Edwin Conn Tesche
Contraalmirante
Es muy notable como el sonido de una melodía puede despertar recuerdos de situaciones, anécdotas o viajes antiguos. Almorzaba un domingo en el Club Naval de Valparaíso y una pequeña orquesta tocó la canción “En el río Calle-Calle se está bañando la luna”…Sonreí, e inmediatamente mi señora dijo: “Quien a solas se ríe, de sus maldades se acuerda” y tuve que contarle la historia.
Hace más de treinta años, siendo segundo comandante del destructor Orella, nos tocó recibir abordo al Curso de Guardiamarinas, para prácticas de ingeniería y navegación por los canales del Sur. Los APD (Auxiliary Personnel Destroyer) eran pequeños transportes con un cañón y facha de destructor, que tenían acomodaciones a popa para una compañía de Infantería de Marina, las que sirvieron para alojamiento de los guardiamarinas. A cargo de los “Gamas” venía el Capitán de Corbeta Guillermo Fox de la Plata, compañero de curso y junto con él, tres subtenientes instructores, un médico y un capellán que pasaron a incrementar la dotación de la Cámara de Oficiales.
En nuestra Armada es frecuente que al médico y al capellán se les hagan bromas aprovechando su escasa experiencia abordo.
El capellán ya tenía varios quinquenios como oficial, y recordé que se permitió censurar a uno de los subtenientes instructores, cuando cantaba aquella parte de la canción que dice que la luna: “…toda cubierta de espuma se está bañando desnuda…”
El médico era bastante callado, algo despistado y participaba poco en las conversaciones. Era un cucalón típico.
Después de visitar Puerto Montt y disfrutar de un curanto en la isla Tenglo, navegamos por los canales chilotes hasta Castro, recalada obligada para la cultura de los guardiamarinas. Los oficiales bajamos a tierra a estirar las piernas, y en la noche fuimos a comer a un pequeño restaurante. Éramos diez comensales, cada uno pidió algún plato típico y el doctor se repitió unos enormes choros zapato. Lo malo fue que, a la hora de pagar, se levantó al baño y nos hizo “perro muerto”, no pagó su cuota del gasto. Que el doctor fuese o no despistado, decidimos con el capitán Fox que había que corregir esa mala costumbre.
Para cumplir nuestra decisión quedaban pocas oportunidades, porque desde Castro a Punta Arenas recalaríamos solamente en puertos deshabitados. Mientras navegabamos por el canal Moraleda teníamos que definir la oportunidad y un plato tentador, que lo obligase a pagar.
Con el capitán Fox habíamos estado embarcados juntos en una barcaza de las que subían el río Aysen hasta Puerto Piedras para embarcar ganado, 300 vacunos y 1000 ovejas que los colonos vendían en Puerto Montt. En una de esas travesías nos ordenaron pasar a caleta Larraín, en la isla Tranqui para fletar una compra de maderas.
Larraín era un comandante en retiro de la Fuerza Aérea de Chile casado con una señora chilota, aserraba madera en esa caleta y nos recibió con mucho cariño y entusiasmo. La dueña de casa sirvió una abundante comida cuyo plato principal era una cazuela de pava inmersa en un caldo de choritos. La combinación no es rara, ya que un curanto lleva mariscos, pollo y chancho, aunque no era un guiso corriente.
Recordando la famosa cazuela en caleta Larraín, decidimos con Fox que los choritos serían el cebo para hacer picar al doctor. Había que inventar un restaurante, para comprobar si era despistado o apretado.
Esa noche comíamos junto con el capellán, el doctor y los oficiales y entonces iniciamos una conversación sobre las curiosidades gastronómicas de las islas Guaitecas:
“Mañana en la tarde vamos a recalar a Estero Balladares, en el canal Puluche, para rellenar aguada antes de salir por Anna Pink hacia el golfo de Penas”, les dije.
Fox me contestó: “Qué bueno, me acuerdo que ahí estaba la hostería del señor Molina, en que preparaban las famosas cazuelas de pava con choritos.”
El doctor iba a preguntar algo, cuando el capellán se entrometió y dijo: “Pero el señor Molina falleció hace algunos años.”
Quien sabe de cual Molina estaría hablando el capellán, así que rápidamente insistí “Cierto, pero ahora están la viuda y las hijas a cargo”.
“Bien bonitas eran las niñitas” inventó Fox, “ya deben estar creciditas, o tal vez casadas”.
“La última vez que pasé estaban solteras, pero sacaron la buena mano para cocinar de la madre. Eran un poco gorditas, deben ser buenas para el diente” le rematé, notando el interés con que el doctor seguía la conversación.
Al día siguiente recalamos a Estero Balladares. Allí los buques se acoderaron a un par de árboles y se colocó un tambor de 200 litros conectado con el buque por unas mangueras para rellenar el agua de bebida y de lastre. Cada buque que pasaba, dejaba clavados en los árboles de amarre un cartel de madera con el nombre y la fecha, lo que servía de señalización para encontrar el riachuelo. Hacia arriba sigue una selva de árboles nativos y quilas totalmente deshabitada.
Mientras yo supervisaba la maniobra de amarre en toldilla, se me acercó el doctor y me preguntó: “¿Aquí es donde está la Hostería de la Molina?”, “Más arriba” le contesté.
“¿Y usted me daría permiso para bajar a tierra?”
“Porqué no” le dije “pero tiene que esperar que vuelva el chinchorro que está trabajando con los ingenieros.”
En ese momento volvió la embarcación a buscar una llave de grifo y lo llamé:
“Doctor, aproveche el bote. Camine por el estero hacia arriba, más o menos trescientos metros y va a llegar a un camino ripiado. Como a cuatrocientos metros, a la derecha, queda la hostería. Vuelva antes de la puesta de sol. Son las cinco de la tarde. Tiene tiempo demás. Si oye el pito, vuelva de inmediato”.
Y partió el Doc, vestido de azul, con zapatos de calle, subiendo por el estero hacia la selva impenetrable.
Antes que oscureciera, hice tocar el pito del buque un par de veces, porque ahora Fox y yo estábamos comenzando a preocuparnos que se nos había pasado la mano con la broma. A la media hora apareció el doctor, totalmente embarrado, coloradito, el cuello de la camisa abierto y con una cara de cansancio terrible.
“¿Cómo estuvo la cazuela?” le preguntamos.
“Me perdí; no encontré nunca el camino; la subida está pésima, con cañaverales y ramas. Tengo agua en los zapatos y me duele todo el cuerpo.”
“Doctor, vaya a darse una ducha caliente y tómese una aspirina. Y a propósito de cazuela y choritos, no se olvide de pagarle al teniente contador su parte de la comida que tuvimos en Castro. Me alegro que haya vuelto sin novedad”.