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Ataques de Piratas contra veleros

Patricio Opazo Sabotier
Ingeniero Marina Mercante Nacional
Capitán de Yate de Altamar

velero

En diversas revistas especializadas de la navegación a vela, se pueden encontrar relatos de ataques de piratas, los que hacen peligroso cruzar por ciertas zonas del océano. De acuerdo a la frecuencia de esos ataques, se consideran como los más peligrosos el Mar de la China, la Micronesia, el Mar Rojo y el Norte del Océano Índico. Los asaltos en el mar Caribe han sido más esporádicos y los puntos más conflictivos son la costa caribeña de Colombia y Venezuela, Haití y el Sur de Jamaica. En el Pacífico, los ataques se producen en la costa colombiana.

Esta situación pone a los navegantes en el dilema, si es conveniente o no llevar armas abordo. El tema provoca una polémica sobre la cual no hay consenso ni uniformidad. Llevar armas abordo, obliga al capitán a declararlas en todos los países. En la mayor parte de ellos se incauta el armamento y la munición, hasta el zarpe del país, trámite que es bastante engorroso.

De mis muchas navegaciones, me tocó vivir una experiencia de esta naturaleza en aguas caribeñas al Sur de Jamaica, último puerto donde recalé antes de cruzar con destino a Panamá cuando regrese a Chile desde los Estados Unidos de Norteamérica, en este caso desde Fort Lauderdale.

En esa oportunidad, habíamos comprado armas de caza en EE.UU. por intermedio de amigos norteamericanos que tienen todas las facilidades para adquirirlas, a diferencia de turistas y extranjeros, a quienes en general les está vedado.

En recaladas anteriores a Montego Bay, Jamaica, mis amigos del Club de Yates me habían advertido y recomendado que, saliendo desde allí y luego de escapular la Punta Negril en el extremo Este de la isla, tomara un rumbo Weste bordeando la costa Sur de Jamaica, y  dar bastante resguardo a Pedro Bank, un grupo de islotes donde existe una flota de pesqueros colombianos que han asaltado varios veleros.

Al zarpar de Montego Bay las condiciones de tiempo no eran muy favorables pero, mantuvimos el zarpe considerando que mejorarían de acuerdo al pronóstico. Sin embargo, el tiempo empeoró, abatiéndonos hacia el Este y acercándonos a Pedro Bank.

Mi tripulación contaba con Carlos Escobar, médico del Hospital Naval y amigo del Club de Yates de Viña del Mar, Arturo Santelices, importador de repuestos asiáticos, quien nos había acompañado en otro viaje por la costa Este de Australia y Melanesia, y el tercer tripulante era Sergio Emhart, de la Marina del Sur, Puerto Montt.

Todos ellos estaban informados del posible riesgo de ser asaltados en ese lugar. Al aparecer un pesquero saliendo de Pedro Bank, les entregué el armamento a cada uno, pero me di cuenta que creían que era una broma, de las muchas que les había hecho anteriormente y les costaba creerme que esta vez la cosa era seria y se trataba de los piratas que nos habían contado en Montego Bay.

Finalmente, dos tripulantes se parapetaron bien visibles con sus armas a popa y Sergio a proa.

El pesquero tenía casco de acero y era un poco mayor que nuestro velero. A pesar de las pésimas condiciones de tiempo, gobernaba a toda máquina para interceptarnos.

En esa situación llamé al pesquero por VHF con el siguiente mensaje:

“Atento el pesquero que zarpó de Pedro Bank y viene a rumbo de encuentro con mi velero, este es el yate Intermed de bandera chilena. Deténgase o cambie su rumbo. No volveré a repetir este aviso.”

Para mi tranquilidad, el pesquero paró las máquinas. Procedí a caer con rumbo directo a Panamá, lo que significaba un abierto desafío, porque ese rumbo nos aproximaba al pesquero detenido, cortándole la proa.

En el ínterin me preguntaba qué podía estar pasando por la mente de mis compañeros, que seguían dos a popa y uno a proa con el armamento de caza  a la vista.

El pesquero nos vio pasar y luego reanudó la marcha, siguiendo aguas por nuestra estela a una distancia lejos del eventual alcance de nuestras armas. Después de media hora tomó rumbo de regreso a Pedro Bank.

Se juntaron varias circunstancias afortunadas: que el pesquero tuviera VHF, que entendiera el mensaje; que la pose de mis tripulantes fuera suficientemente disuasiva y, que no tuviésemos que disparar, porque el propietario anterior del velero quien se había comprometido a traernos la munición, no llegó nunca con ella y nos vimos obligados a zarpar sin un solo tiro.

En otra oportunidad traíamos el velero “Storm Dove” (Paloma de Tormenta) hacia Antofagasta, procedente de Fort Lauderdale. La tripulación estaba compuesta por Carlos, el dueño del velero y doña Ingeborg, quien según mis amigos manda en la casa.

Anteriormente habíamos desembarcado en Panamá a la esposa de Carlos y su hija de 5 años. En Salinas, Ecuador, Carlos tomaría el avión de regreso a Chile y el resto del viaje lo haríamos solos Ingeborg y yo.

Navegando a ochenta millas de costa, a la altura de Buenaventura, luego de desayunar, doña Inge sale a cubierta y cuando se asoma por la escotilla de acceso al cockpit me grita: “¡Nos asaltan!”.

Automáticamente y, preparados con anticipación para la navegación por estas aguas, tomo la escopeta cargada y salimos con Carlos, también armado, a cubierta.

En el cockpit me encuentro con una embarcación de alta velocidad, que se estaba abarloando al velero y un individuo que ya estaba tomando los guardamancebos para abordarnos.

Le pongo la escopeta en la frente, el tipo salta para atrás espantado, cayendo sobre los otros cuatro que también se disponían a subir. El patrón de la embarcación desabraca a toda marcha y se pone a distancia segura fuera de tiro. Los tipos, con la cabeza envueltas en toallas y pasamontañas dan algunas vueltas alrededor del velero, fuera del alcance de tiro. Nosotros permanecemos en el cockpit, esperando la reacción de los piratas. Después de unos minutos, en que apreciamos una discusión entre ellos, la embarcación abandona el lugar y pone proa hacia tierra.

En ninguna de estas dos oportunidades disparamos ni un solo tiro. Otro navegante que tampoco había tenido que disparar, era un norteamericano que venía de recorrer toda la costa norte de Venezuela y Colombia, con su esposa y cuatro hijos menores cuyas edades fluctuaban entre los 4 y los 12 años. Los chicos jugaban todo el día en el Club de Yates de Cristóbal, Panamá y por las tardes, después de la cena, reunidos en cubierta cantaban acompañados por la guitarra de papá. Una tarde que estábamos con ellos, le pregunté si no le inquietaba la posibilidad de ser asaltados por piratas en las zonas por las cuales transitaban. La respuesta fue: “Yo soy ex Oficial  Infante de Marina y he estado en combate.” “Por favor acompáñame.” Y acto seguido me mostró una enorme cantidad de armas camufladas y en perfecto orden en el interior del velero.

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