Piel de Arena
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Pedro Barahona De La Fuente
Piloto 3º Marina Mercante
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La noche era acompañaba por aquella luminosidad de color cálido del edificio de la Universidad Santa María. Las luces de los automóviles eran un faro que parpadeaba para orientarse desde la playa. Detrás, podía ver la vieja construcción que un día albergó las viejas locomotoras de vapor. La noche era ideal para la pesca. Una vez más estaba ahí desafiando la naturaleza del mar para quitar de sus ricas aguas aquellos peces. El sonido del carrete despertó la noche al caer la plomada que voló por los aires y fue tragada por el mar espumoso. Esperaba con paciencia aquel lenguado. Sabía que bajo la arena se hallaba él. Iba recogiendo con cuidado el aparejo y lo dejaba descansando en otro lugar. Era luna nueva y Valparaíso estaba iluminado por aquellos astros. Las pequeñas luces de los cerros se juntaban con las estrellas. Se creaba la ilusión de subir los cerros y alcanzar esos astros.
El índice pudo sentir la picada y lentamente cobré carrete. ¡Ahora sí! Lo tenía atrapado. A medida que alzaba y bajaba la caña iba ganando lienza. Los pies eran cubiertos por las olas que llegaban playa arriba.
La alegría era grande, porque sabía que se trataba de una presa enorme. Ya podía ver el pez, pero no era un lenguado. Su forma era alargada, parecía más una merluza Gally, pero no lo era. A los tres metros pude apreciar ese color plateado con tonos verde azulados. Se trataba de un machuelo. No podía comprender, generalmente estos peces suelen encontrarse en el norte de nuestro país. Algo extraño había en este pez, no luchaba por su vida.
Fue cuando lo agarré por la cabeza que escuché decir: ¡Me duele!
Largué una risa, pero no podía creer.
Tienes dos opciones dijo el pez: “Me retiras del mar o te cuento el secreto de la vida”.
Descansé sobre una pequeña roca y decidí dejar libre al pez.
- Te llaman el viejo chico, dijo el pez.
- Así es pero, ¿como lo sabes?
- Así como sé muchas cosas de tu vida. Conocí a tu padre en el norte. Igual como tú, a él también le gustaba la pesca. Un día fui capturado por él, pero decidió dejarme libre porque también conoció mi secreto.
- Mi padre jamás contó aquella historia.
- Por supuesto que no, nadie le hubiera creído, por lo mismo, guardó ese gran secreto.
Lo acompañé por muchos años hasta aquel día que vio por última vez el puerto de Valparaíso, acompañado de sus seres más queridos. Tenía demarcado el rumbo de la vida y la hora del zarpe.
- Un momento amigo machuelo! Mi padre falleció, hace un tiempo atrás.
- Haz dicho tiempo. Que sabes tú del tiempo, viejo chico. El tiempo es aquél que rige nuestra vida. Así como existen las horas, minutos y segundos, nos sirve como medida entre un momento y otro.
- Viejo chico! No estoy de acuerdo contigo.
El machuelo, viendo los ojos negros de sorpresa explica: “El tiempo es un sistema creado por el hombre, pero de lo que en realidad hablamos es de un espacio que hemos determinado como tiempo. La vida es un espacio, insistimos en medirla como si fuera un tiempo desde que se nace hasta que se muere”.
El viejo chico no hallaba argumentos científicos para contradecir la teoría del machuelo. Sólo venía a su memoria el recuerdo de su viejo padre marino que se había marchado. Pero, ¿como puedo determinar ese espacio con respecto a la muerte? – decía el viejo chico –. La marejada levantaba al machuelo y contestaba: La muerte se mide en el espacio de una vida y no en días o minutos.
Vivir es tan corto, que los humanos no tienen un concepto claro de la vida y la muerte. Se tiene vida desde que se nace hasta que se muere, pero a la vida y a la muerte no se le asigna un real significado y se la ignora. Vida para muchos tiene un significado material, porque se asocia con existir. La muerte se asocia con lo desconocido, con eso que nunca conoceremos.
El viejo chico alzaba su vista al firmamento y estaba atónito de las cosas que escuchaba.
- Si se pudiera medir el espacio de vida en el universo – decía el machuelo, se llegaría a la conclusión que sólo vivimos un espacio de tiempo bastante breve. Los seres humanos son tan pequeños en relación al cosmos, pero la intolerancia, la arrogancia, la envidia y la maldad no dejan ver el sentido de la vida. Recuerda, la humildad abre el corazón de las personas y la arrogancia los cierra.
El miedo más grande que tienen los seres humanos es a la muerte, pero creo que ahí también están equivocados. En vida muchas veces se vive la soledad y la falta de cariño, que es más cruel que la muerte. La muerte nace con nosotros mientras envejecemos y un día ese cuerpo dejará libre el alma para seguir viviendo.
- Entonces - decía el viejo chico
– ¡Mi padre vive!
La brisa marina llevaba el recuerdo de su padre.
Fue aquel mes de Agosto que le robó un día a la primavera. Ese día se vistió de luto con las estrellas que iluminaban la esfera celeste, como adornando el altar para aquel marino.
Era una carroza blanca y en sus esquinas tenía cuatro columnas y en el fuste, con forma de espiral, descansaba el capitel adornado con delfines y aves marinas. Seis caballos de mar tiraban de ella sobre las olas del Pacífico. Su cochero, barba blanca y sombrero de copa, guiaba el rumbo de aquella carroza que sólo los marinos la han visto navegar. La estrella Polar marcaba el Norte, pero nadie ha sabido el rumbo a navegar, sólo aquel cochero conocía el destino.
¿Será en dirección Sur, Norte, Weste o Este?, ¡No lo sé!
Pero algún día también me embarcaré hacia ese destino y el secreto lo guardaré como lo han hecho esos marinos.
Será la brisa del mar que esparcerá las cenizas, flotando sobre las olas serán llevadas a un rumbo desconocido.
He de quedar en el macrocosmos para cumplir el ciclo de la vida de todo ser humano, pero sé que algún día despertarás de ese sueño y podremos estar juntos.
El sueño reposaba en aquellas olas de algodón y el rugido del mar entregaba un nuevo amanecer. El brillo del sol pintaba aquellas sombras de las naves en la bahía.
Era el nuevo día que asomaba lleno de esperanzas. Desperté con mi caña de pescar y con los brazos abiertos abrazando esa piel de arena.
No vi nunca más al machuelo, pero me quedó el recuerdo de haber despedido a mi padre; ese instante fue para mí un privilegio. Fue entonces cuando mi apreciación sobre la muerte se tornó respetable. Vi morir al hombre que me hizo comprender el sentido de la vida y cuan bella puede llegar a ser