El Marinero Ildefonso Ormeño Bravo
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Jorge Sepúlveda Ortíz
Vicealmirante
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Trasladémonos al año
1919 a las aguas que
rodean las islas Picton,
Nueva y Lennox, áreas de tempestades,
costas bravas y vírgenes,
azotadas de continuo por el
viento, la lluvia y la nieve.
La “Comisión Hidrográfica de
1919” que dirigió en aquellos
años el capitán de fragata don
Hipólito Marchant M., ya había
entrado en todo el rigor del invierno.
El crucero “Ministro Zenteno”
y la escampavía “Yáñez”
estaban fondeados al Este de la
isla Navarino, en el paso Richmond,
paso que separa las islas
Lennox y Nueva, empeñados
desde comienzos de aquel año en
un importante y minucioso levantamiento
hidrográfico de aquellas
islas al Sur del canal Beagle.
La Comisión Hidrográfica había
llevado metódicamente su trabajo,
avanzando con el compás
que impone la lucha con la naturaleza
que se niega con terquedad,
al paso del hombre.
Había llegado el otoño y la nieve,
el frío y la escarcha de la
mañana acompañaban a las embarcaciones
que, a las primeras
luces, comenzaban a desabracar
del costado del crucero para dirigirse
a sus diarias tareas.
A los que hemos participado en
trabajos hidrográficos en la zona
austral de nuestro país, vuelven
a nuestra memoria los recuerdos
de todas estas actividades.
Unas embarcaciones se dirigen a
sus tareas de “sondaje” cercano a
costa, otras al trabajo de “la comisión
de detalle”, a la de “señalización”,
a la de “triangulación”, a la
“observación de coordenadas” y a
los relevos del personal encargado
de la “observación de mareas”, etc.
Así, salen oficiales y marineros
mar afuera o tierra
adentro a proseguir el trabajo
en el terreno, que se
extiende desde que aparece
la primera luz del día
hasta que ella se esfuma.
Los buques también avivan
los fuegos de sus calderas
todas las noches y viran sus
anclas al amanecer para cumplir
diversas comisiones que varían
desde el sondaje de alta mar hasta
el traslado de personal y materiales
para construir las cabañas
o campamentos donde se instalan
las comisiones observadoras
de los astros con instrumentos de
alta precisión. (Observación de
coordenadas).
Un día como tantos otros, el 19
de Junio, se informó del extravío
del grumete Julio Baeza en la
isla Lennox. El extravío en esos
bosques vírgenes y desprovistos
de todo recurso es siempre materia
de alarma y con sobrados
motivos, porque aquél que se
separa de sus compañeros está
expuesto a innumerables accidentes
y, si no recibe un pronto
auxilio, a las pocas horas caerá
vencido por los elementos. Baeza
es buscado y rebuscado por
el teniente Guillermo del Campo
y sus hombres, pero todo el trabajo
de un día es inútil.
Llegada la noche, el teniente regresa
desalentado para dar cuenta
a su comandante que ha perdido
un hombre que se internó en el
bosque en busca de leña para el
campamento. La oficialidad y sobre
todo el comandante, reciben
con dolor la sensible noticia.
La dotación del crucero “Zenteno”
está conciente del hecho
que hay muy pocas probabilidades
que un hombre perdido
y extenuado, pueda resistir durante
toda la noche el azote del
viento y la nieve y la crudeza del
frío que acusa en los termómetros
varios grados bajo cero.
Como ocurre con frecuencia, la
naturaleza se ha aliado con el
golpe del destino. A las 20:00
horas, el aspecto tranquilo que
reinara durante el día se ha tornado
en un fuerte temporal del NE,
con fuertes chubascos de nieve y
la mar comenzando a arbolarse,
obligando a bordo a tomar las medidas
para afrontar el mal tiempo.
Media hora más tarde, el comandante
autoriza a una partida de
rescate, a pesar del mal tiempo, a
dirigirse a la isla Lennox en busca
del infortunado grumete.
El comandante debió medir profundamente
el dilema que se le
presentaba: por un lado, el muchacho
perdido en pleno bosque,
y quizás exhausto en un
desplaye cualquiera, esperando
la mano salvadora, dando voces
de auxilio y, por el otro, el autorizar
a un puñado de voluntarios
para lanzarse en pleno temporal
a luchar contra el mar y después
con la costa inabordable, en busca
del compañero perdido.
Bien protegidos contra el frío y
convenientemente apertrechados,
dejaron el “Zenteno” los nueve
voluntarios tripulantes de la embarcación
dispuestos a rescatar
al compañero de las garras de la
muerte. Después que consiguieron abordar la costa, exploraron
el área durante diez horas, con
temperatura bajo cero, cruzando
terrenos pantanosos cubiertos de
una capa de nieve de más o menos
50 centímetros y enfrentando
las fuertes rachas de viento.
Los proyectores del “Zenteno”,
esos ojos luminosos que ayudan
en la oscuridad al marino, trabajaron
también toda la noche
como mudos colaboradores,
pero eran impotentes para penetrar
las negrura de la noche y el
incesante telón de nieve que descendía
con gran persistencia.
Al amanecer del día siguiente, la
partida en tierra encuentra al grumete
Baeza. Como es de suponer,
hay una inmensa alegría en tierra,
pues han encontrado a Baeza aún
con un débil soplo de vida. El grumete
está casi exánime y después
de grandes esfuerzos y de los solícitos
cuidados de sus auxiliadores,
vuelve a la vida.
Explica haberse hundido en un
mallín cubierto por una frágil capa
de nieve. Mientras mayores eran
sus esfuerzos por zafarse, se hundía
más y más en el fango. Optó
entonces por quedarse quieto,
semi sumergido en aquellas aguas
casi congeladas que lentamente
iban aprisionando su cuerpo.
Algo recuperado el grumete Baeza,
se intenta el regreso a bordo
del crucero pero las condiciones
de tiempo se han tornado de difícil
a imposible. El viento arrachado
sopla cada vez con más intensidad
y la mar rompe con gran
violencia a lo largo de toda la
costa Noreste de la isla Lennox.
A bordo del “Zenteno” se aprecia
esta nueva y grave dificultad,
que ahora no sólo amenaza
al grumete Baeza, que requiere
pronto auxilio médico, sino
que también a la dotación de la
embarcación, que lleva más de
doce horas de exploración nocturna,
bajo condiciones meteorológicas
difíciles.
El comandante Marchant decide
ordenar el zarpe de la pequeña
escampavía “Yáñez” para auxiliar
a las personas que se encuentran
en la isla Lennox. El
teniente 1°, don Rodolfo García
Bouquet, comandante de la “Yáñez”,
abandona el fondeadero
con su buque, dirigiéndose hacia
la costa para buscar un lugar
resguardado que le permita enviar
una chalupa, no sin peligro,
en búsqueda de personal que se
encontraba en tierra.
El teniente García encuentra una
pequeña escotadura de la costa
algo protegida por una puntilla.
Es en este lugar donde se inicia
el rescate, no sin riesgo, pues el
viento y oleaje rompe alrededor
de ese lugar.
Se logra el rescate de todo el
personal incluyendo al grumete
Baeza, indicándose por señales
visuales esta información al comandante
Marchant.
Debemos imaginarnos la alegría
de las dotaciones de ambos buques
por el salvamento del grumete
Baeza y de los que fueron
en su rescate.
Ya en la noche, nuevas señales
urgentes de la escampavía “Yáñez”
trae una noticia de muerte
al comandante de la Comisión
Hidrográfica.
El mensaje es difícilmente articulado
por los señaleros; un hombre
acaba de fallecer a las 23:00
horas. Todos se imaginan que
debe tratarse del grumete Baeza;
pero se indica en el mensaje que
el marinero Ildefonso Ormeño
es el que acaba de fallecer.
Para la dotación del Zenteno,
tanto oficiales como gente de
mar, fue un duro golpe pues Ormeño
era muy querido por sus
grandes cualidades.
Cuando se organizó el grupo de
voluntarios para ir al rescate de
Baeza, Ormeño se encontraba
cubriendo el puesto de ordenanza
del comandante Marchant.
Pero insistió en ser incluido hasta
conseguirlo, haciendo valer sus
lazos de amistad con Baeza y fue
así, el primer voluntario. Con autorización
del comandante, solicitó
su relevo como ordenanza.
Se mantuvo durante toda la noche
en la primera línea de búsqueda
y sus esfuerzos fueron premiados;
él fue quién encontró a
su compañero extraviado. Luego
de tan agotadora actividad y junto
a otros cuatro jóvenes marineros
cayeron extenuados y debieron
ser llevados a embarcarse en la
chalupa que los llevó a bordo de
la “Yáñez”. Allí permanecieron
todo el día, recuperándose todos
a excepción de Ormeño que falleció
a las 23:00 horas.
El dictamen del Fiscal, en base a
las declaraciones del médico, expresa que el
deceso del
m a r i n e r o
2° lldefonso
Ormeño
Bravo se debió
a consecuencias
de
la hipotermia
por exposición
a bajas
temperaturasy a la extenuante actividad que
se impuso en el desempeño de
la comisión voluntaria de la cual
formó parte.
Aprovechándose una bonanza
del tiempo, el día 21 sus restos
fueron trasladados al “Zenteno”
donde se erigió una severa capilla
ardiente. Su urna mortuoria
fue piadosamente construida por
personal del crucero, con los elementos
de abordo. Al siguiente
día se llevaron a efecto los funerales
de acuerdo al ceremonial
de Ordenanza. Rodearon la fosa
improvisada el comandante de la
Comisión Hidrográfica, todos los
oficiales y delegaciones de los dos
buques. El teniente don Inmanuel
Holger, más tarde vicealmirante,
pronunció un sentido discurso de
despedida al marinero 2° Ildefonso
Ormeño Bravo.
En un islote, cercano a la isla Lennox
donde se desarrollara esta tragedia,
se erigió un monolito con
la inscripción del nombre de este
héroe de paz. Dicho monolito se encontraba
coronado
con una cruz
de hierro.
Búsqueda del monolito en 1970.
En la foto miembros de la tripulación del patrullero Lientur, el arqueólogo don Omar Ortiz
Troncoso (Miembro de la Liga Marítima de Chile) y el autor de este artículo.
El comandante
Marchant
decidió denominar
a
este islote
con el nombre
de Ormeño,
como un homenaje de
los hombres de mar a este heroico
marinero que dio su vida por
salvar la de un compañero.
Ese topónimo se encuentra inscrito
en la cartografía desde esa
época hasta la más reciente, relacionada
con el área del paso
Richmond.
Ormeño es parte de los grandes
héroes de la paz, desconocidos
por gran parte de la ciudadanía.
Obra consultada:
Cordovez, Enrique. Nuestros Hidrógrafos,
Marina de Chile. Imprenta
Roma, Valparaíso, 1937.
Fotografías tomada por el autor.