El Indio Loco
|
Humberto Vaccaro Cuevas
Capitán de Navío (R)
|
|
|
Huérfanos de su Buque
Madre, se encontraban
fondeados en Coquimbo,
el submarino O´Brien y tres
submarinos tipo “H”; el Araucano
cumplía una de aquellas
comisiones ajenas al servicio de
submarinos que solían ocurrir
con cierta frecuencia, así es que
el comandante del O´Brien, en
su calidad de OSMA (Oficial submarinista
más antiguo), desempeñaba
con su buque las funciones
de nodriza de los pequeños tipo
“Holland”.
Chile había declarado la guerra
a las naciones del Eje, y en
la Fuerza de Operaciones de la
Armada se vivía bajo un régimen
de alistamiento especial, en condiciones
de actuar en cualquier
momento. Menudeaban las alarmas,
especialmente nocturnas,
algunas debidas al nerviosismo
de algún centinela y otras por
falsas informaciones emitidas
desde USA, determinadas a evidenciar
la rapidez y efectividad
con que reaccionaban las marinas
latinoamericanas. Nuestra
Armada carecía de radares y detectores
antisubmarinos, lo que
hacía mucho más penosas las vigilias
tan interminables como infructuosas.
Incluso, cierta noche
un oficial dio la alarma de periscopio
a la vista, el cual había divisado
y seguido con sus prismáticos
durante varios minutos, lo
que ocasionó rebuscar por varias
horas, sin resultados positivos.
En el submarino Guale estaba
sucediendo una situación inquietante:
El oficial de armamentos
había tenido una falla
grave en el equipo de radiotelegrafía
a su cargo, falla que él
- cuya preparación profesional
era indiscutible - calificó de sabotaje
evidente. En otra oportunidad
dio a entender que se
habría encontrado guaipe dentro
del orificio para cargar con
aceite el torpedo.
Pero cuando estimó que se habrían
torcido las hélices en otro
torpedo y cambiado la clave
de la caja de seguridad en que
se guardaban las claves y los
documentos reservados, el comandante
del buque invitó a
su segundo a cambiar ideas sobre
todos estos extraños acaecimientos,
a los que debía sumarse
el presunto avistamiento del
periscopio, también proveniente
del mismo oficial. Ambos oficiales
estimaron que algo anormal
sucedía con el oficial de armamentos,
posiblemente un “surmenage”
u otra alteración psíquica,
por lo era menester tomar
determinadas precauciones para
evitar algún desgraciado accidente,
pero que tales medidas
no debían trascender al personal,
pues si sólo se trataba de un
fenómeno pasajero, cualquier
diagnóstico irresponsable podría
dañar el futuro prestigio del oficial involucrado.
El oficial en cuestión pasaba taciturno
por largos períodos y era
casi imposible motivarlo a bajar
a tierra, pese a que sus compañeros
de los otros submarinos le
armaban los más tentadores panoramas,
por lo que el comandante
del O´Brien propuso organizar
un pequeño almuerzo, el
día domingo a bordo de su buque,
reunión a la que el segundo
comandante llevaría como su invitado
a un médico especialista
de Coquimbo y, como se pensó,
se hizo. El segundo comandante
del O´Brien se reunió con el médico
especialista, al cual detalló
el caso, explicándole que no era
posible lograr que el oficial, motivo
del problema, asistiese a su
consulta, pues se negaba a bajar
a tierra y no era conveniente
violentarlo; el médico requirió
el nombre del oficial y cuando
lo supo preguntó en que lugar
residía su familia y luego de
ser informado, inquirió si dicho
oficial tenía un hermano médico;
ante la respuesta afirmativa,
tomó especial interés en el caso,
pues resultó que dicho hermano
había sido compañero suyo
en la Escuela de Medicina. En
consecuencia, aceptó concurrir
a almorzar al submarino al día
siguiente, que era domingo, solicitando
que el presunto enfermo
no fuese informado del motivo
de su visita a bordo a fin de poder
observarlo en forma directa,
en su propio “habitat” y en circunstancias
de natural convivencia.
Al almuerzo, por ser día festivo,
asistieron sólo los oficiales directamente
conocedores de las
circunstancias ya señaladas, esto
es, el segundo comandante del
O´Brien, que hacía las veces de
huésped en una reunión de amigos,
el segundo comandante del
Guale y tres oficiales más; entre
estos últimos, un muy apreciado
amigo apodado “El Indio”, quizá
por su exagerado orgullo de
su ascendencia indo americana
“impoluta” como acostumbraba
afirmar, quien era un locuaz
charlador, de fácil y contagiosa
risa y de una fértil imaginación
que le permitía hilvanar hechos
ciertos con historias ficticias e
incluso fabulosas, de un solo tirón
y sin vacilaciones.
El domingo, ya pasadas las 13
horas, los oficiales se encontraban
reunidos en la muy pequeña
cámara de oficiales del submarino
O´Brien, cuando atracó
al submarino el “coco” de lona
- que así era designada la única
embarcación existente en estos
submarinos - transportando al
médico invitado, quien fue recibido
en el portalón por el segundo
comandante y llevado directamente
a la cámara de oficiales.
Debido a la estrechez de ella, los
oficiales concurrentes al almuerzo
permanecieron en sus respectivos
asientos sin levantarse
y sólo se realizó un saludo general
de cabezas sin ningún protocolo.
El médico disculpó su tardanza
por razones profesionales
y de inmediato se dio comienzo
a los aperitivos, que fueron más
de uno. A continuación fue servida
la reglamentaria y sabrosa
empanada de los días domingo
rociada con un exquisito “Ponté
Canet”, no sólo envejecido sino
que también bastante navegado,
el cual mereció generales alabanzas.
“El Indio”- que ya había alcanzado
una buena temperatura
de ignición verbal- aprovechó
un momentáneo silencio para
dar una disertación de una novel
y muy personal teoría sobre
el envejecimiento de los vinos
chilenos que los hacía ganar en
sabor y cuerpo y que si, a ello
se agregaba hacerlos navegar
en un submarino, su envejecimiento
mejoraba en un ciento
por ciento, ya que las bacterias
del orujo eran afectadas favorablemente
por los cambios de
presión ocurridos durante las
afloradas, cambios de presión
que eran captados por dichos
microorganismos, aún a través
de las paredes de vidrio de las
botellas. El médico atendía tal
disertación con evidente interés,
pero los oficiales asistentes, conocedores
de la fecundidad verbal
del “Indio”, tomaban nota
con la debida reserva de inventario.
Cuando “El Indio” terminó
su perorata, cerrándola con una
característica carcajada, el médico,
dirigiéndose directamente
a él le dijo: teniente, yo fui compañero
de curso de su hermano
XYZ; “El Indio” abrió tamaños
ojos y se quedó perplejo sin atinar
qué decir; el teniente a quien
se pretendía examinar solucionó
el problema diciendo al médico:
doctor, el médico XYZ es mi hermano.
Se produjo un inconfortable silencio
mientras cada cual de los
que estaban en el secreto del
propósito de la reunión trataba
de analizar la razón que había
inducido al médico a equivocar
de blanco. Felizmente el segundo
comandante del O´Brien, que
era un hombre de mucha cancha
y recursos, saltó a la palestra atrayendo la atención hacia
sí mediante el expediente de introducir
una variante en el tema
vitivinícola recién tratado, materia
sobre la cual se le reconocían
especiales conocimientos. De
allí en adelante el médico concentró
su atención sobre el enfermo
en propiedad con tal éxito,
logrando, una vez terminado
el almuerzo, que su presunto paciente
no sólo se ofreciese para
mostrarle el O´Brien, sino que
aún más, se trasladase con él al
submarino Guale y luego lo fuese
a despedir al muelle.
Horas más tarde, se reunieron
en tierra el comandante y el
segundo comandante del Guale
con el médico examinador,
quien les dijo que durante las
dos horas que estuvo a solas
con el oficial cuestionado - y
aún cuando lo llevó a tratar muchos
de los diversos temas en
los que suelen darse a conocer
las personas con desequilibrios
mentales - el pseudo enfermo
no evidenció ni una sola vez
alguna anormalidad. Pero considerando
las evidencias que
habían observado sus compañeros
a bordo, era conveniente
se le trasbordara a tierra, aduciendo
razones del servicio
que disfrazasen el verdadero
motivo, a fin que fuese sometido
a exámenes más completos
y también para descargarle
de las tensiones a que debería
estar sometido a bordo, en las
especiales circunstancias internacionales.
Al consultársele sobre su equívoca
identificación del paciente
durante el almuerzo, confesó
que por no haber tenido ocasión
de conocer al afectado con anterioridad,
trató de deducir en
la mesa cuál de los comensales
podría ser y aquel que motejaban
“El Indio” presentaba varias
de las condiciones sintomáticas
de las personas que padecían
alteraciones mentales: su mirada
algo desorbitada, su locuacidad
explosiva, sus gesticulaciones,
sus risotadas estridentes
y - lo que finalmente lo incitó
al error de apreciación - la convicción
casi agresiva con que
desarrolló la teoría de las bacterias
influidas por los cambios
de presión.
Por su parte “El Indio” hasta el día
de hoy, cada vez que se trata el
tema, alega que no le cabe la menor
duda que tal felonía se debió
a alguna concertación de alguno
o algunos de sus compañeros, los
que habrían inducido al médico
a pretender que era él a quién había
que clasificar de loco.
Desde allí en adelante, “El Indio”
era apodado indistintamente con
tal apodo o con el de “El Loco”,
transcurridos ya más de cuarenta
años, personalmente estimo que
debió habérsele motejado como
“El Indio Loco”.