El paso de los gringos / El querubín
En Enero de 1878, zarpa de Melbourne con destino a Liverpool el clipper “Morning Star” de 1600 toneladas de registro, con un cargamento completo de fardos de lana estibados en sus bodegas al mando del capitán Edgard Trumball.
Navegaba en la derrota del Cabo de Hornos, aprovechando los vientos fríos y tormentosos del Oeste a la altura del paralelo cuarenta de latitud austral.
El capitán Trumball era avezado navegante, sin embargo su carácter hosco hacía de él, una persona de trato desagradable, teniendo constantemente, problemas con sus tripulaciones porque, además de su severidad, las órdenes dadas llevaban, por lo general, un dejo de desprecio hacia sus subordinados que estos advertían con desagrado.
El buque venía navegando bien, resistiendo fuertes vientos; pero era lógico recoger velas pues encabusaba y escoraba con peligro.
Esto, provocaba temor en los pasajeros y también preocupación entre la tripulación. Por lo que llevaron su inquietud hacia el segundo de abordo y al capitán. Trumball, lejos de considerar la sugerencia, lo tomó como una intromisión que vulneraba el mando, haciendo encerrar en la sentina a varios marineros que creía culpables de insurrección.
La reacción de los tripulantes creó un estado de indisciplina y, un grupo de ellos liderados por un escocés de nombre Tarding, se dirigió a entrevistarse con el capitán. Este los recibió pistola en mano y los hizo devolver sin escucharlos, esto irritó a los marineros que manifestaron su desagrado con gritos e insultos. La situación se había puesto tensa.
A bordo del Morning Star viajaba como pasajero, de regreso a Inglaterra, mister Cecil Mac Cormik, reputado comerciante en lanas del reino. Trató Mac Cormik de entrevistarse con Trumball, pero al llegar a su camarote un marinero armado le negó la entrada. Al solicitar una audiencia, el capitán respondió que no lo recibiría, por lo que tuvo que volverse muy molesto, considerándolo un desaire de Trumball.
El buque cambió de rumbo y una mañana de Febrero arribó al puerto de Valparaíso.
El capitán bajó inmediatamente a tierra, y al cabo de unas horas de denunciar un motín en su buque, regresó con el representante de su Majestad Británica, el Cónsul mister Charles Duncan y un piquete armado dispuesto por la autoridad, los que desembarcaron a doce tripulantes del Morning Star que indicó el capitán como subversivos.
Poco más tarde, bajó a tierra el señor Cecil Mac Cormik y en entrevista con el Cónsul mister Duncan le explicó que sin tratar de justificar totalmente a los marineros desembarcados, la actitud del capitán había sido muy desacertada, rogando al Cónsul como representante británico, recomendarle al capitán cambiar su modo de proceder para tener una navegación normal. De todas maneras en Londres él daría cuenta de lo sucedido.
Dos días después, el Morning Star dejaba el puerto de Valparaíso rumbo a Liverpool en la derrota del cabo de Hornos.
De estos doce tripulantes sobresalía John Trading, un gigantón escocés como líder del grupo y un marino de origen sueco, Bjorn Svenson, corpulento rubio de grandes mostachos y su hermano Lars, muchacho de no más de veinte años que, en el rol figuraba como messboy.
Era Lars un verdadero efebo, su cara redonda cual una manzanita con ojos celestes enmarcados en una cabellera rubia cenicienta que caía sobre sus hombros, atraía todas las miradas.
Los hombres lo observaban y sonreían ante su apostura, en cambio, en las mujeres provocaba esta belleza masculina una atracción maternal al mirarlo.
Las autoridades de Valparaíso aceptaron con recelo a estos hombres. Muy pronto se hicieron famosos en las chinganas y tabernas por su forma de beber.
El sueco Bjorn Svenson cantaba una canción que todas coreaban:
“Et a branvin in .aska narvicom
me narviyec – do varden tom
et a branvin in .aska narvicom
¡Sko!”
Enseguida, se echaba al coleto medio jarro de aguardiente. No faltaron las grescas entre marineros y criollos causando enormes molestias a las autoridades. El colmo fue, cuando varios de ellos aparecieron ebrios y semidesnudos en el malecón, frente a la aduana.
De los doce tripulantes del Morning Star, solamente cuatro pudieron embarcarse en navíos que arribaban en Valparaíso. La mala fama de estos marineros hacía que los capitanes de barco los rechazaran. Esta situación hizo que la autoridad llamara al Cónsul Británico conminándolo a dar una solución, considerando que estos hombres no podían permanecer en Valparaíso, pues eran indeseables.
Mister Duncan citó a sus compatriotas y les informó que existían dos posibilidades: una, que pronto irían engrillados a una cárcel (de alta seguridad) en Santiago, donde permanecerían hasta ser repatriados. La otra era que se dirigieran al Atlántico, al puerto de Buenos Aires desde donde tendrían la forma de regresar a la patria. Para esto deberían hacer un largo viaje a través de la cordillera de los Andes y la pampa para alcanzar el destino final. Los ocho tripulantes reunidos aceptaron la segunda propuesta de mister Duncan y viajaron a la ciudad de Los Andes para llevar a cabo el trayecto.
Llegaron un medio día a Los Andes, en el transcurso del mes de Febrero. Todos fueron a parar a un lugar desde donde llegaban y partían los viajeros que pasaban la cordillera internándose por Putaendo, tras los pastos montañosos.
Ahí existían varios hospedajes y se habían ido formando alrededor casas de comidas, chinganas y algunas mancebías que accedían también los baqueanos, únicos conocedores de los vericuetos de Los Andes. Se destacaba una gran casa de campo de recios adobes, circundaba por parrones y frondosos árboles frutales. Era esta la muy conocida “arrechuncha” bautizada así por el difícil pronunciamiento del nombre de sus dueñas, dos soberbias mozas llegadas del Perú, hijas de un oficial vasco de apellido Arregurruchaga, que se instaló en la zona, falleciendo al poco tiempo.
Era famoso este lugar donde se bebía y comía de lo mejor. Venían de todas partes hacendados y campesinos a remoler a esta gran casona donde no faltaba la alegría y la música, muy bien administrada la posada por Lorenza, la mayor y la hermosa Flordilia que con voz dulzona cantaba coplas y tonadas acompañada de guitarra como ésta, muy celebrada por la concurrencia:
Señores no soy de aquí
Pero soy de Tagua Tagua
Así suene el Aconcagua
Mi amorcito está por aquí.
Era este oasis de felicidad y francachela de los habitúes, donde llegaron los ocho marineros del Morning Star.
Debían ellos esperar que regresaran de su viaje transcordillerano el Feliciano, baqueano que mandaba una cua-drilla de arrieros. Era este un experto conocedor de las quebradas y difíciles pasos de la montaña, pero también un bribón.
Causó expectación la llegada de este grupo de viajeros y mucha gente venía a ver y saber de estos marinos extranjeros, tanto gente de los alrededores, hombres de campo y porqué no decirlo, mujeres picadas por el bichito de la curiosidad.
Las fiestas y parrandas eran desenfrenadas y todos se divertían con la música de boca tocada por el marinero Craig y la potente voz de barítono de Barker, además de la enorme capacidad para beber aguardiente de estos tripulantes del Morning Star.
Una mañana llegó misiá Mercedes, una española, tía de las niñas Arregurruchaga que vivía en las casas de su fundo en Calle Larga.
Encontró al marinero Lars tendido en una payasa, semidesnudo, enfermo de borrachera. Al principio creyó que era una moza por su larga y blonda cabellera y sus perfectos muslos blancos como el mármol. Sorpresa fue para ella el darse cuenta por el sexo que se trataba de un muchacho – ¡que hermoso joven!- exclamó – no se ha visto otro igual – es un angelito – es un verdadero QUERUBIN.
- Hay que llevárselo y cuidarlo porque si no, se va a morir entre estos malditos sinvergüenzas - Acto seguido, ordenó doña Mercedes cubrirlo con sábanas, ponerlo sobre su break, llevándoselo a su casa donde sus sobrinas y entenadas que con ella vivían, lo cuidarían con esmero.
La cuadrilla de arrieros llegó en la segunda quincena del mes de Marzo y tras las entrevistas y acuerdos, quedaron en que la travesía se efectuaría a fines del mismo mes.
Continuó mientras tanto la vida disipada de los marineros a la espera de la partida.
Pasaban los días y llegó el momento de la despedida. Referirse a estas últimas horas es volver sobre los mismos días de continuas francachelas; pero se había ido juntando más gente de la comparsa de parranderos para dar solemnidad al acto de la última gran bacanal.
Llegado el momento se mandó buscar a Lars, que doña Mercedes, se negaba a entregar. El muchacho apareció muy repuesto físicamente y hasta se le veía con unos kilos de más, motivados por los cuidados que con tanto cariño había gozado.
Una tarde, la caravana montada partió hacia Putaendo para internarse en la precordillera.
Pasó el tiempo; un año y algo más. Mister Duncan escribió a su colega de Buenos Aires para saber de los marineros, súbditos británicos que deberían haber llegado a la ribera del Río de la Plata. La respuesta del Cónsul en el puerto del Atlántico fue que no se había tenido noticias del arribo de estos tripulantes.
Intrigado por esta información, viajó mister Duncan a Los Andes para investigar los hechos.
Supo, por el tuerto Bastías, lugarteniente de Feliciano, que éste había sido muerto en un entrevero con gendarmes argentinos con la mayoría de la cuadrilla en un robo de ganado, salvándose él milagrosamente.
-Dime Bastías, esa cadena con ese medallón que cuelga en tu pecho, cómo lo obtuviste? El hombre tartamudeando contestó “que uno de los gringos” se lo había dado. A continuación relató que en el ahora llamado “El Paso de los gringos”, éste muy peligroso en plena cordillera, los marineros muy nerviosos iban bebiendo gran cantidad del fuerte por lo que ya borrachos, se desbarrancaron.
-¿Todos?- Preguntó mister Duncan – Sí todos - respondió nervioso Bastías. Hizo otras muchas indagaciones el Cónsul inglés pues se había dicho que los marineros llevaban una apreciable cantidad de oro.
Finalmente llegó mister Duncan hasta lo de doña Mercedes en Calle Larga. Lo recibió la dama en su salón, rodeada de pequeñuelos, cinco, todos de cabellos rubios con ojos de intenso color azul. ¿Y estos niños tan hermosos? preguntó sorprendido mister Duncan? Este es el mejor recuerdo pues supe de la azarosa travesía y la misteriosa desaparición de esos hombres.
- Estos son mis querubines –contestó misiá Mercedes, hijos por supuesto del QUERUBIN.