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La Comunicación Telepática

Erwin Conn Tesche
Contraalmirante

Existen seres que pueden comunicar sus sentimientos, preocupaciones, emergencias o deseos, en forma consciente o, en la mayor de las veces, inconsciente a grandes distancias. Este fenómeno parasicológico ha sido estudiado para determinar sus causas o para aprovecharlo como sistema de telecomunicaciones.

En 1956, me encontraba embarcado en una barcaza del tipo LSM, Landing Ship Medium, a la cual la Armada le había asignado la tarea de trasladar ganado desde Aysén a Puerto Montt. Esta faena debía cumplirse desde fines de la primavera hasta fines del otoño, mientras los caminos estuvieran transitables para que las ovejas y el ganado ovino llegaran hasta Puerto Piedras. Era una tarea desagradable porque el buque olía a establo y la masa de animales disminuía la estabilidad. La dotación tenía apenas unas horas de descanso en cada recalada a Puerto Montt; nuestra ropa olía a bosta de animal y el chiste era, que cuando íbamos de visita, nos abrían la puerta antes de tocar el timbre, porque sentían el olor a m....

Con este preámbulo, en una negra noche de Junio navegaba como oficial de guardia por el seno Aysén. El puesto de guardia del oficial estaba en la torrecilla de la barcaza y el timonel con el mensajero se ubicaban una cubierta más abajo; este último le conversaba para que no se durmiera. La soledad del oficial de guardia era propicia para dejar vagar los pensamientos.

Con mis veinte años, yo iba pensando qué estaría haciendo, si estuviera de vacaciones en Santiago. Habría salido a ver alguna amiga y, a esa hora vendría llegando a la casa de mis padres. Abriría la puerta del jardín que ya tenía los pomeles aceitados, para que no sonaran. Cerraría esa puerta. A continuación abriría la puerta de la mampara, entraría y la cerraría con cuidado. La parte más delicada era caminar por el pasillo hasta la pieza de mi mamá, porque las tablas crujían. Ella dejaba la luz encendida para que pasara a darle las buenas noches y así hacer un control indirecto. Si yo lograba llegar hasta el velador sin despertarla, podía robarle del agua de menta que ella dejaba en una taza, agua fría y deliciosa. En ese momento de mis añoranzas me dije: “Estoy pensando leseras” y me dediqué a situar el buque y medir el viento.

Un par de semanas después, recibí una carta de mi mamá a la recalada a Puerto Montt. Me contaba que una noche soñó, que yo llegaba a la casa, abría la puerta de reja, la cerraba, abría la mampara, la cerraba, caminaba por el pasillo, entraba a su pieza, tomaba la taza del agua de menta y la dejaba caer. En ese momento ella despertó y se dio cuenta que estaba soñando y que yo estaba navegando en el Sur.

Bueno, es cierto que mi mamá tenía telepatía y tenía varias historias parecidas, pero yo no sabía que también podía comunicarme. Cuando al año siguiente le conté al capellán esa y otras historias, me recomendó que no practicara espiritismo ni tratara de mejorar esas cualidades por temor a tener malas consecuencias.

Cual no sería mi sorpresa, cuando pocos años después, en plena Guerra Fría, leo un artículo sobre los problemas de comunicación de los submarinos Polaris. Esos submarinos eran parte de la política estratégica de Disuasión Nuclear de los Estados Unidos de N.A. llamado la Triada. Armados con proyectiles Polaris, que tenían cabeza nuclear, los submarinos podían lanzar desde cualquier posición en el océano esas armas sin ser detectados. La Triada se complementaba con los aviones del Comando Estratégico Aéreo, que también podían lanzar desde posiciones variables y los silos terrestres, que tenían una mayor vulnerabilidad.

El problema era cómo ordenarle el lanzamiento a los submarinos. El ideal es que pasaran meses sumergidos sin sacar antenas para comunicarse para que no fuesen detectados. Entonces se idearon varios procedimientos entre ellos, la telepatía.

El Comando de los submarinos nucleares y la universidad de Durham, North Carolina, llevaron a cabo durante varios meses un proyecto de transmisión y recepción de telepatía. Se determinó que había personas trasmisoras y otras receptoras. Existía por lo tanto una pareja en la universidad y otra en el submarino, que hacían las pruebas a horas prefijadas, con unos naipes con figuras. Terminada la prueba, se guardaban los resultados en sobres lacrados en cajas de fondos y se comparaban a la recalada del submarino al puerto base. El promedio de éxito alcanzó sólo el 74%, lo que era insuficiente para ordenar o detener lanzamientos de misiles balísticos intercontinentales con cabezas nucleares, por lo que no se continuó el experimento.

El problema que tengo como trasmisor telepático, es que mi mujer ya me está adivinando mis pensamientos, lo que puede tener malas consecuencias.

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