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Tahiti-Nui II
Desde el Maule a las islas Cook, hace medio siglo

Omar R. Ortíz-Troncoso, PhD
Miembro honorario Liga Marítima de Chile

Me es difícil aceptar que haya transcurrido ya medio siglo desde aquellos meses de entusiasmo, curiosidad y trabajo que significó el contacto diario con los constructores de la balsa Tahiti-Nui II en un astillero de Constitución, en la desembocadura del Maule. Parece demasiado tiempo para algo tan firmemente retenido en la memoria.

Para quienes no recuerden o no hayan oído acerca de aquellos días, hay que puntualizar que en 1957 fue noticia destacada el naufragio de una balsa de diseño polinésico frente al archipiélago de Juan Fernández. Su nombre era Tahiti-Nui (Gran Tahiti, en polinesio). Estaba tripulada por un puñado de aventureros con inclinación por la etnología marítima, especialmente el jefe del grupo, el francés Eric de Bisschop, conocido entre los especialistas del Pacífio por sus obras acerca de embarcaciones aborigenes y otros aspectos de las culturas autóctonas del área. Uno de sus viajes efectuado un par de años antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial en una embarcación tradicional le proporcionó el material para su libro “Kaimiloa”, cuyo subtítulo pone en relieve sin falsa modestia la inmensidad del trayecto recorrido: “De Honolulu a Cannes por Australia y El Cabo a bordo de una doble piragua polinésica”.

La biografía de De Bisschop es demasiado extensa como para exponerla aquí, pero se puede indicar que lleva el acento en el exotismo y la aventura como corresponde a la imagen de alguien que dedicó buena parte de su vida al estudio de islas distantes. De familia francesa con raíces en Flandes (Bélgica), había participado en la Primera Guerra Mundial, conocía China donde había navegado en un junco que era de su propiedad. En los años treinta, haciéndose acompañar por el nativo Tatibouet, había recorrido el Pacífico con afán de investigación. La Segunda Guerra Mundial le reservó más aventuras que terminaron llevándole a Tahiti, donde fue gestando en su mente la idea de seguir las rutas marítimas que los polinesios de hace unos dos mil años habían utilizado en sus viajes a través del océano.

Es así como podemos llegar a comprender este projecto que se materializaría el 6 de noviembre de 1956 con el zarpe desde Papeete de la primera balsa Tahiti-Nui, de bambú e impulsada a vela, con destino a Sudamérica, llevando a De Bisschop y a cuatro colaboradores: Francis Cowan, Juan Bugueño (chileno) y los hermanos Alain y Michel Brun.

Seis meses más tarde y presentando graves síntomas de decrepitud, la balsa se acercaba al archipiélago de Juan Fernández, donde el 28 de mayo de 1957 sus tripulantes debieron aceptar su pérdida abandonándola para transbordarse a la Baquedano, de la Armada de Chile, luego de un infructuoso intento de remolque que terminó por dislocar la ya debilitada estructura de cañas.

La segunda Tahiti-Nui

Después de indagar en círculos marítimos de Chile, país que le había acogido, Eric de Bisschop encontró que las mejores condiciones para construir una nueva balsa eran las que ofrecía un astillero situado en Constitución. No era de extrañar, ya que ese puerto conserva desde la Colonia una tradición de carpintería de ribera afirmada en la destreza de sus artesanos y en las características de las maderas regionales (roble, luma, ciprés, etc.)

Numerosos voluntarios trabajamos en la construcción de la balsa de 12 metros de eslora y, además en una infinidad de aspectos logísticos indispensables a una expedición de largo aliento como ésta. Sería hoy difícil establecer una nómina exacta de aquellos colaboradores, mayoritariamente maulinos, y de las labores que cumplieron. No obstante, resulta ineludible citar dos nombres: Horacio Blanco Baeza y Adolfo Muñoz, el primero funcionario de los Ferrocarriles del Estado y entusiasta promotor regional de los deportes náuticos, y el segundo que con su experiencia técnica de propietario de astillero fue siguiendo de cerca y apoyando la construcción de la nueva versión de la Tahiti-Nui. Desde el primer contacto con De Bisschop, don Horacio Blanco creyó en él y en la validez de los objetivos que se había planteado. Además, en la importancia del proyecto para la ciudad de Constitución que, casi está de más indicarlo, experimentó aquel verano de 1957 a 1958, gracias a la espectacularidad del zarpe de la balsa un notorio aumento en la cantidad de visitantes, en coincidencia con las vacaciones.

Junto con la preparación del maderamen y las labores de cabuyería, hubo otras tareas específicas asumidas por voluntarios. Por ejemplo don Horacio Blanco destinó parte de su tiempo a dictar clases de comunicación por radio con sistema Morse a los tripulantes Juan Bugueño y Alain Brun. Don José Rafael Fuenzalida y sus hijos, elaboraron en mimbre la cubierta de la cabina y otros detalles que realzaron el aspecto artesanal de la embarcación. A pedido de De Bisschop me correspondió pintar ocho paneles con la representación geométrica del rostro de una divinidad mítica del ámbito polinésico. Estas tablas decorativas, de algo más de un metro de altura, fueron fijadas verticalmente en los costados de la balsa y aparecieron en las fotografías dadas a conocer por la prensa, incluso en ilustraciones que muestran la balsa en las islas Cook, al concluir su viaje.

Es bueno recordar que existía un problema de orden práctico en cuanto al idioma, ya que del grupo que había llegado a Chile el único hispanoablante era Bugueño y por consiguiente actuaba frecuentemente como intérprete. Esta limitación hacía que el propio De Bisschop pareciese a veces algo distante, pero la verdad era que se encontraba manejando un sinfín de problemas de orden práctico que debía resolver en un medio que no era el suyo. A los 67 años y sin ser realmente alto, daba la impresión de serlo debido a su postura erguida y a una apariencia distinguida. Para el viaje de retorno a Polinesia la tripulación que secundaria a De Bisschop había variado parcialmente en su composición, estando ahora formada por Alain Brun y Juan Bugueño, que como se recordará habían participado en el primer viaje, sumándose a ellos el francés Jean Pelissier y el chileno de ascendencia alemana Hans Fischer.

De la teoría a la práctica

La parte teórica de la expedición que nos ocupa estaba basada en discusiones científicas sobre movimientos de población en el Pacífico, migraciones que pusieron a prueba la capacidad de aquellos marinos y sus naves con bastante anterioridad a la aparición en escena de los primeros navegantes europeos. Durante la Segunda Guerra Mundial el etnólogo francés Paul Rivet, director del Museo del Hombre de París, debió expatriarse y desarrollar su trabajo académico en Latinoamérica, que ya había visitado en su juventud. De esta experiencia retomó y perfeccionó hipótesis que ya circulaban sobre eventuales contactos prehistóricos de poblaciones americanas con pueblos insulares del Pacífico. Manejando antecedentes parecidos a los señalados fue que el noruego Thor Heyerdahl y colaboradores se lanzaron a la aventura en 1947 desde Callao en una balsa primitiva de 14 metros de eslora bautizada Kon-Tiki, tratando de reproducir una supuesta expedición precolombina organizada por los Inkas con destino a Polinesia. Como es sabido, la espectacularidad de la empresa conducida por Heyerdahl le garantizó notorio eco en la prensa internacional.

La hipótesis defendida por De Bisschop era opuesta a la recién indicada, ya que según su opinión habían sido pueblos del Pacífico los que en tiempo remoto habían logrado, gracias a su destreza náutica, alcanzar hasta la costa sudamericana y entrar en contacto con la población indígena aquí existente y al regresar a sus islas llevar hasta ellas algunos rasgos culturales de los pueblos de nuestro continente. Para De Bisschop los grandes marinos de la antigüedad no habían sido aquellos del Mediterráneo tradicionalmente aceptados como tales (egipcios, griegos, fenicios). Los definía como navegantes costeros que casi no se atrevían con la navegación nocturna y menos con la de alta mar. Para él los hombres de mar por excelencia en el pasado habían sido los del Pacífico, especialmente los polinesios, los primeros en practicar realmente la navegación de altura y efectuar el descubrimiento y colonización de cientos de islas -entre ellas Pascua- hazañas que permanecieron ignoradas por el mundo occidental a lo largo de siglos.

Zarpe

Luego de concluida y bautizada la Tahiti-Nui II, con ceremonia y asado, hubo primero una navegación desde el astillero hasta La Poza, caleta pesquera vecina a la temida barra del río, último punto de seguridad antes de que se lanzara a la mar abierta. Cientos de personas siguieron este recorrido desde la orilla y no menos en embarcaciones menores formando cortejo. Recuerdo a De Bisschop en compañía de una amiga chilena, que actuaba de intérprete, y de autoridades locales.

El premio a mi interés por el tema fue el haber estado entonces a bordo con otros amigos, entre cajas con provisiones y bidones con agua a la espera de ser estibados junto a un sinfin de otros pertrechos acumulados por todos los rincones de la estrecha caseta de mimbre, con apariencia de cabaña, que era el único componente cubierto sobre el maderamen horizontal de la balsa. Alcanzada la mencionada caleta y la balsa ya amarrada, hubo que contener a todos aquellos que, con justificada curiosidad, querían aproximarse y si era posible subir a la pequeña armadía.

El 16 de febrero (1958) fue el día del zarpe, pero a minutos de la despedida seguían llegando provisiones además de obsequios prácticos entre los que recuerdo haber visto sobre todo revistas y paquetes de cigarrillos. Ahora pienso que De Bisschop debió apreciar estas espontáneas manifestaciones de simpatía, pero seguramente en su interior debía esperar con ansia el momento de salir a alta mar y poder respirar a sus anchas sin el acoso de fotógrafos y cazadores de souvenirs.

Me parece que se hizo coincidir el zarpe de la Tahiti-Nui II con el de un falucho maulino destinado como era habitual a algún puerto nortino, tal vez Antofagasta o Arica. La prensa de entonces divulgó fotografías en que se ve la balsa con su vela desplegada luego de que fuera remolcada hasta mar abierto por lanchas a remo, tal como se hacía tradicionalmente con las embarcaciones producidas en la zona cuando eran lanzadas al elemento donde pasarían el resto de su vida útil.

Conclusión

Durante su estadía en Chile, De Bisschop completó el manuscrito de su relato del viaje efectuado en 1956 entre Tahiti y la costa sudamericana, el que fue publicado bajo el título (traducido) “Proa al Este. Primera expedición de la Tahiti-Nui...”. El volumen apareció en París en 1958, seguido por una edición chilena. Al concluir el texto, De Bisschop destaca con entusiasmo (págs. 278-279): “Yo no sabía todavía que existía en alguna parte, al sur de la costa donde habíamos desembarcado, un pequeño puerto de nombre Constitución, secularmente célebre por sus marinos, sus constructores y carpinteros de marina... y que esos marinos, constructores y carpinteros de marina habrían de venir un día a decir a mis camaradas y a mí mismo: Ya que ha sido el mar chileno el que les ha quitado a la valiente Tahiti-Nui, permítannos que les ayudemos a continuar vuestra expedición... ofreciéndoles, de todo nuestro corazón, una nueva Tahiti-Nui. ¡Gracias, Chile, tierra de nobleza, gracias sobre todo hombres de Constitución, con corazones tan grandes y generosos! A la hora en que escribo, la Tahiti-Nui II ha ya tomado forma en uno de los primitivos y pintorescos astilleros del río Maule. Gracias a vosotros, hombres de Constitución, podrá hacerse a la mar de aquí a tres meses para terminar la última etapa, esta vez hacia Tahiti...”

En 1988, para conmemorar los 30 años del fallecimiento de De Bisschop, la Polinesia Francesa puso en circulación un sello postal ilustrado con un mapa sobre el que están indicadas las rutas seguidas por las dos balsas que le dieron fama. En el caso de la segunda de ellas, la línea sale desde Constitución hasta Callao para luego dirigirse al Oeste y continuar 1.200 millas más allá de Tahiti, que era el objetivo que se había fijado. Fue asi como la Tahiti-Nui II terminó encallándose en los arrecifes de Rakahanga, al norte de las islas Cook. De Bisschop falleció en el lugar siendo sepultado en el cementerio de Moerai, isla de Rurutu. Era el primer día de septiembre de 1958. Había probado con creces que una balsa artesanal era capaz de enfrentar al gran océano.

Epílogo personal

Concluida la exaltación náutica que hizo único a aquel verano maulino, permaneció en el ambiente un cierto grado de influencia de la personalidad de aquellos aventureros-científicos con los que habíamos compartido esos meses. Esto se tradujo en la acentuación de algunas vocaciones marineras que ya estaban en desarrollo, el surgimiento de otras y un aumento del interés por el mundo científico orientado hacia la geografía y las ciencias antropológicas. En un plano más cercano a mi entorno, dos hijos de don Horacio Blanco desarrollaron destacadas carreras en el ámbito marítimo. Me refiero a Federico Guillermo y a Patricio, Capitán de Navío y Capitán de Alta Mar respectivamente.

Finalizando, este artículo ha sido escrito no sólo con la intención de dar a conocer un acontecimiento de hace medio siglo en la historia del puerto y balneario de Constitución, sino además para hacer un gesto de reconocimiento a quienes permitieron –como es el caso de don Horacio Blanco Baeza, hoy de 96 años- que los adolescentes de entonces nos sintiésemos involucrados en una gran tarea que conjugó la ciencia y la aventura, el talento del marino francés llegado desde Polinesia y la habilidad de los carpinteros de ribera maulinos.

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