Los intereses Europeos en función del Comercio y la
disputa del Dominio del Mar en el siglo XVII
Una visión concisa no hispánica de cada talasocracia en pugna
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Hernán Ferrer Fougá
Capitán de Navío (R) |
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A partir del
inicio del siglo XVII y ante los sucesos que habían conducido a la derrota de
la gran Armada y con ello al fracaso del plan de invasión español a las islas
Británicas, la Albión surgía como primera potencia marítima1 y con ello
iniciaba la construcción de la plataforma angular del Imperio Británico, que
siglos después conduciría los destinos de la humanidad, bajo el lema de
“Britannia Rules the Waves”.
Ante la
situación descrita, se produjo un “momentum-historico”, toda vez que, a partir
de entonces, tanto Londres como Amsterdam, comienzan a ejercer el dominio del
mar en sus respectivas áreas de influencia, teniendo ambas como objetivo
usufructuar de los beneficios que les continuaría otorgando el ataque al
tráfico marítimo español y portugués, tanto en
tiempos de paz como de guerra, incluidos sus depósitos terrestres, o
bien mediante la usurpación de determinadas colonias o factorías ya
establecidas, aparte de su propia expansión ultramarina planetaria.
Para poder
llegar a reproducir, en la mejor de sus formas, el clima existente en aquellos
instantes, nada es más adecuado que comentar las propias palabras del
publicista inglés de nota Richard Hakluyt, en su obra de aquel entonces
“Epistle Dedicatorie”, quien canta loas al Poderío Marítimo de su nación y a
sus operaciones y triunfos marítimos, a nivel mundial y según sus palabras a lo
largo de la costa de Chile y el Perú, como en las Molucas, el mar de Java o el
cabo de Buena Esperanza, etc.
A
continuación, el mismo Hakluyt en su “Discurso sobre el Plating en el Oeste”
argumenta la necesidad de colonizar Norteamérica y de este modo nació en 1600
la Compañía de las Indias Orientales para incursionar en la India y por la otra
la de Occidente y así en 1607 se funda Jamestown en el golfo de Chesapeake,
aunque la primera colonia había sido establecida en 1587, para continuar con
otros establecimientos en toda la costa oeste norteamericana.2
Paralelamente,
desde que Holanda había obtenido su independencia de España, decenios antes,
había colocado en gradas un vasto programa de construcción naval, tanto para su
Armada, como en particular en cuanto a su flota comercial, la cual llegaría tiempo después a alcanzar el
primer lugar mundial.
Inicialmente,
la marina mercante holandesa había logrado el control del comercio en el
Báltico y el Mediterráneo y ulteriormente el del Lejano Oriente, aparte que en
el Caribe conquistaría islas y se establecería también en Mannhatan, para
disputar a Gran Bretaña, o bien compartir, el destino de la costa oriental de
Norteamérica.3
Aún más, este
control del tráfico marítimo a nivel global vino en otorgarle después la
supremacía marítima mundial y esto fue tan así que recogiendo las propias
palabras del Primer Ministro de la época, (Gran Pensionario), Jan de Witt, éste declaraba:
“Los
holandeses hemos logrado batir en el mar a todas las naciones, expulsando su tráfico
comercial de las aguas del mar y así nos hemos convertido en el único
transportista de mercaderías a través del mundo”.
En Gran
Bretaña, en el intertanto, Oliver Cromwell, que recién asumía el poder, vino en
difundir, como su primera medida de gobierno, la promulgación de su “Acta de
Navegación”, por intermedio de la cual se prohibía que los cargamentos ingleses
fueran embarcados en naves extranjeras.
Simultáneamente,
puso en ejercicio un importante plan de
construcción naval, que incluía la puesta en servicio de un prototipo de
navío de tres cubiertas y 100 cañones, superando con ello a todos los navíos
holandeses.
Por otra
parte, reorganizó la Armada para otorgarle capacidad de combatir basada en su
competencia para concentrar los medios en una Fuerza organizada Naval, provista
de aptitud para efectuar evoluciones tácticas en formación y navegación en
conserva, aunque separada en divisiones que conformaran la vanguardia, el
centro y la retaguardia, aparte de tener flexibilidad para enfrentar a otra Flota,
o bien atacar, o proteger convoyes, y explorar.4
Tiempo seguido
e inevitablemente, la Armada Real inglesa debió enfrentar a su par holandesa en
las tres guerras marítimas que se llevaran a efecto durante el transcurso del
mencionado siglo, destinadas a establecer en definitiva cual de las
Talasocracias lograría el dominio del mar, cetro que obtuvo Gran Bretaña.
Sin embargo,
Francia, gracias a su Ministro Colbert,
a su capacidad técnica y a sus recursos, lograría, entre los años 1665 a 1683,
desarrollar su Poderío Marítimo, en tal forma que, entró en rivalizar con aquel
de su contraparte inglesa y fue así como esta pugna duraría más de 100 años y
su epílogo sería escrito sólo en 1815 con el término de las guerras
napoleónicas.5
Por último,
como es sabido, en cuanto a lo que a España respecta, su imperio de ultramar
fue conducido a través de la “Casa de la Contratación”, (1503) y destinada en
sus inicios para dirigir la subscripción de contratos (capitulaciones) entre la
Corona y los colonizadores, pero tiempo después comenzó a ejercer diversas
funciones, tanto de orden político, como económico, jurídico y religioso y
aunque disponía de autonomía dependía de las decisiones que adoptaba su alto
gobierno.
De todos
modos, supervigilaba directamente la organización de las Armadas (Flotas) que
se despachaban, a lo menos anualmente a América, como también su recepción al
regreso y así remitía los artículos que solicitaban los gobernadores, aparte de
llevar el control de los valores y del movimiento mercantil y de pasajeros.
Por su lado,
el “Consejo de Indias” (1511) se encontraba a cargo de la elaboración de puesta
en vigencia de las “Leyes de Indias”, conjuntamente con ordenar a la “Casa de
la Contratación” el cumplimiento de sus disposiciones y de otras exigencias
dispuestas por la Corona.6
Sobre el
tráfico a América éste se encontraba centralizado en Sevilla, aunque en 1680 se
cambió su sede a Cádiz por tratarse de un puerto oceánico sin las restricciones
que originaba el Guadalquivir.
Tal cual ha
sido anteriormente narrado, el comercio español hacia y desde sus Indias
Occidentales y Filipinas fue permanentemente interferido, atacado y saqueado
por naves inglesas, holandesas, como francesas, toda vez que, en este último
caso Felipe IV de España estuvo también en guerra contra Francia, casi durante todo su reinado
(1621-1665)
Por ello
Cromwell, a su vez, aprovechó este conflicto y el año 1654 le arrebató a
España, Jamaica y Dunkerque y luego aliado con Francia bloqueó sus puertos y su
Fuerza Naval organizada, al mando del almirante Blake, destruyó a continuación
una de sus más importantes flotas provenientes de América frente a Tenerife, la
que transportaba un valioso cargamento de oro y plata, sumándose a numerosos
casos anteriores y por ello en esa época ante tanto éxito y captación de
riquezas arrebatadas en Gran Bretaña se recitaba:
“Nuestro es el
mar y todas las naciones saludan ya, con las velas inclinadas, a cada nave de
nuestra Flota, tu poder se extiende hasta donde soplan los vientos y hasta
doquier que lleguen en el mundo las velas hinchadas”.
De esta forma,
al término del siglo XVII y después de combatir durante 200 años, la Armada y
la Marina Mercante española se encontraban tan disminuidas, que ya no tenían
capacidad para cubrir en plenitud las líneas de comunicaciones marítimas que la
unían con su vasto imperio de ultramar, aparte de los ataques de Morgan a
Portobello y Panamá, como también, en 1678, de los corsarios John Exon,
Bartolomé Sharp, y Eduardo Cook, a los que se sumaban piratas franceses.7
Fue así, como,
entre los años 1650 a 1700, Nueva España recibió sólo 25 Flotas, una bianual,
cifra que representaba en todo caso una cantidad cinco veces mayor respecto a
los cargamentos que proseguían hacia la Mar del Sur, vía Portobello, comercio
que se vio disminuido a una Flota cada cuatro años, entre los años 1687 y 1699,
con los consiguientes efectos políticos, económicos y de seguridad y que se
proyectaban hacia el sur hasta alcanzar el Reyno de Chile.8
En definitiva,
al finalizar la centuria y su reinado, la dinastía de los Hasburgos había
tenido que arrastrar a España al nadir de su indefensión, ante tantos enemigos
que enfrentar, mientras Gran Bretaña se constituía en el primer Poderío
Marítimo Mundial, bajo el lema de las tres G. God, Gold, Glory, seguida única y
estrechamente por Francia, país que a continuación, a partir desde el inicio
del siglo XVIII, ayudaría a Madrid a no perder su imperio de ultramar, dado los
pactos de familia borbones y la consiguiente cooperación marítima, en beneficio
de la normalización de su tráfico ultramarino.