Piloto Regional... en el Nilo
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Omar R. Ortiz-Troncoso, PHD
Socio honorario de Liga Marítima de Chile |
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Durante una visita a Egipto, en diciembre de 1999, tuve una curiosa experiencia en navegación fluvial. Me encontraba allí por razones de estudio pero, al mismo tiempo, resultaba evidente que era la oportunidad para efectuar una excursión de algunos días a lo largo del Nilo para apreciar desde esa perspectiva los monumentos, campos cultivados y caseríos que jalonan su rivera.
Para ese propósito resultó que la nave con itinerario más adecuado era la "African Queen", propiedad de la empresa Neckerman-Blue Sky, de 71 metros de eslora y 600 toneladas gruesas, con capacidad para 120 pasajeros. En Luxor, punto de partida, era impresionante ver la cantidad de buques de parecidas características amarrados a la espera de los turistas que se embarcaban pasando de uno a otro, ya que se encontraban abarloados y preparando el zarpe.
Debo indicar que, siendo mi especialidad la arqueología litoral, dispongo de un título de Piloto Regional de la Marina Mercante Nacional que me facilita el uso de embarcaciones de trabajo. Por esta razón de orden profesional, al segundo día de navegación sentí curiosidad por ver el puente de mando del "African Queen" e hice llegar al capitán una tarjeta exponiéndole mi solicitud. La respuesta no tardó y se me abrieron las puertas de acceso al puente. Ya he notado en repetidas ocasiones que mi nombre de pila, común en Chile, adquiere connotación especial en el mundo islámico donde tuvo su origen, constituyéndose en útil salvoconducto.
Cuando ingresé al puente, el capitán Hamdy (ese era su nombre) se destacaba por su elevada estatura y era evidentemente el de mayor edad de los presentes. La indumentaria tradicional y el turbante acentuaban más lo estilizado de su silueta. La comunicación era casi fluida en ese mundo bilingüe árabe-inglés y donde, especialmente tratándose de comercio y turismo, otras lenguas son también manejadas con soltura. Luego de las formalidades acostumbradas y del té con menta que impone la hospitalidad árabe, el capitán sin más palabras apartó al timonel y con elegante gesto me cedió la rueda de gobierno. Así, de un instante a otro, pasé a dirigir el rumbo de aquella nave que se desplazaba casi sin ruido por el río más histórico del mundo.
Entablando conversación con uno de los pilotos, le solicité si podía mostrarme una carta de la zona por donde navegábamos. "Las cartas están guardadas" me respondió, añadiendo "el capitán no las necesita, ya que ha navegado tanto por este río que hasta conoce cada pez por su nombre". Los días siguientes continué visitando el puente y apreciando la actitud relajada, pero profesional, con que la dotación desempeñaba sus funciones. Esta asiduidad hizo que pasara a recibir el calificativo de "arraiz Omar" (el sustantivo árabe "arraiz" se conserva todavía en el sur de España como "arráez" y designa al piloto o patrón de una embarcación).
La experiencia relatada ha quedado en mi memoria unida a lo visto en el otro plano de la excursión, es decir aquel más formal y académico de la antigüedad de la cultura egipcia. A partir de entonces me cuesta disociar ambas cosas -más todavía teniendo en cuenta que, por ser maulino, llevo la navegación fluvial metida en el subconsciente.