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El Mar de los Libertadores

Manuel Maestro López
Presidente de la Fundación Letras del Mar en España

Hay que estar en la mar,
o renunciar al rango de gran nación
José María Gavaldá

Para unos el mar, junto con la flota, es el mejor baluarte para defender la nación; para otros, es una herramienta que, por un lado separa las tierras a la vez que sirve de vía para unirlas, facilitando el comercio y el conocimiento de los hombres; de sus entrañas y de las formas más diversas, extraen muchos el pan de cada día; mientras que para otros es el más bello y grande de los desconocidos, por el que apuestan para su ocio. Como es sabido, el mar cubre siete décimas partes de la corteza terrestre. La explotación de sus recursos, el espíritu de aventura, la guerra, la investigación o el comercio siguen siendo los móviles que empujan al hombre al mar en una acción de conquista que dista mucho de haberse cerrado. Quien posee el mar, posee el mundo entero decía Walter Raleigh; el personaje adorado por el romanticismo inglés, aunque para hacerlo se deja siempre en el olvido su historia como guerrero. Se dice de él que inventó la caballeresca costumbre de arrojar la capa sobre el barro para que no se ensuciasen los pies de la amada. En cierta ocasión la arrojó delante de la reina; y es que Raleigh estaba enamorado de Isabel I de Inglaterra. Su boda con Isabel Throckmorton, amiga de la reina, le lleva a pasar la noche de bodas en la Torre de Londres. En esa época habla con un prisionero español y lo escucha con mucha atención.

Se trata de Pedro Sarmiento de Gamboa, soldado y cronista de la guerra contra Tupac Amaru. Y aquí comienza a dar vueltas a su cabeza una idea: recuperar el favor de Isabel. Así que moviendo todas sus influencias promete a la reina unas Indias para su Majestad, mejores que cualesquiera tenga el rey de España. En 1593 las expediciones financiadas por Raleigh intentan encontrar un paso al Norte y tomaron posesión de las desoladas y frías costas de Terranova, fundando la colonia de Virginia que fracasó en poco tiempo. Pero, aquello no eran las Indias que había prometido. Es así, que en Febrero de 1595 decide entrar en acción él mismo. Al mando de cinco navíos con tripulaciones veteranas y más de cien soldados escogidos, personalmente, partió desde el puerto de Plymouth en busca de la Ciudad Dorada, internándose en el Orinoco. Sus barcos de bajo calado siguieron la corriente principal entre vegetación tropical y bandadas de caimanes. Y, como era de esperar, no llegó a ningún sitio. Para Agosto de ese mismo año, regresa a Inglaterra derrotado y reducido a la mendicidad. Escribe entonces el que ha sido considerado uno de los grandes libros de viajes en habla inglesa. Bajo el título excesivamente largo de The Discoverie of the Large, Rich, and Beautiful Empire of Guiana, with a Relation of the Great an Golden Citie of Manoa, wich the Spaniards call El Dorado, consigue un éxito que será traducido por toda Europa, impulsando de nuevo la leyenda de El Dorado.

Puede ser que el libro fuese una de las lecturas de los muchos que ambicionaron El Dorado o de los que lucharon por la Independencia Americana, el acontecimiento histórico más importante y trascendental del siglo XIX, de los que una mayoría bebieron en los generosos pechos que les brindó una Gran Bretaña que ya reinaba en los mares. El papel de apoyo de los británicos en este movimiento independentista, que había empezado con intensidad ya antes que Napoleón invadiese España, tiene como primer y principal exponente a Francisco Miranda, al que podemos considerar el gran precursor, cuya propaganda trajo, en parte, el ataque británico a Buenos Aires. Miranda alcanzó tierras sudamericanas en 1806, mediante una expedición que había financiado en Boston. Allí, en tierra colombiana que bautizó con el nombre del Almirante, para devolverle toda su gloria, izó la bandera de tres colores que habrían de componer el pabellón nacional de su país, de Colombia y Ecuador. Derrotado en esta primera intentona, volvió a Londres, tornando a América para iniciar la guerra junto a Bolívar. Cae prisionero y viene a morir en un calabozo en Cádiz. El venezolano Miranda fue el punto de referencia de los americanos que llegaron a Londres, en donde conoció a Bernardo O´Higgins, el futuro libertador de Chile, con quien también fueron a reunirse Simón Bolívar y Andrés Bello, para dar los primeros pasos en la independencia de Venezuela. El grupo independentista, que se encontraba en la capital británica, trabajaba en la línea emancipadora, lo que se veía con simpatía por los ingleses, que lo que deseaban era el derecho a comerciar con las colonias de la Corona española, algo que habían conseguido del Gobierno de Cádiz, aunque limitado a la duración de la guerra mantenida contra Napoleón; si bien en 1810 se alcanzó un punto definitivo en las relaciones para que Gran Bretaña comerciara directamente con el mundo hispanoamericano. De esta manera, desde el comienzo del movimiento independentista, mediante el comercio y su flota, se dejaba sentir la influencia británica en apoyo a los que la historia ha bautizado como Libertadores, muchos de ellos criollos y militares españoles.

El Océano de los Próceres
Carabobo, Chacabuco, Maipú y Ayacucho, consideradas, entre otras, las batallas decisivas para la emancipación hispanoamericana, se libraron en escenarios terrestres, no obstante tener la estrategia naval un importante papel en las operaciones militares, ya que el mar era el vínculo que unía a las colonias españolas con la metrópoli y, en numerosos casos, habría de condicionar el resultado de los enfrentamientos: una mirada al mapa del continente americano es más que suficiente para darse idea de lo importante que era el dominio del mar. Y al llegar a este punto podemos preguntarnos sobre si los Libertadores tuvieron claro este objetivo, tanto en su política militar como en la mercantil. Simón Bolívar, el Libertador por antonomasia, vivió condicionado por el mar, a quien tuvo presente hasta los últimos alientos de vida cuando, desengañado de sus sueños de unidad continental, pronunció en sus postreros momentos: “He arado en el mar”. Bolívar había viajado a España muy joven y, a partir de este momento son constantes sus movimientos de un lado a otro del mundo por barco. Teniendo el agua por medio en sus expediciones militares, como la de isla Margarita o la de los Cayos. Pero en donde queda patente su conciencia marítima es en un texto escrito, en contestación a una misiva de Henry Cullen, conocido como La Carta de Jamaica, en la que a sus 32 años deja reflejado su ideal sobre el futuro del continente americano. En diversos pasajes de la misma se hace eco de temas relacionados con el mar y la posición geoestratégica de América, debiéndose destacar la referencia hecha al paso entre océanos existente en las tierras que conforman el istmo centroamericano: Los estados del istmo de Panamá hasta Guatemala formarán quizás una asociación. Esta magnífica posición entre los dos grandes mares, podrá ser con el tiempo el emporio del universo. Sus canales acortarán las distancias del mundo; estrecharán las distancias del mundo; estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y Asia; traerán a tan feliz región los tributos de las cuatro partes del globo. ¡Acaso sólo allí podría fijarse algún día la capital de la tierra! Como pretendió Constantino que fuese Bizancio, la del antiguo hemisferio. ¡Qué bello sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos!

En Argentina, la revolución emancipadora tuvo un carácter colectivo y popular, contando con un prolegómeno en las luchas sostenidas por Buenos Aires en 1806 y 1807, contra los ingleses. En su tierra nacería José de San Martín, - el otro gran Libertador - que no sólo da la independencia a su país en 1816, sino que extendió su acción emancipadora a gran parte del continente. Al contrario que Bolívar que era un táctico brillante, San Martín era un magnífico estratega que proyectaba sus pasos de forma cuidadosa. Su relación con el mar se inicia en España, cuando de segundo teniente estuvo embarcado en los buques de la Armada, en donde comenzó a forjar su mentalidad naval, lo que empieza a vislumbrarse a través de sus escritos, como el que dirige a Nicolás Rodríguez Peña, en el que aparece su idea de una expedición marítima para liberar Perú, los conceptos que le mereció la caída de Montevideo y otros juicios sobre su teoría de que no dominando el mar es inútil avanzar una línea fuera de ese territorio posteriormente, comienza a ver claro que la proyectada invasión al Alto Perú estará condenada al fracaso si no se consigue llegar primero a Chile, para emprender desde allí, la conquista de Lima por mar, para lo que necesitaba la colaboración de la escuadra chilena. La gestión para la búsqueda de medios y recursos fue dura, pero su intuición naval le ayudó en el empeño, formando al final una flota con la que consiguió sus objetivos y, tras recorrer 1.500 millas en 18 días, pudo proclamar la independencia del antiguo Virreinato, con lo que pudo constatar como su escuadra era capaz de dominar el Pacífico Sur, después de haber conseguido el dominio del mar en Chile. San Martín fue el creador de la escuadra peruana, hecho considerado vital para salvaguardar su independencia.

Al morir Bernardo O´Higgins, cuando se aprestaba a regresar a su patria chilena, exclamó ¡Magallanes!, como si pasase revista a la geografía de un país, proyectado al Pacífico y Antártico, que hoy día tiene importantes responsabilidades en el control de las comunicaciones entre dos océanos. Realidad marítima que el Padre de la Patria tuvo siempre presente en su visión de estadista, adquirida en sus estancias en Inglaterra y España, y que quedó reflejada en la frase que pronunció tras la victoria de Chacabuco: “Este triunfo y cien más serán insignificantes si no dominamos el mar”. Algo que se consolidó en su colaboración con San Martín, para conquistar Perú a través de las costas chilenas. Sobre la conciencia marítima del libertador chileno, Francisco Antonio Encina comentó: Se ha dicho que la creación de la primera escuadra chilena es uno de los mayores prodigios que ha realizado un pueblo para afianzar su independencia, pero este prodigio no lo realizó el pueblo chileno, sino la voluntad de O´Higgins. “Voluntad que le llevó a preocuparse de la operatividad de la nueva escuadra en sus más mínimos detalles, logrando convertir a los buques en una poderosa fuerza naval”. La libertad de comercio internacional fue otra de las constantes de su política, así como la necesidad de explotar y facilitar la navegación por las aguas interiores y el desarrollo de la pesca: todo ello germen de la actual proyección ascendente de los intereses marítimos chilenos.

José Gervasio Artigas, artífice de la independencia uruguaya, tuvo una clara visión acerca de los asuntos marítimos, lo que queda de manifiesto en las siguientes seis medidas por él impulsadas: defensa de la autonomía de los puertos provinciales; creación de una marina mercante fluvial; organización de una escuadrilla fluvial, cuyo principal objetivo fue combatir Buenos Aires; el establecimiento de la guerra de corso para enfrentar a portugueses y españoles; la apertura de los ríos interiores al comercio y la navegación internacionales, así como la promulgación del Reglamento Aduanero.

Antonio José de Sucre, al poco tiempo de la fundación en 1825 de la República de Bolivia, creó el ministerio de Guerra y Marina, consagrándose ese mismo año en la primera Constitución Política del Estado, la organización de una fuerza armada compuesta de Ejército y Escuadra, objetivos que se consolidaron durante la Confederación por Andrés de Santa Cruz al adquirirse varios barcos con fondos bolivianos.

México tuvo un proceso independentista prolongado y complejo, en el que las vías marítimas preocuparon a los jefes insurgentes. José María Morelos expidió el 14 de Julio de 1815 un decreto por el que se autorizaban las patentes a todos aquellos ciudadanos nacionales o extranjeros que decidieran apoyar la independencia, atacando al comercio marítimo español. Aprobándose en la misma fecha, mediante otra disposición de idéntico rango, la creación de las banderas nacionales de guerra, parlamentaria y de comercio. Previamente, Morelos había ordenado al general Guadalupe Victoria apoderarse de un lugar de la costa donde establecer y consolidar un puerto en el que recibir armas y pertrechos adquiridos en los Estados Unidos.

Los Conquistadores Conquistados
Nacidas las nuevas naciones, las marinas surgidas con los movimientos independentistas hubieron de enfrentar nuevos problemas, aparecidos por: el afán de reconquista de la antigua metrópoli; las apetencias de las grandes potencias navales de la época; o las cuestiones de límites mal definidos al desmembrarse los antiguos virreinatos. Son algunas, entre otras muchas, de las amenazas a las que hubieron de hacer frente, para lo cual, tuvieron que llevar adelante un proceso de consolidación distinto, según las constantes históricas por las que pasó cada nuevo Estado.

La Independencia americana fue el resultado de un movimiento en el que, a pesar de la creencia generalizada, los españoles experimentaron una evolución de americanización en la que el conquistador fue conquistado por su propia conquista. En efecto, la influencia ambiental que el nuevo continente ejerció sobre los españoles que a él llegaron, determinó la temprana separación entre el Viejo y el Nuevo mundo, lo que aumentó progresivamente en virtud del intenso mestizaje que allí se produjo. Así tenemos que, por lógica, aparece un modo o tipo de hombre que se siente distinto al europeo y al español y que se considera apto para dirigir él mismo su propia política en todos los aspectos. Y, entre éstos, destacan los Libertadores en cuyas cabezas bullen pensamientos sobre la economía y la política de las nuevas naciones, así como les brotan también ideas, a la vez que emprenden acciones relativas al mar y a la política naval, alrededor de las que en este trabajo hemos echado una limitada ojeada.

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