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Viento Sur

Pedro Barahona De La Fuente
Piloto Tercero, Marina Mercante de Chile
Alemania

Jamás había visto tantas personas reunidas en la caleta “Oscuro“. Parecía un santuario, por las luces que alumbraban la playa. Había luna nueva y eso hacía más impresionante el espectáculo que ahí se vivía. El silencio permitía solamente escuchar las olas de la mar. Los más adultos llevaban un pésame, pero nadie deseaba hablar.

La pequeña mano era envuelta por la palma de su padre y sus pequeños ojos negros, a la vez, lo cuestionaban. Todo era un sepulcral silencio.

Padre - decía el pequeño- ¿Por qué no está don Francisco?

El padre deseaba entregar a su hijo la respuesta, pero ¿cómo poder explicar en un lenguaje infantil el misterio de la muerte? ¿El viaje al Más Allá de don Francisco?

Se fue con su pequeño y en una roca de la playa, tomaron asiento sobre ella y con la mirada hacia la mar, el padre le dijo: ¿Ves aquella roca en la mar?

Cuenta tu abuelo que por primera vez todo el pueblo se reunió en la caleta para agradecer un milagro.

Fue en Junio, cuando la pesca comenzó a desaparecer. Los pescadores iban a la mar pero sin ningún éxito. La capilla era un coro de oraciones para pedir misericordia. La hambruna llegaba a cada hogar y no había nada que comer. Sólo se escuchaban las oraciones que pedían ayuda al Todopoderoso.

En la playa se vio por primera vez a don Francisco. De edad avanzada, su pelo canoso era como la cordillera, tenía una mirada humilde pero su andar era firrme y lento.

Sentado frente a la mar encontró a Juan, el pescador.

Su mirada perdida en las aguas oscuras motivó a don Francisco a expresar: “La mar es la riqueza más grande que tiene un pescador”.

Sí – respondió Juan – pero esta vez nos ha traído la pobreza más grande que puede tener un pescador: ¡Una mar sin pesca!

El crepúsculo convertía la aldea en una acuarela marina. El sol desaparecía y las sombras se proyectaban en el suelo. Ahí, sentado en la playa, se podía ver la imagen negra de Juan que resaltaba en la arena.

Después de haber charlado, don Francisco se levantó y se marchó. Juan observó cómo aquel hombre dejaba las huellas de sus pies en la arena, pero no podía creer. ¡No tenía sombra!

Sintió miedo y lo llamó: Don Francisco, don Francisco, ¿de dónde viene usted?

Sin darse vuelta apuntó con su índice hacia el mar.

Era una madrugada oscura, el frío calaba hasta los huesos, pero Juan debe hacerse a la mar en busca del sustento para su familia. En una oscuridad total comienza a singlar la pequeña embarcación. Deja atrás su aldea y pasa a la cuadra de las rocas loberas cuando ve a don Francisco sobre ellas. Confuso, comenzó a gritar: ¡Don Francisco es usted, es usted!

Don Francisco levantó su mano y señaló en dirección Sur-Weste. Juan hizo una caída de 40 grados y navegó tres horas, sin saber que hacer. Salía del ámbito de pesca autorizado por la autoridad marítima, pero seguía navegando de acuerdo a la “orden” de don Francisco. La mar rizada colocaba resistencia a la obra muerta de la embarcación. En popa recibía el aire salino con gusto a mar que golpeaba su mejilla. Era una noche cubierta de cúmulos que hacía la visibilidad más escasa.

El cielo comienza a cambiar y entre las nubes se asoma la luz de la luna como entrando por una puerta celestial. Se proyectaba en la mar y Juan puede ver ¡Oh milagro! Cómo la mar ha quedado llana mientras comienza a hervir por el cardumen de peces.

La obra viva de color azul reposaba sobre ese cardumen. La maniobra de pesca se hizo con la maestría habitual, mientras se comenzaba a llenar la pequeña embarcación con los peces.

La aurora trae los primeros rayos de sol, iluminando la embarcación, ese punto colorido que avanzaba con su proa levantada rompiendo las pequeñas olas.

Al llegar a la playa, los demás pescadores no podían creer el milagro.

Fue en la pequeña capilla de la aldea que Juan agradeció la bendición entregada.

Los peces fueron repartidos entre los aldeanos; todos preguntaban a Juan cómo había logrado esa extraordinaria pesca. “Recuerdo haber visto a don Francisco en la roca lobera - señaló Juan - y fue él quien me señaló el curso a navegar”.

Pero ¿de quién hablas? - preguntó Ramón - nadie conoce a esa persona.

En la iglesia aún vivía el cura José. Con su avanzada edad de 90 años, sus ojos no podían ver mucho, pero la mente era como la de un niño.

Padre José - preguntó Ramón - ¿Conoció alguna vez a un tal Francisco?

Hubo una vez un padre que vivía sólo con su hijo Francisco, pero eso fue hace más de 60 años. Una vez se desató un gran temporal. En la mar se encontraba el único bote, el de don Miguel. Las olas eran cada vez más grandes, el viento ululaba entre la roca La Lobera y salía espuma salina como una fiera marina.

Fue a la cuadra de La Lobera que el padre gritaba a su hijo:

¡Francisco, Francisco auxilio!

En la playa nadaba mar adentro Francisco, en socorro de su viejo padre. Levantado por la cresta de las olas, avanzaba mar adentro, desafiando la naturaleza del viento Sur. El cielo cada vez más oscuro y la poca visibilidad hacían el rescate imposible. En la playa se hallaba toda la aldea, que escuchaba el eco del padre traído por el viento.

Fueron treinta horas que duró ese viento fuerza 8. El sol desaparecía en el horizonte como sostenido por un hilo de mar. Eran los últimos rayos que entregaba esa fuente de luz y llegaba la calma. A la altura de La Lobera, había paz, pero de esos dos hombres de mar jamás se encontraron huellas.

¡Oye Papá! ¿Y Juan?

Ese era tu abuelito - le contestó el padre - quien, antes de morir, dejó una carta en la capilla. Ahí explicaba que cada vez que salía a la mar veía en la roca de La Lobera a don Francisco.

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