La vuelta al Mar en ochenta relatos.
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Manuel Maestro
Presidente de la Fundación Letras del Mar - España |
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A los amantes
del mar, la conmemoración del centenario de Julio Verne nos lleva a rememorar
la seducción que, en nuestra infancia y juventud, ha ejercido el autor
francés acerca de todo lo que rodea a
ese mundo acuático, reflejado en los miles de páginas que salieron de su fértil
pluma, tras intensas jornadas de trabajo, inmerso en la soledad de su despacho,
a lo largo de una carrera de escritor que comenzó en la adolescencia y terminó
cuando su vida se apagó hace precisamente cien años.
Al nacer en la
isla de Reydeau en Nantes, entre los dos brazos del Loira, desde muy niño podía
observar, a través de las ventanas de su casa, los grandes barcos de vela que
entraban y salían del puerto, ejerciendo sobre él una fascinación tan grande
que, azuzada por los relatos de su profesora la señora Sambain, esposa de
marino, una tarde de verano decide escaparse del hogar para embarcarse en un navío
que partía rumbo a las Indias. Operación abortada por su padre, que alcanzó a
llegar al Coralia antes de que éste zarpase, recuperando al opositor a grumete,
que pasó a engrosar las largas filas de los marinos frustrados: “Soy un devoto
del mar y no puedo imaginar nada más ideal que la vida de un marinero”, afirmó
quien sólo vio sus sueños reflejados en papel.
Pero, pese a
la creencia generalizada, Verne no se limitó a navegar con la imaginación, ya
que lo hizo frecuentemente; por lo que muchos de sus pasajes literarios están
enriquecidos por su experiencia personal. Viajó a Nueva York a bordo del Great
Eastern, el mayor barco de su época, y su irrisoria estancia de una semana en
aquella capital demuestra que lo que buscaba era el encuentro con el embravecido
Atlántico. Al que no quiso retar con ninguno de sus tres yates, el Saint
Michael, el Saint Michael II y el Saint Michael III con los que efectuó diez
grandes cruceros y un sinfín de viajes menores.
Las
singladuras en el gigante de los mares de la época sirvió de alimento a sus
musas, que le inspiraron dos obras basadas en navíos de extraordinario porte:
En “Una ciudad flotante” su protagonista, en unión de su marido, viaja a
Estados Unidos precisamente en el Great Eastern y, con el encuentro de un antiguo
amante durante el mismo, se produce una aventura de desenlace inesperado; en
“La isla de hélice” su ingenio crea un buque aún mayor, el “Standard Island”
que como su nombre indica es una inmensa isla artificial, diseñada para viajar
a través del Océano Pacífico, en la que los millonarios que viajan en ése
paraíso artificial se ven sumidos en un conflicto generado por dos facciones,
que quieren controlar la mole de hierro.
Otras veces
las divinidades mitológicas acuden a Verne alimentadas por los miles de libros,
periódicos y escritos de todo tipo que engulle en su despacho en el que
permanece la mayor parte de la jornada, permitiéndole escribir de remotos
parajes helados como en “Una invernada entre los hielos”, en la que el capitán
de “La joven audaz” acude a tierras remotas en busca de su hijo desafiando el
intenso frío; o en “La esfinge de los hielos” en la que igualmente su capitán,
Len Guy, viaja hacia la Antártica en busca de supervivientes del Jane.
No
falta, en la temática de las aventuras narradas por el francés, un tema tan
recurrente en la Literatura del Mar cual es el de los naufragios, que se
convierte en el epicentro de novelas como “Escuela de robinsones”, en la que el
protagonista pone como condición para casarse el que le permitan dar la vuelta
al mundo, lo que le convierte en sobreviviente de un naufragio; en “El
Chancellor” aparece el fantasma del canibalismo entre los supervivientes del
barco que da nombre a la obra, tras naufragar en medio del Atlántico; no le
faltan recursos a Verne para incidir en el mismo tema central con casuística
muy diferente, y así tenemos que en “Los náufragos del Jonathan”, en la que
coloca a Kaw-Djer recluido en una isla, sin querer tener contacto con el mundo,
lo que se produce al ocurrir un naufragio frente a las costas en donde habita.
No podían faltar personajes como los piratas, que tanta tinta han hecho correr:
así tenemos a éstos en “El archipiélago en llamas”, en la que un griego de esta
calaña vende a sus compatriotas como esclavos en el mercado africano, librando
una dura lucha con un teniente de la marina francesa; en “Los piratas de
Halifax” nueve muchachos de diferentes nacionalidades navegan en el Alerta a
través de las Antillas y son víctimas de estos bandidos del mar; en “El faro
del fin del mundo” su autor sitúa la acción en un faro situado en una isla
localizada al noreste del Cabo de Hornos, en la que viven un grupo de piratas
que acosan al único superviviente de los guardianes del faro, que debe
arreglárselas solo para permanecer vivo en tanto llega su relevo.
Héroes y Villanos del Mar
La figura de
los capitanes fascina a nuestro novelista, llevándola al título de muchas de
sus obras y retratando a diferentes marinos de distinta personalidad y
características en sus relatos. Así tenemos que “Las aventuras del capitán
Hatteras” narra las peripecias acaecidas en un barco, que zarpa con rumbo
desconocido y sin un capitán determinado, hasta que John Hatteras se identifica
como tal, alegando que el objetivo de la expedición es alcanzar los primeros el
Polo Norte, tras lo que ocurre un motín a bordo que acaba con la nave, que
antes de hundirse es abandonada en un bote construido con los restos del
naufragio, con el que el capitán y parte de su tripulación continúan viaje
hacia su objetivo; un adolescente es el protagonista de “Un capitán de quince
años” que con ésta corta edad, y sin muchas habilidades marineras, debe gobernar el “Pilgrim”, contando con la
animadversión de otro tripulante que desea desviar la nave a las costas
africanas para vender al resto del pasaje como esclavos; una botella encontrada
en el estómago de un tiburón es la clave para que “Los hijos del capitán Grant”
emprendan la búsqueda de su padre en las costas sudamericanas; menor rango
tiene “El piloto del Danubio” pero, sin embargo, no carece de interés su trama,
centrada en un presunto viaje de placer, que se convierte en una misteriosa
excursión a lo largo del río europeo.
La anterior
novela es la primera entrega de una trilogía que conforma lo más relevante de
la literatura marinera de Verne. En la segunda, “Veinte mil leguas de viaje
submarino”, aparece Nemo como el capitán por excelencia de las novelas del
francés, así como su submarino Nautilus. En la trama de la misma, los barcos
desaparecen de forma misteriosa, lo que se achaca a la voracidad de un
monstruo, en cuya captura acuden un naturalista francés, su ayudante y un
experto arponero, que en uno de sus intentos de caza van a parar a la cubierta
de la nave que navega sumergida misteriosamente, tripulada por un grupo de misántropos al frente de los que está Nemo que los invita
a un viaje fascinante en el que cazan en bosques submarinos y visitan ciudades
sumergidas. Pero no admiten el horror de las presas que efectúan de naves, ni vencen
la desesperada nostalgia de la tierra en la que nacieron y logran huir de las
garras del lunático capitán que odia al género humano. “La isla misteriosa” es
la tercera obra de la trilogía, y en la misma se refugian el Nautilus y Nemo,
su capitán, descubierto por cinco aeronautas que llegan a la misma en globo,
arrastrados por una tromba marina, a tiempo para ver morir al misterioso
marino. Nemo y su epopeya submarina han pasado a las historias de ciencia
ficción que con el tiempo se han tornado en realidad, pues elementos de la
novela como la gran autonomía de la nave, los buzos con escafandras autónomas,
las plantaciones marinas o el uso que se hace en el submarino de la
electricidad se plasmaron en realidades, aunque debieron esperar años.
La figura del
ambicioso desmedido también ve la luz en “Dueño del mundo”, en la que se
suceden extraños sucesos, en los que son protagonistas artefactos que desafían
la tierra, el aire y el mar”; en “La invasión del mar” un joven ingeniero
pretende crear un mar artificial en el desierto, por medio de un canal que vaya
desde el Mediterráneo hasta el Sahara, y a las dificultades técnicas se le unen
la hostilidad del las tribus nómadas.
Papel y Celuloide
La vuelta al mundo en
ochenta días” es, sin duda, la obra más célebre del fecundísimo escritor. No
tiene un argumento puramente marinero, pero el mar es la superficie del globo
que debe atravesar con más asiduidad su protagonista, Phíleas Fogg para ganar
la apuesta de conseguir circuncidar la tierra en un corto tiempo, a través de
tierras, aire y océanos. Resaltando la travesía del Atlántico, efectuada en un
barco que compra, y del que debe sacrificar la arboladura y todos los elementos
combustibles posibles de alimentar las calderas. La inspiración le vino dada a
Verne por un anuncio de periódico, en el que se aventuraba la posibilidad de
realizar el viaje en ese tiempo, ocurriéndosele la idea de que por la
diferencia horaria podría adelantar o atrasar la duración del mismo.
Verne, que
rechazó siempre el título de “profeta de la ciencia”, fallecería en Amiens el
24 de marzo de 1905. Su actividad literaria fue tal que, en el momento de su
muerte, su editor tenía una decena de obras inéditas, que el autor nunca vería
impresas, ya que se editarían durante los diez años siguientes; como tampoco
vería la mayor parte de las películas que se produjeron basadas en sus novelas,
salvo “El viaje a la luna” estrenada en 1902. Entre las que tienen el mar como
principal protagonista destacan la versión muda de 1929 de “La isla
misteriosa”, la excelente versión realizada en 1954 por Walt Disney de “20.000
leguas de viaje submarino” que obtuvo dos oscar. Dos años después se estrenó
“La vuelta al mundo en 80 días”, y en los años sesenta se rodaron otras como
“El amo del mundo”, “La isla misteriosa”, y “Los hijos del capitán Grant”, a
las que han seguido diversos “remakes” que, al ser contemplados por la actuales
generaciones, traen el recuerdo de un hombre que se adelantó a su tiempo, y que
mantuvo, durante toda su vida, una gran pasión por el mar.