coloane. Nació en Quemchi, Chiloé, en 1910 y fue hijo de un capitán de una goleta ballenera, lo que lo movió a inscribirse en la Marina de Guerra. También trabajó un tiempo en las estancias magallánicas dedicadas a la crianza de ovejas. Esta experiencia recogida en la ruda vida de tierras y canales australes le permitió escribir "Cabo de Hornos", relatos del mar y su gente, obra premiada en el Cuarto Centenario de Santiago (1941). Nos describe la furia oceánica en el lugar donde se enfrentan los océanos Atlántico y Pacífico y se llega a la conclusión que sólo tiene el nombre de "Pacífico" porque en el fondo de sus olas chocan todas las fuerzas del infierno.
Describe la ruda y cruel faena de los loberos que entran en las cavernas donde se crían los lobos. Fieramente dan muerte a palos a las lobas para quitarles sus crías, los "popis", porque es la piel de estos animalitos en tierna edad la que se busca para la confección de trajes de cuero para damas.
La vida de estos hombres es descarnada, sin respeto a la vida ajena. Forman alianzas, bandas para realizar la caza de lobos; pero se traicionan entre ellos porque, -con el propósito de repartirse lo ganado entre los menos socios posibles-, una vez recogida la caza, abandonan a algunos de sus compañeros en las cavernas, destinados a la muerte, porque estas rocas se hallan en medio del océano.
Un éxito de librería, de varias ediciones y buena acogida juvenil tuvo su novela "El Último Grumete de la Baquedano", 1941. Un adolescente se embarca como polizón en la corbeta Baquedano. Este era el buque-escuela que había antes de "La Esmeralda". El propósito del joven era ir a la búsqueda de su hermano que había partido hace tiempo, hacia los canales australes. Al ser sorprendido, el capitán de la nave opta por convertirlo en un grumete más de la nave, disposición que termina teniendo el éxito esperado.
Hemos leído muchos relatos con ambiente de mar o poemas inspirados en la pesquería, sucesos ocurridos en puertos o donde se liga constantemente el tema del amor con el mar. Ocurre que la mayoría de estos escritores que se dicen "amantes del mar" no han navegado nunca y los sucesos de sus obras ocurren casi siempre en orillas de mar. Por eso, podría decirse con razón que, salvo honrosas excepciones, en poemas y cuentos chilenos, hemos estado ante una "literatura orillera del mar".
Por supuesto, se salvan los escritores cuya profesión ha sido la de marinos y como un complemento, han escrito relatos inspirados en sus experiencias. Es el caso del Capitán Carlos Bowen (seudónimo Pierre Chili, 1884-1960) que tuvo como personajes a los guardiamarinas de la Escuela Naval, o describió dramáticos sucesos reales como un naufragio en donde el comandante del barco, de acuerdo a una noble tradición, prefiere hundirse con su nave antes de abandonarla: el naufragio de "El Pinto" con su capitán Whiteside. Fue autor de "Del mar y la costa", cuentos, 1926; "Mar y Tierra nuestra", 1935.
Otro autor navegado, ha sido el almirante Alejandro Navarrete Torres ®, autor de "Batería en Acción", donde se cuentan anécdotas con simpático humor. No falta la nota dramática del relato verídico, "La Melita Cárcamo", mujer cocinera de un pesquero que vive humillada por la tripulación. Cuando debe ser trasladada a tierra por una emergencia, la acompaña un guardiamarina respetuoso, que la trata como a una dama. Esto cambia la vida de la joven, la que recobra su dignidad de mujer.
Carlos Martin Fritz, (n. Ercilla, 1934), cuentista y poeta, que fuera comandante de submarinos, ha sido autor de varios entretenidos libros de relatos marineros, frutos de su experiencia náutica: "Sucedió a bordo", 1988; "Permiso para zarpar", 1992 y "Guardia sin novedad", 1994. Sobresale una graciosa anécdota que aporta la religiosidad del navegante. En "La Señora", ocurre el enredo del ancla que impide zarpar. Las maniobras han sido inútiles. El comandante concluye: "Esto ya es tarea para "La Señora". Es una imagen de la virgen que se venera en la capilla de la nave. Puesta en cubierta, vuelve a dar las órdenes para la maniobra. La cadena se despega milagrosamente.
El Mar en la Poesía
En poesía, tenemos que comenzar con Ercilla, el primer poeta que relata las guerras de Arauco y nos describe la furia de nuestro mar en una excursión realizada al sur de Puerto Montt. La nave peligra y Ercilla describe, con propiedad marinera, las órdenes de mando de quienes desean salvar la nave:
"Alzóse un alarido entre la gente
pensando haber del todo zozobrado,
miran al gran piloto atentamente
que no sabe nadar atribulado.
Unos dicen: ¡Zaborda!; otros, detente.
"Cierra el timón en banda". Y cual turbado
buscaba escotillón, tabla o madero
para tentar el medio postrimero.
Crece el miedo, el clamor se multiplica,
Uno dice "a la mar"; otro, "arribemos".
Otro grita "amaina", otro replica
"orza, no amainar, que nos perdemos".
Otro dice: "herramientas, pica, pica",
"Mástiles y obras muertas derribemos".
Atónita de acá de allá la gente.
corre en montón confuso diligente".
A Manuel Magallanes Moure (1878-1924) le conmueve la presencia de un viejo barco abandonado entre las rocas:
"Y el barco que fue un barco de los que van a Europa
y que era todo un barco de la proa a la popa
ahora que está inválido y hecho un sucio portón,
sus amarras sacude, y rechina y se queja
cuando ve que otro barco mar adentro se aleja,
mecido por las olas en blanda oscilación".
Gabriela Mistral (1889-1957) mezcla el amor con el mar, porque siente en ambos una fuerza apasionada. Y hace un paralelo entre la tierra, a la que ve llenas de problemas; y el mar, que se mece suavemente en su orilla. Nada que ver con navegaciones ni tormentas:
Al costado de la barca
Mi corazón he pegado,
Al costado de la barca
De espumas ribeteado
Lávalo, mar, con sal eterna
Lávalo mar, lávalo mar,
Que la tierra es para la lucha
Y tú eres para consolar
A la poetisa María Monvel (1897-1936), le gustaba mirar los marineros porque le sugerían el romance con el hombre misterioso que venía de lejos:
"Cuando los veo venir
blancos, erguidos, ligeros,
quisiera ser un momento
la novia de un marinero.
Dulce de verle ha de ser
después de tan largo tiempo
Y al abrazarle, abrazar
continentes y hemisferios.
Amantes de las sirenas
deben ser los marineros
por eso llevan los ojos
reteñidos de misterio".
Pero para el poeta Oscar Lanas (1905) no lo engañan los marineros con sus tenidas azules y sus aires románticos. En su libro de poesía "Poemas del océano para gente de mar", 1960; para él los marineros no tienen el aroma de lejanas tierras, sin el horrible olor a ginebra y ron de los bares. Son gentes que, tras sudorosas navegaciones, bajan a tierra no a recitar poemas, sino a embriagarse con la noche y compartirla con mujeres de tormentoso vivir.
Pablo Neruda (1904-1973), con el mismo afán romántico de Espronceda que exclamaba "mi única patria, la mar", envidiaba el amor de los marineros, subrayando su deliciosa irresponsabilidad de tener en cada puerto un amor. Y luego, olvidar. Este marinero se confunde con el personaje del Don Juan Tenorio:
Amo el amor de los marineros
que besan y se van.
En cada puerto una mujer espera.
Los marineros besan y se van.
En Chile, casi todos los poetas han escrito alguna vez un poema al mar. Por eso, su lista sería interminable. Tal vez uno de los pocos que nos habla del generoso mar que nos trae el pez de cada día, ha sido Neruda. Escribió numerosos poemas al mar, a Valparaíso y hasta dejó una receta para preparar el caldillo de congrio. Su Oda al Mar es un canto gracioso, con versos que ondulan y bailan como olas:
"Aquí en la isla / el mar / ¡y cuánto mar!/ Se sale de sí mismo/ a cada rato,/ dice que sí, que no,/ dice que sí, en azul,/ en espuma, en galope,/ dice que no, que no./ No puede estarse quieto,/ me llamo mar, repite/ pegando con una piedra/ sin lograr entonces convencerla,/ con siete lenguas verdes/ de siete perros verdes,/ de siete tigres verdes,/ la recorre, la besa/ la humedece/ y se golpea el pecho/ repitiéndose su nombre. /Oh mar así te llamas,/ oh camarada océano,/ no pierdas tiempo y agua,/ no te sacudas tanto,/ ayúdanos,/ somos los pequeñitos/ pescadores/ los hombres de la orilla,/ tenemos frío y hambre/ eres nuestro enemigo,/ no golpees tan fuerte,/ no grites de ese modo/ abre tu caja verde/ y déjanos a todos/ en las manos tu regalo de plata: el pez de cada día".
Para cerrar esta evocación de "El Mar en la Literatura Chilena", quiero recordar a uno de los poetas del mar que he admirado siempre: Raimundo Echeverría Larrázabal (San Javier 1889-1924). En su poema "Las Leyendas del Mar" representa la idea que teníamos cuando niños, de los mares lejanos, los viajes y las aventuras amorosas en los puertos con una pincelada de exotismo. Sólo se sabe que nació en San Javier y falleció, de tuberculosis en Santiago, -el mal de su época- en 1924. Y de él quedó un solo poema. Lo extraordinario es que ha figurado en numerosas antologías y quienes leyeron su poema es difícil que lo olviden:
Capitán, padre mío
Capitán de navío
Donde están
Las ciudades azules
Y los puertos sombríos
Y las lindas mujeres
Que morirán de hastío
Esperando tu vuelta,
Capitán.
Padre mío,
¿Dónde están
Los ocasos violentos,
las velas que cantaban en las manos del viento
Y el negro de Manila que te iba a matar?
Las leyendas de Cuba, las leyendas del Mar,
Capitán padre mío, ¿dónde están, dónde están?
Ahora eres un barco
Encallado en los pueblos;
Te aburres como todas las naves de los puertos;
Quisieras ver tu vela enganchada en el viento...
y veinte marineros como veinte recuerdos
Que incendian con sus pipas los horizontes negros.
Capitán, padre mío,
Capitán de navío,
¿Dónde están
Las ciudades azules
Y los puertos sombríos
Y las lindas mujeres que morían de hastío
Esperando tu vuelta, capitán?
Padre mío,
¿Dónde están, dónde están?