Comentario de Libros
Historia Naval del Reino de Chile 1520-1826
Esta obra, es una síntesis del vasto trabajo de investigación histórica, realizado por el autor, don Isidoro Vázquez de Acuña y García del Postigo, que comprende ocho volúmenes y narra los acontecimientos navales ocurridos en nuestro mar durante el período hispano, desde las singladuras de Magallanes hasta los albores de la República.
A continuación se presenta la última parte titulada “La Supremacía Porteña” que muestra el progreso de Valparaíso en los primeros años del siglo XIX.
Este libro se encuentra disponible para consulta de los socios en la biblioteca de Liga Marítima, gracias a la gentil donación del autor.
La Supremacía Porteña
Valparaíso se aseguró la supremacía como puerto principal, en buena parte por su cercanía a la capital de la nueva república, albergando a los cónsules extranjeros y a los agentes y representantes de empresas comerciales del exterior, que creaban lazos cada vez más fructíferos para el provecho del comercio binacional y de los navieros que servían de nexo para el transporte de las mercaderías.
Pese al creciente movimiento, no existía en Valparaíso muelle de carga y descarga. Los changadores trabajaban con el agua hasta el pecho, llevando a hombros bultos de más de dos quintales. Diego Portales, por entonces joven comerciante, obtuvo del Consulado que dirigiese al gobierno el 11 de septiembre de 1823 un oficio solicitando la construcción de un muelle y el término de tan inhumano trabajo. El muelle se construyó recién en 1830, cuando Portales fue Ministro.
Las consecuencias del tráfico naviero, cada vez más abundante, por la oferta de muy diversas manufacturas, imposibilitó el desarrollo de la chilena, quedando reducida a la oferta de toscos y bastardos objetos que no podían ser desplazados. Concluido el período bélico de la independencia, pese al esfuerzo que significó en este sentido la incorporación de Chiloé y la guerra a muerte, radicada al sur del Bío-Bío, el comercio tendió a restablecerse y la economía general del país retornó el curso que había tenido antes de los trastornos de la guerra emancipadora, en especial, cuando la corriente comercial con el Perú se restableció, aunque con altibajos producidos por la inestabilidad del otrora poderoso virreinato.
Aunque existió el trueque para unas ínfimas operaciones, el pago de las importaciones continuó siendo en monedas o metales, provocando una descapitalización que no alcanzó a agudizarse gracias al sostenido rendimiento de la minería, que fue estimulada por el mayor tráfico mercante.
Entre las medidas económicas más cuerdas que tomó el ministro Rodríguez Aldea estuvo aquella que transformó Valparaíso en un emporio comercial del Pacífico, al crear almacenes francos.
El progreso de Valparaíso fue muy rápido. La población que no superaba las cinco mil quinientas almas en 1810, alcanzó en 1822 a las dieciséis mil. Sin embargo, el 19 de noviembre de aquel año a las diez y media de la noche un violento sismo estremeció sus construcciones, convirtiéndolas en ruinas en pocos segundos. El mar se retiró por tres veces, para regresar cada vez con olas de doce pies de alto. Si el terremoto había durado tres minutos, las treinta y seis réplicas terminaron por tumbar lo que había quedado sin derrumbarse. Pero Valparaíso, renació de sus ruinas y aumentó su importancia.
Por 1826 en el principal puerto de Chile recalaban obligadamente todos los buques que iban o venían entre Europa, Oceanía y Asia que navegaban la ruta del cabo de Hornos. Su situación privilegiada cerca de la capital del país y situado en la costa de una región de fértil abastecimiento servía las necesidades de alimentación, aguada y reparación de gente y de naves que arribaban tras largas y penosas travesías.
Centro comercial de creciente importancia, sirvió de sede para diversas empresas de importación y exportación a partir del inicio de la independencia de Chile, lo que le dio unas características cosmopolitas distintas al resto del país y que se gestaron en el período que hemos estudiado. Aunque las instalaciones de Valparaíso eran de un primitivismo insoportable para enfrentar los requerimientos del intercambio mercantil que se estaba produciendo, se establecieron importantes casas comerciales de importación y exportación. Entre las empresas comerciales figura la de Waddington, Tempelman y Compañía, nacida por 1818. En 1822 se fundó la Casa Alemana de Huth, Gruning, y Compañía. En 1826 se trasladó a Valparaíso desde el Perú la Casa de Antonio Gibbs e hijos. También estaba la casa de Lynch, Hill and Company. En 1824 se la Casa de Alsop, Westmore y Compañía y, un año después, la Casa de Hemenway y Compañía, antecedentes de Wessel, Duval y Compañía.
Durante el lapso de 1810 a 1823, un acontecimiento importante para la incidencia en la situación internacional de Chile fue el tratado firmado entre España y los Estados Unidos, el 22 de febrero de 1819, por sus representantes el embajador Onís y el secretario de Estado John Quince Adams. La primera potencia renunció a todas sus pretensiones en la Florida occidental y cedió a los segundos la oriental, fijó los límites de la compra de la Louisiana y estableció la demarcación con Nueva España, de tal manera que la potencia emergente logró llegar al océano Pacífico abarcando una línea de la costa desde los 42 grados hacia el norte, aún cuando Inglaterra reclamaba los territorios de Oregón. Las consecuencias que tuvo este tratado fue justificar plenamente el desplazamiento de naves norteamericanas, desde el Atlántico al Pacífico y viceversa.
Entre las firmas chilenas, además de la de Felipe Santiago del Solar y de aquella temprana de Agustín de Eyzaguirre, se remontó señera aunque fugazmente la de Antonio Arcos y Arjona, que fue proveedor del ejército por gracia de O’Higgins. La firma de Portales, Cea y Compañía, que hacía el comercio entre Chile y Perú, fue contratada para el aprovisionamiento y transporte naval de las expediciones de Freire a Chiloé en 1824 y 1826. Poseyó el estanco de tabaco, té, naipes y licores extranjeros desde 1824.
En resumen, aunque a los comerciantes chilenos no les faltaban bríos, estaban desprovistos de estímulos o no los advirtieron como las legislaciones que pretendieron favorecerlos respecto al comercio naval. Se sumaba la falta de sentido de la realidad, la inexperiencia, la imprevisión y la falta de respaldo de una industria nacional y un mercado activo al que proveer y a la vez donde adquirir artículos para sus ventas al exterior. El peso de la modorra que se había enseñoreado más que antes por efecto de la guerra, anuló el ímpetu inicial de algunos chilenos y a la postre la perseverancia, la mayor preparación y poder económico de los empresarios extranjeros significó que quedara en mano de ellos el comercio exterior marítimo.
Paralelamente el enriquecimiento de unos pocos, en general extranjeros, producto de la guerra civil y los cambios producidos por la implantación de la república, gravó la independencia política con un costo altísimo de miseria que se desencadenó por 1812 y que culminó hacia 1827, lo cual significó un retroceso económico de más de un siglo para el sufrido pueblo chileno. Esta situación empezó a cambiar muy lentamente.
En 1825 Valparaíso era un centro de abastecimiento del comercio con Polinesia, que desde aquel año comenzó a explotar al Viejo Mundo caña de azúcar y aceite de coco, perlas y nácares. En este intercambio se distinguieron dos firmas porteñas; la de Lamotte du Portail y Compañía, fundada por M. August Jules de la Motte du Portail, y la de Pedro Alessandri Tarzi y los chilenos José Manuel Cea, Francisco Javier de Urmeneta y María López Alessandri.
También la razón social Doursther, Serruys y Compañía representada por M. Jacques Antoine Moerenhout, antiguo oficial del ejército napoleónico y formada por extranjeros residentes, se promovió con el ánimo de incentivar el intercambio con el Perú, México, Australia y Polinesia. Francia era la nación que centralizaba el mercado de nácares; se pegaba a razón de ciento setenta mil francos la tonelada, aparte de las perlas, de manera que en una sola expedición afortunada, podría rescatarse el capital invertido. Pero esta etapa trasciende el período que tratamos, en que anexado Chiloé y todo el extremo sur a la naciente república de Chile, dominaba en los mares y en los puertos la bandera de la estrella solitaria.
Presentacion del Libro
“El Fénix de los Hielos”
Síntesis de la presentación de la novela “El Fénix de los Hielos”, escrita por el Capitán de Navío (R), Sr. Sixto Bórquez Bórquez, efectuada por el Capitán de Navío (R), Sr. Carlos Martin Fritz en el Club Naval de Valparaíso el 18 de agosto de 2005.
Ciertamente es un privilegio tener vocación de marino, pero serlo con condiciones y alma de escritor, es verdaderamente una bendición de Dios, porque se plasman en perfecta armonía las esperanzas de los sueños y las fantasías de las realidades, la vastedad del mar y la grandeza del alma, la misión de llegar y alcanzar, junto a la ilusión de lograr.
Cuando el mar orienta la acción en un cuento, novela o poesía, el argumento se enriquece, con esa inmensidad azul que llama al misterio de horizontes inalcanzables, al mismo tiempo que el mar, lejano a veces, se vuelve vital a través del campo fecundo y multiplicador del arte literario, bajo la perspectiva de diferentes sentimientos e inspiraciones.
El comandante Sixto Bórquez, prestigioso oficial de marina, oriundo de Santiago por casualidad, pero chilote por adopción y admirador de la magia de esa cultura, cuya pluma ya conocemos a través de publicaciones anteriores como “El Trauco en Santiago y otros cuentos” presentado el año 2001, “De Playa Ancha a la Luna” un año después y “De Cachucho a Navío” el 2004, todos ellos estructurados como cuentos o narraciones, que reunidos conformaban la orientación de la idea de cada una de esas obras en particular, nos presenta ahora su novela “El Fénix de los Hielos”.
La obra que nos presenta, muestra la maestría para desarrollar un tema que abarca la fantasía, la casualidad y la sorprendente realidad, en un momento inesperado y en lugares geográficos tan variados como los canales del Sur de Chile, la Antártica, Punta Arenas y Santiago, que son escenarios aunque lejanos y disímiles perfectos para dar unidad y plantear el suspenso, tan necesario para hacer atractivo el relato.
Develar el contenido de este relato con alguna anticipación aunque sea pequeña de su temática podría llevar a deslucir un trabajo que sin dudas ha necesitado esfuerzo, maestría y dominio de situaciones poco comunes e inesperadas, para lograr un acabado conjunto de ideas, capaces de crear un escenario cautivante que obligará al lector, casi en forma involuntaria a acelerar la lectura.
Un comienzo de la narración en tres situaciones distintas, predisponen al lector no sólo a una cuidadosa y atenta observación de los acontecimientos para no perder la continuidad, sino que lo alerta de un todo entretenido que se hace madeja con los hilos dispersos para arribar con fuerza a un argumento central, bien ideado, que lo conducirá a un final impredecible.
La redacción es fácil, simple y manejada con una maestría muy particular del autor, que la hace muy atractiva. En tanto que su lenguaje es el cotidiano, con modismos y dichos, simples y simpáticos. En resumen, una obra bien estructurada y orientada a quién busque en la lectura agrado, cultura y evasión de tensiones.
Bórquez nos confirma con esta obra su solidez creativa y que su pluma ya galardonada con premios en su juventud, ha tenido una maduración positiva que lo comienza a destacar entre los escritores del mar, tan difíciles de encontrar en nuestra literatura.
Vayan entonces nuestros parabienes por el éxito del libro que se presenta y para el autor similares deseos, expresados en el marinero dicho de “buena mar y viento a un largo”, para una navegación venturosa y fecunda por el mar de la literatura.