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Reconocimiento a la civilidad del Area del Canal Beagle de 1978

Gastón Droguett Valdivia
Capitán de navío (R)

Durante el 2005 hemos disfrutado con el libro “La Escuadra en Acción” y con la película “Mi mejor enemigo”, ambas relacionadas con las actividades operativas de la tensión que vivimos en 1978 con nuestros vecinos argentinos y que, por la gracia de Dios y la mediación de Su Santidad Juan Pablo II, finalmente prevaleció la cordura y el buen sentido, lo que tuvo un vuelco inesperado y las fuerzas organizadas regresaron a sus bases y así, tanto en Chile como en Argentina y también en el Vaticano, pudimos celebrar las fiestas familiares de la Navidad de 1978 y luego el Año Nuevo 1978 – 1979 con la alegría propia de haber superado tan delicado trance sin tener que restañar heridas por prolongados períodos de tiempo.

Tuve la suerte y el privilegio de estar destinado al Distrito Naval del Beagle con sede en Puerto Williams durante los años 1978 y 1979 y fui testigo de innumerables acontecimientos de la vida cotidiana en la capital de la Provincia Antártica Chilena.

La intención de estas líneas es sólo dar a conocer la actitud de compatriotas; me refiero a las familias de las dotaciones de las unidades operativas con base en Puerto Williams, a los profesores de Estado destinados al Liceo de la localidad, a los funcionarios de instituciones estatales, a los empleados de la sucursal del Banco de Chile, a los civiles, que en forma privada desarrollaban sus labores y funciones en Puerto Williams y en el territorio insular de la provincia. A los familiares de Carabineros y pobladores de Puerto Toro, Puerto Navarino, caleta Dos de Mayo. Es de toda justicia mencionar asimismo al cónsul de Chile en la localidad argentina de Ushuaia cuya labor profesional implicó la presencia en esa ciudad de su familia compuesta por su cónyuge y sus hijos pequeños y un recién nacido, en un ambiente adverso, dada las particulares circunstancias en que debía llevar a cabo su labor consular.

La actividad en Puerto Williams durante 1978 giró alrededor de  los acontecimientos navales, que a medida que iba avanzando el año, se tornaban más intensos. La población flotante aumentó como consecuencia de los refuerzos de la Infantería de Marina para las islas Picton, Lennox, Nueva, Navarino y las Islas Wollaston y Hermite en el sector del Cabo de Hornos

En Chile se vivía una evidente preparación para una potencial conflagración con Argentina. De potencial sólo tenía el no saber el cuándo, pero se intuía inevitable y, con mayor razón, en esa área geográfica que, ineludiblemente sería el Teatro de Operaciones de las operaciones navales y anfibias de los enfrentamientos beligerantes.

Mi intención es poner de manifiesto el espíritu patriótico y nacionalista que envolvía a la población civil a que hice referencia; aquella que, sin tener un rol militar, estaba destinada a verse involucrada y, de primera agua, en los peores efectos de las acciones del conflicto. Puerto Williams, sin tener el protagonismo de las islas que suscitaban la beligerancia, sí tenía la importancia de un blanco de insospechados efectos morales.

La población civil tuvo cada día un comportamiento heroico que debe ser reconocido por el resto de los compatriotas, sin estridencias, silencioso. No aquella actitud que resulta del que es consciente de su destino irrevocable y se entrega a las fuerzas del sino, muy por el contrario, esta heroicidad no se  desentendió ni se mantuvo alejada de la realidad, sino la enfrentó. Y cómo: Haciendo lo que tenían que hacer y estando en lo que hacían, en otras palabras, viviendo los días con normalidad, realizando lo ordinario, que para la época tenía una significación extraordinaria.

Estas chilenas y chilenos, pudiendo haber abandonado Puerto Williams hecho que nadie podría haber objetado, sin embargo, todos permanecieron. Todos, literalmente todos, se mantuvieron en el lugar.

La tensa serenidad, la entereza de esos civiles, madres y esposas, profesores, funcionarios públicos y privados fueron el respaldo, el tesoro moral  de aquellos marinos embarcados en las unidades navales y de los Infantes de Marina acantonados en las islas.

¡Cómo no ofrecer un reconocimiento a aquellas chilenas y chilenos, anónimos para la historia, pero con nombres y apellidos y caras y sentimientos humanos reales de los que defendieron de hecho con su presencia el territorio amenazado!

Para ellos estas líneas que, incapaces de reflejar en toda su dimensión la significación para el país, sirvan al menos de gratitud por su entrega deliberada, por haberle firmado a la Patria un cheque en blanco respaldado con el aval generoso de sus vidas.

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