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Mirándonos en el espejo del Mar
En el 150 Aniversario del Nacimiento de Joseph Conrad

Manuel Maestro
Presidente de la Fundación Letras del Mar

Józef de Teodor Konrad Nalecz-Korzeniowski, nacido en Berdyczów – actual Ucrania – del que el próximo 3 diciembre se conmemora el 150 aniversario de su nacimiento y educado en la Polonia ocupada por Rusia, justificaba a través de su crónica personal el uso del idioma inglés como fruto de un descubrimiento y no de la herencia. Descubrimiento que hizo cuando, aún imberbe, comenzó a navegar, dominando en su juventud la lengua adoptada, con cuyo uso se erigió en uno de los grandes escritores modernos en el idioma de Shakespeare, que llegó a dominar quizá mejor que nadie en su tiempo; y, aunque nunca llegó a pe-der un fuerte acento, a veces se permitía criticar la descuidada dicción de los ingleses.

A pesar de quedar huérfano a los 12 años, heredó de su padre el amor a la literatura; su medida humana y sus fuentes de inspiración literaria se la dieron el mar y sus hombres, con quienes convivió desde 1874, cuando se embarcó como marinero en un buque mercante francés, en donde transcurrió la primera parte de una vida aventurera, al verse envuelto en tráfico de armas y conspiraciones políticas. Durante cuatro años viajó por América, India, Borneo, África, Australia e Inglaterra, donde desembarcó en 1878 - cuando tuvo una tentativa de suicidio - para ingresar en la marina de aquél país, en donde obtuvo el título de capitán de la Marina Mercante, consiguiendo la nacionalidad británica cuando cumplió los 29 años, cambiando entonces su nombre polaco por el que ha pasado a la posteridad: Joseph Conrad. Durante la década siguiente navegó incesantemente, sobre todo por Oriente, quedando reflejadas sus singladuras en numerosos relatos, en los que se plasman las experiencias vividas en los barcos y puertos de destino: primero se enroló en el Mavis, un buque de vapor en el que viajó hasta Lowestoft, pasando por Estambul; después lo hizo en el Duke of Sutherland, que cubría la ruta de Londres a Sydney; aprobó su examen de piloto en 1884 y el de capitán en 1886; en 1881 se embarcó como primer oficial en el Palestine que se fue a pique cuando se aproximaba a Java; en 1888 consiguió el mando del Otago. Truncándose su vida de marino a los 38 años, cuando sufrió un ataque de reumatismo durante un viaje por el rio Congo, casándose ese mismo año. Era un hombre muy inquieto, que poseía una ironía especial, y valoraba mucho tanto la figura de sus antepasados como sus tradiciones. Conoció a contemporáneos suyos de la talla de Rudyard Kipling, Henry James, George Bernard Shaw y Bertrand Rusell.

Cuando era primer oficial del famoso clíper Torrens, le mostró a uno de los pasajeros, - Edward Garnett que se convertiría en su principal consejero - el manuscrito de su primera novela La locura de Almayer, que había aprovechado de escribir en una temporada en la que no encontraba barco donde enrolarse y aprovechó el tiempo libre para terminarla, tras cinco años de haber estado trabajando en su redacción. Pese a sus pasajes grandilocuentes, esta primera obra tiene el gran mérito de estar escrita en una lengua que no es la materna. La publicó en 1895, el mismo año que dejó de navegar y se casó con Jessie George, una joven sensible y tranquila que, a lo largo de los años, le proporcionó dos hijos y un hogar estable.

Un polaco que sedujo en inglés

Sus narraciones, con la vida marina como tema recurrente, sedujeron a los ingleses no solo por la temática sino por la maestría que tenía en el relato y uso del lenguaje. Su estilo es rico y vigoroso, a la vez que su técnica narrativa se sirve con habilidad de las interrupciones en el discurso cronológico. Sus personajes, construidos de forma sólida y eficaz, son principalmente hombres que se enfrentan a su condición con categoría de héroes, desafiando el mal o la corrupción en la búsqueda de ideales supremos. Con frecuencia un marino retirado es el que hace de narrador en sus trece novelas y veintiocho relatos cortos; a los que hay que sumar dos libros de memorias para obtener el balance total de su obra literaria. Escribir le resultaba difícil y doloroso, tal como queda reflejado en uno de sus comentarios: un triunfo por el que mis amigos podrán felicitarme como si hubiera salido de una grave enfermedad; tan dolorosa como la parálisis de su mujer, los pocos ingresos que conseguía con sus novelas y la gota, que le acompañó hasta el final de su vida en 1924.

La biografía de Conrad es en muchos aspectos una novela que repite los elementos de su creación literaria: el hombre que nunca habita en su tierra y que no posee una lengua propia, aunque se apropie de un idioma, el inglés. Centrándonos en la producción literaria que tiene como telón de fondo los ambientes marineros, debemos referirnos a El corazón de las tinieblas, ambientada en África, que es una de sus obras más famosas: se trata de una narración autobiográfica inspirada en los seis meses que Conrad pasó en el Congo colonizado por los belgas. A través de un personaje ficticio – el viejo marinero Marlow – describe una travesía por el río que da nombre a aquél país, en busca del jefe de una explotación de marfil, cuyo encuentro pondrá en tela de juicio el carácter de cruzada moral y comercial de los colonizadores, confirmándose su hipócrita actitud evangelizadora. Francis Ford Coppola se basó en este relato para su película Apocalypse Now, que si bien estaba ambientada en la guerra de Vietnam, mantenía el espíritu del relato de Conrad. El personaje de Marlow aparece en otras tres novelas: Juventud, Lord Jim y Fortuna, narraciones donde el viejo marino adquiere una dimensión profunda, agotando sus posibilidades en la última de éstas.

Lord Jim – también llevada al cine – se basa en el episodio real de un escándalo relacionado con el Jeddah, un barco que salió de Singapur con cerca de un millar de peregrinos rumbo a la Meca. Cuando las calderas comenzaron a dar problemas y se abrió una vía de agua en el casco, el capitán y los oficiales abandonaron el buque dejando al pasaje a su suerte. Rescatado en alta mar, anuncia que su nave había naufragado pero, para su bochorno, aparece poco después remolcado por otro barco. Conrad parte de este episodio principal para dar vida a su relato, que sitúa a bordo del Patna - que el novelista nos describe como un vapor del país, viejo como las colinas, flaco como un galgo, comido de óxido como un depósito de agua en desuso- cuyo capitán, tras este hecho vergonzoso, pasa el resto de su vida dando bandazos y justificándose a sí mismo, hasta que consigue compensar su cobardía muriendo en un acto de nobleza.

Las primeras novelas de Conrad, como hemos referido anteriormente, se basan de forma considerable en sus vivencias como marino. No obstante, tal y como dice nuestro autor, después de concluir la última historia del volumen titulado Tifón, tuvo la impresión de que no le quedaba más en el mundo sobre lo que escribir pero, hacia 1875, mientras estaba en el Golfo de México, escuchó la historia de un marinero del que decían que, durante los disturbios de la Revolución, había robado él solo un cargamento de plata en algún lugar del continente. Lo que le pareció una hazaña memorable, pero no consiguió enterarse de ningún detalle relevante sobre aquella anécdota, por lo que el escritor la relegó al olvido. Más un día, Conrad encontró en una librería de viejo un texto sobre la vida de un marinero norteamericano, que éste había escrito con la ayuda de un periodista. Para su sorpresa, iba a descubrir mucho sobre el protagonista de aquél robo puesto que, en el transcurso de sus andanzas, el marino había navegado en una goleta, cuyo patrón y armador era el ladrón del que había oído hablar en su juventud, tratándose de un tramposo que se había apoderado de una gabarra repleta de plata. Nostromo da título a la novela, pero no es su protagonista. Poco antes de su muerte Conrad escribió en una carta: me tomaré la libertad de señalar que Nostromo nunca estuvo destinado a ser el héroe de la historia.

Dice Joseph Conrad que de sus tres novelas largas que sufrieron una prolongada interrupción en el transcurso de su escritura, “Salvamento” fue la que más tuvo que esperar hasta complacer por fin a los Hados. Pasaron veinte años hasta quedar concluida, lo que ocurrió no por dedicarse a la holganza, sino para ponerse a escribir El negro del Narcissus, en la que se inspiró durante su viaje a bordo del Narciso, contando fielmente en su relato lo que ocurrió durante la travesía que hizo de Bombay a Londres. Sus forcejeos con la redacción de Salvamento fueron tan desesperantes que, en algún momento, se planteó volver a navegar abandonando la literatura. El manuscrito le siguió sin dejarlo a sol ni a sombra hasta quedar terminado; ocupó sus pensamientos a lo largo de sus años de éxito; planteándoselo con cada novela que concluía. Hasta que en 1918 decidió hacer un último esfuerzo para terminarla.

La línea de sombra, subtitulada un tratado del destino, es un paradigma de la obra conradiana. Cuando fue publicada en 1917, el suplemento literario del Times calificó a Conrad como un autor destacado entre los más grandes del mundo. La novela, que por su brevedad puede considerarse casi un relato, trata de un velero, que va al mando de un desconocido capitán, cuya tripulación se ve obligada a aunar fuerzas para mantener el barco en el rumbo previsto, ya que una fuerza misteriosa parece mantenerla fuera de control. La amenaza se cierne en medio de un mar en calma, mientras que el joven protagonista debe hacerse cargo de la situación, viéndose sometido a una prueba que le exige resistencia y determinación. La novela plantea un interrogante sobre las fuerzas del destino, concebido como una maquinación a la que el hombre opone todos sus recursos; mientras el barco aparece como un organismo vivo, hasta traspasar esa línea de sombra que significa la recuperación del dominio sobre la propia ruta. Entre tierra y mar es un volumen en el que se reúnen tres relatos largos cuyo nexo de unión son las aguas del Índico. En 1912 Conrad, en sus Reflexiones sobre el hundimiento del Titánic, analizaba horrorizado la tragedia que supuso la pérdida de aquél gigante de los mares, y se preguntaba que tipo de progreso era aquél, según el cual el tamaño era lo ensalzable: el descomunalismo naval, como él denominó al barco, era comercialismo pues el progreso, aún tratando con problemas del mundo material, ofrece algún aspecto moral, auque solo sea, digamos de conquista, la cual encierra valores claros dado que el hombre es un animal conquistador.

El espejo en papel y celuloide

El cine del mar también se ha visto enriquecido con las adaptaciones de sus novelas a los guiones de películas como Lord Jim de 1925, primera adaptación que llevó a cabo Victor Fleming, y que en 1965 volvería a las pantallas de la mano de Richard Brooks, contando con Peter O´Toole como principal protagonista, y secundado en el repa-to por Eli Wallach, James Mason, Jack Hawkins, Curd Jurgens y Akim Tamirof. En 1952 Carol Reed dirigió Desterrado de las islas con Ralph Richardson, Trevord Howard y Robert Morley, en la que se narra la historia de un aventurero metido en líos en una isla malaya. En 1978, Francis Ford Coppola, con Apocalypse Now, trasladó a Vietnam El corazón de las tinieblas, consiguiendo un notable éxito y el mejor papel en la carrera de Martin Sheen que está acompañado en el cartel por Marlon Brando, Dennis Hooper y un joven Harrison Ford. Por último, El hombre que vino del mar, dirigida en 1997 por Beeban Kidron es una recreación de la novela del mismo título, y tiene a Vincent Pérez y Rachel Welsz como protagonistas de este drama romántico ambientado en el siglo XIX.

El Espejo del mar concebida como una serie de piezas menores es, en realidad, una obra maestra, tocada por la gracia de la perfección. No es una novela sino un conjunto de textos acerca de la vida en el mar, que fue recopilando durante la gestación de Nostromo. Escrito en tierra por alguien que mira al mar de su juventud, se encuentra en el horizonte con el tránsito del declive de la vela al surgir del vapor, y a los cambios habidos en la relación entre hombre y barco. En la nota introductoria de la obra, que quedó concluida en 1906, Conrad parece redactar un epílogo de su vida, manifestando haber intentado aquí poner al descubierto, con falta de reserva de una confesión de última hora, los términos de mi relación con el mar que, habiéndose iniciado misteriosamente, como cualquiera de las grandes pasiones que los dioses inescrutables envían a los mortales, se mantuvo irracional e invencible, sobreviviendo a la prueba de la desilusión, desafiando al desencanto que acecha diariamente a una vida intensa; se mantuvo preñada de las delicias y de las angustias del amor, afrontándolas con lúcido júbilo, sin amargura y sin quejas, desde el primer hasta el último momento. Subyugado, pero nunca abatido, rendí mi ser a esa pasión que, diversa y grande como la vida misma, también tuvo esos períodos de maravillosa serenidad que incluso una amante inconstante puede a veces proporcionar sobre su aplacado pecho, lleno de ardides, lleno de furia, y, sin embargo, capaz de arrebatadora dulzura…Más allá de la línea del horizonte marino el mundo no existía para mí con tanta certidumbre como no existe para los místicos que se refugian en las cumbres de altas montañas.

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