¡Magallanes!
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Sixto Bórquez Bórquez
Capitán de Navío |
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En lo alto de la planicie que dominaba el Estrecho, un grupo de onas, boleadoras en mano, perseguía una manada de guanacos, la que finalmente se metió en una quebrada.
Mientras observaban y discutían la forma de sacarlos de ese lugar, el más joven, Kuni, miró hacia abajo y viendo el brillo que daba el hielo del glaciar, empezó a bajar lentamente hacia el mar, al tiempo que trataba de tocar el hielo. Finalmente, agotado de tanto correr y perseguir animales todo el día, miró a su padre que discutía con el resto de los cazadores y, sonriendo, se tendió encima del coirón que quedaba al lado del ventisquero.
Como todo muchacho, era un soñador y sus ojos lo decían mientras observaba el rápido desplazamiento de las nubes. "Se parecen a los guanacos… es como si corrieran por el cielo" -pensó. Soñaba y se veía capturando su propio guanaco.
En ese momento, algo pasó frente a sus ojos que lo trajo a la realidad y abriendo sus ojos empezó a seguirlo con la vista. Era una hermosa mariposa de color anaranjado oscuro, con pintas negras y blancas que quizá porqué razón volaba en aquellas latitudes. Una bella mariposa de las que llamamos "monarca".
El muchacho se volvió de costado para no perderla de vista y tratar de capturarla. Cuando ya iba a alcanzarla, el insecto se posó sobre el hielo, casi a su lado, quedando pegado.
Con sumo cuidado se arrastró hasta el borde tratando de alcanzar el insecto que, en sus últimos estertores, dio un aleteo final. Seguía en su puesto de observación cuando escuchó la voz de su padre que lo llamaba desde más arriba de la ladera.
Silenciosamente se incorporó. Empe-zaba a nevar y la visibilidad era cada vez más limitada.
Cuando recogía sus cosas observó que algo raro sucedía más abajo en el mar. Lo que vio, no eran los enormes peces que a veces se varaban. No, no eran ballenas. Es más, los animales que se veían navegando sobre el agua, eran blancos hasta la mitad y, hacia abajo, eran oscuros aunque apenas alcanzaba a percibirlos a través de la ya espesa nevazón.
Varios animales blancos flotaban y… ¡espanto! Aguzó la vista. Le pareció ver encima de estos animales a seres humanos que gritaban y se movían encima de esas bestias.
Mientras subía, gritó su padre indicándole hacia el mar; pero éste, con gesto de mando, le hizo señas de apurarse.
Aunque ahora era en subida, apresuró el paso. Atrás quedaban sus sueños. Animales con seres humanos encima. Animales blancos. Mas grandes que los cahueles o toninas. Tan grandes como ballenas.
Allá abajo quedaba la mariposa, que ahora tapada por la nieve ya no se veía.
Arriba, hombres festejaban. Habían cazado dos guanacos y mientras unos faenaban a los animales que aún tiritaban, los otros pintados con su sangre, danzaban en forma festiva.
El joven miró hacia el mar. Nada se veía. Lo poco que vislumbraba por sobre el roquerío era sólo nevazón y hielo.
Nieve que había cubierto su visión y su insecto.
Lejos, allá abajo sobre el mar, el hombre caminaba por la cubierta de la embarcación de más a proa, creyó ver movimiento en la falda del cerro. Aguzó la vista… Sin embargo no vio nada, salvo la cerrazón que producía la nieve.
"¡Será algún animal!", pensó, y luego se concentró en mirar las cristalinas aguas para verificar que la ruta estuviera despejada.
Era el 1 de Noviembre de 1520 y la flotilla de buques que integraban la Concepción, la Victoria y la Trinidad al mando de Hernando de Magallanes descubrían y navegaban en el canal de Todos los Santos, escribiendo una página más de otras gloriosas de la Armada española.
Y así nevó y nevó. Muchas veces. En forma intermitente. Muchos días, muchas semanas, muchos años. El fuerte viento de primavera sopló también muchas veces. De esa forma nevó año tras año.
Y a medida que fue transcurriendo el tiempo. Almagro descubrió Chile. Valdivia fundó Santiago. Y allá en el austro nevó muchas, muchas veces más. Murió el padre de Kuni. Y otras tantas veces el río de hielo con su carga hermosa, la "monarca" avanzó lentamente hacia el mar. Murió Kuni.
Fracasó la fundación de una urbe en el Estrecho. Puerto del Hambre y los primeros colonos del sur… En el centro sur la Colonia. Los Gobernadores. Y siguió nevando muchas veces, muchos años. El rió congelado avanzaba hacia el mar.
Chile se desarrolló. Guerra de la Independencia. Maipú. Chile fue grande. Triunfo sobre la Confederación. Muere O'Higgins. ¡Magallanes!. Su último suspiro, su última palabra. En Chiloé se construye la goleta Ancud. Fuerte Bulnes. Chile sigue creciendo. Nace Punta Arenas. Cambiaso se subleva. En el norte salitre. La ciudad y el país crecen. En el sur nieva ventiscas año tras año.
Gesta inmortal de Iquique. Triunfo en la Guerra del Pacífico. 1891, guerra de hermanos. Llegan los colonizadores australes. Los onas son cazados igual que como ellos, cazaban los huanacos.
Mueren los últimos descendientes de Kuni.
La ciudad crece y crece. Nieva y nieva. Hielo y ventiscas. El abrazo del Estrecho. Nuevo siglo. En el mundo guerras mundiales.
Sopló el viento muchas veces más. La ciudad siguió creciendo.
El río de hielo avanza y avanza hacia el mar. Se hacen levantamientos hidrográficos. Se hacen exploraciones. ¡Petróleo!
El río sólido llega al mar.
Mientras los años se miden por la caída de la nieve, la ciudad crece y crece. El glaciar casi ha desaparecido. De Kuni y los onas nadie se acuerda.
Llegan los barcos turísticos. Los botes con pasajeros visitan lo que queda del ventisquero. Algunos se aproximan a lo que queda del río de hielo.
"Ya señores. Vamos… saquemos este hielo milenario y después un buen trago con este whisky añejo. No tiene tantos años como este hielo ¡pero hacen una mezcla!
El patrón del bote alentaba a los turistas, quienes entusiasmados, golpeaban con herramientas apropiadas un gran trozo de hielo milenario que habían subido al bote.
El más joven de los viajeros, un hombre quizá como Kuni, tomó un trozo grande y lo puso en su vaso. Era un hielo que de solo mirarlo daba frío. Luego vació el licor generosamente sobre él. Pasó un buen rato.
A medida que se derretía empezó a aparecer una impureza.
El novel turista cercado por sus camaradas miraba el vaso. Algo había en el hielo. Poco a poco fue cambiando la expresión de sus ojos. De la curiosidad al asombro.
"¡Parece una mugre!". "¡Parece una mosca!"
Y todos a una exclamaron al final:
"¡Es una mariposa!" Silencio total. Después una exclamación de asombro de todos los viajeros.
Porque en ese momento el joven, que tenía su nariz casi encima del vaso percibió un ligero soplo.
¿Fue un batir de alas congelado en el tiempo o fue el último suspiro de Kuni quien cientos de años atrás había tratado de cazar la mariposa?