El Hijo del Pescador
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Pedro Barahona De la Fuente
Piloto Tercero Marina Mercante Nacional
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En un lugar del norte, existía una pequeña caleta de pescadores. Su nombre, poco importa. Lo importante de ella es que ahí vivió el hijo del pescador.
Era un niño de poca edad que día a día acompañaba a su padre hasta la playa para decirle adiós. Calzaba los remos en el tolete y comenzaba a bogar rumbo al horizonte.
El hijo del pescador se quedaba agitando sus brazos hasta que la pequeña embarcación desaparecía paulatinamente en la mar.
Había perdido a su madre cuando aún era un niño. Sólo tenía un pequeño recuerdo de ella. En efecto, en su humilde hogar colgaba un cuadro de madera con una foto. Era todo lo que había dejado su madre. No había recibido sepultura en la tierra y, por lo mismo, no podía depositar flores para recordarla. Su padre llevaba colgado en su cuello una cadena con dos anillos de la boda que recordaba la unión matrimonial.
La pequeña aldea estaba poblada por pequeñas casitas y cada una tenía un color diferente. Era una acuarela formada a orillas de la playa. Todos los habitantes de ese lugar conocían a ese niño como el hijo del pescador.
Por las tardes, el muchacho ayudaba a su padre a preparar el espinel para el nuevo día de pesca. El observaba las manos gruesas y partidas de su progenitor. Eran los largos años de trabajo que habían dejado sus huellas de pescador. Mientras se trabajaba, se podían escuchar las anécdotas que los otros pescadores narraban con mucha picardía y alegría.
Era una labor comunitaria donde todos los familiares tomaban parte del trabajo. El hijo del pescador se hallaba junto a su padre para agilizar la faena y ahorrarle un tiempo. Cada vez que su padre regresaba de la pesca, lo primero que hacía era dirigirse a la pequeña capilla donde se reúne habitualmente la gente de mar. Pasados los minutos contaba a su hijo que había conversado con su madre en la mar, cuyo rostro se hallaba reflejado simbólicamente por la luz de la luna en las olas. El viento susurraba a sus oídos la alegría de tenerlo una vez más. La luna y las estrellas eran testigos de ese sublime encuentro.
De regreso a la playa, el pequeño bote traía suficiente pesca para el hijo del pescador. Muchos de sus compañeros desconocían el secreto de su abundante pesca, por lo que trató muchas veces de contarles, más de alguna vez, que solía hablar con su mujer en la inmensidad del océano, pero seguramente nadie creería una historia como ésa.
Un día el hijo del pescador preguntó a su padre dónde se hallaba su madre. El, con los ojos humedecidos, contestó que había fallecido por una pulmonía en un día de pesca muy frío en que ella lo acompañó a la mar.
"Ella se halla ahí, - le dijo - y cada vez que salgo a la mar me pregunta por ti".
"¿Y qué le respondes a ella?", pregunta el muchacho.
"Le cuento que algún día tú también serás un buen pescador y conocerás el secreto de la mar", le confidencia el padre.
Un otoño, el hijo del pescador quedó sentado en la playa hasta ver alejarse al pequeño bote de su padre el gritó: "¡¡¡ Dile por favor que la quiero…!!!!
La frágil embarcación se alejaba lentamente y poco a poco se iba perdiendo de la aldea con sus múltiples colores, quedando atrás los lobos de mar, pelícanos y gaviotas junto a su hijo querido, el hijo del pescador.
Aquella noche todo parecía muy tranquilo, pero la luna y las estrellas no estaban presente para acompañar al pescador. Su mirada recorría de estribor a babor el infinito mar para buscar a su esposa querida. La visibilidad se hacía menor y era imposible distinguir más allá de proa.
El viento comenzaba a levantar fuerza, las olas cada vez iban en aumento y los cúmulos-nimbos daban indicios de mal tiempo. El viento cambiaba de dirección y era imposible mantener el curso a causa de la bravura de las olas. La mar se encrespó y el viento rugió para advertir al pescador del peligro. Las olas eran muy gruesas y la espuma entregaba la fuerza de la mar.
Era una lucha con la naturaleza. Las manos apretaban la empuñadura de los remos, pero fue inútil, a la altura de la chumacera de estribor se partió el remo, en dos. Comenzó a cingar, pero ahora se hacía imposible gobernar el pequeño tingladillo. Las olas alcanzaban alturas gigantescas y el pequeño bote quedaba a la deriva. Haciendo agua comenzó a perder flotabilidad y poco a poco el mar lo devoró.
Han pasado algunos años y hoy, he visto una vez más al hijo del pescador sentado en la playa con su mirada fija en la mar. Contó que había dejado el país porque deseaba olvidar, pero el recuerdo de sus padres lo seguía día a día para navegar.
Abrió su mano empuñada y me enseñó la cadena con dos anillos, que fue encontrada en la arena de la playa.
Alzó la vista al cielo y dijo: "Debo ir a pescar"...