La Travesía del “Totorore”
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Artículo enviado por el Sr. Jorge Schaerer Contreras
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Palabras del Embajador Carlos Appelgren Balbontín con ocasión del lanzamiento de la versión en
español de la bitácora de su travesía, iniciativa conjunta de la Fundación Chilena del Pacífico, la embajada
de Nueva Zelandia en Chile y el diario El Mercurio.
Gerald Stanley Clark, Gerry para
todos nosotros, ornitólogo afi-
cionado, naturalista, explorador
y eximio navegante, escribió La Travesía del
Totorore, para legarnos la historia de su viaje
de más de tres años a través de algunas de las
aguas más implacables y peligrosas del mundo.
La travesía comprendió desde Nueva Zelanda
hacia Chile; los archipiélagos al Sur de
Chile y las islas sub-antárticas para luego volver
a sus tierras de origen. Este osado viaje lo
realizó en el “Totorore”, prión Antártico en lengua
maorí, que era una pequeña embarcación
diseñada por él, hecha con madera de Kauri
de Nueva Zelandia, reconocida como una de
las mejores maderas para la construcción de
embarcaciones. Estaba aparejada como “cuter”,
con un bauprés y dos quillas de lastre de
1.815 kilos. Tenía una eslora de 9,8 metros, 2,9
metros de manga y 1,3 metros de calado.
El viaje tuvo un objetivo concreto: el estudio
y catastro de las aves y vida silvestre de
las regiones por él visitadas.
Ya en las primeras páginas de su libro, con
gran simpleza y realismo nos advierte acerca
de la necesidad de resguardo del delicado
equilibrio que requiere ser protegido de nuestras
“poco sabias acciones” las cuales podrían
fácilmente destruirlo. Al mismo tiempo y, con
gran humildad, confiesa que discutir estos temas
“era como intentar arreglar el mundo. Era
tan fácil ver las fallas y señalarlas, pero no era
tan fácil encontrar una solución y, aún más
difícil, pensar en algo al alcance de uno para
subsanarlas”… Sin embargo, él la encontró.
En términos científicos y académicos los
resultados de sus investigaciones, recogidas
con sistemática minuciosidad, le valieron
el reconocimiento tanto en Nueva Zelandia
como en el resto del mundo, al constituir un
aporte incalculable al patrimonio común
de la humanidad, que permitirá el establecimiento
de planes y programas adecuados
para la conservación, el manejo y protección
de especies únicas que habitan esos parajes
remotos y de belleza incontestable. Específicamente en el caso de Chile, región de especial
interés para él, sus estudios llamaron la
atención acerca de la necesidad de establecer
y mejorar programas de conservación en
el archipiélago de Juan Fernández, además
de llenar importantes vacíos sobre las aves
que habitaban las zonas visitadas, pues muchas
de ellas jamás habían sido visitadas por
un ornitólogo.
Sugestivamente, “La Travesía del Totorore”
constituye uno más de los eslabones que
dan forma y fuerza a la ciencia ecológica moderna.
Como pocas ciencias, las normas que
hoy rigen la protección de nuestro medio
ambiente y los recursos naturales, han tenido
sus orígenes en el trabajo valiente, serio y
comprometido de los llamados “aventureros”.
Así, Gerry Clark, al emprender su travesía, no
sólo satisfacía una curiosidad personal sino
que hacía un aporte invaluable a la moderna
teoría ecológica al retratar con sus expediciones
e investigaciones la precariedad en la
que se encuentra el principio de equilibrio en
nuestro medio ambiente y la imperiosa necesidad
de adoptar medidas en conjunto para
tal como él señaló: “hacer lo que está a nuestro
alcance, para preservarlo”.
En términos humanos, el legado de Gerry
Clark es de gran valor. Tal como señala Sir Edmund
Hillary al escribir el prólogo de la obra,
Gerry Clark debe haber sido un hombre muy
sorprendente: Hace 25 años, el 23 de febrero
de 1983, al tener 56 años de edad, leva anclas
y da inicio a su aventura para circunnavegar
la Antártica, señalando con gran entusiasmo
al inicio de su obra: “Amo el mar, amo las aves,
amo la aventura. ¿Hay alguna otra manera de
concederme un placer, en estos postreros años
de mi vida, que emprendiendo una expedición
en el grandioso mar austral?”
Queridas amigas y amigos:
En un mundo convulsionado, complejo, en
el cual los ideales y especialmente la fe en el
espíritu de superación del hombre son puestos
en duda, visionarios como Gerry Clark nos
devuelven la esperanza, sacudiendo nuestro
conformismo y demostrando lo que un hombre
y un proyecto personal puede hacer por
la humanidad, por nuestra humanidad.
Así, a través de cada página de La Travesía
del Totorore, junto con enriquecernos al
adquirir conocimientos científicos dignos
de especialistas, vamos de la mano de su autor
en un gesto quizás involuntario de éste,
recogiendo los indicios que nos ayudan a
descifrar leyes de validez universal que, a mi
entender, reflejan el alma de nuestros países.
No en vano el epígrafe es un fragmento de
un poema (The Spell of the Yukon) de Robert
Service, destacado poeta, originario de otro
país amigo y afín, Canadá.
Efectivamente, el libro de Gerry Clark, su
impronta que, como la estela en el mar dejada
por el Totorore, une a nuestros países,
constituye un símbolo de los tiempos que
hoy felizmente transcurren en la relación
entre Nueva Zelandia y Chile. Es aquello que
podríamos identificar como el acervo unifi-
cador que nos ha llevado a estrechar nuestros
vínculos y diseñar políticas de beneficio
común para nuestros ciudadanos.
Me atrevo a afirmar, sin temor a equivocarme,
que el espíritu de Gerry inspira hoy más
que nunca la sólida relación que existe entre
nuestros países y que simboliza la creciente
vinculación entre dos regiones del mundo
que, paulatinamente, han ido descubriendo
lo mucho que tienen en común.
Gerry Clark, a través de su extraordinaria
aventura, puso de relieve lo mejor que nos
une, que no es otra cosa que una profunda
identidad de propósitos y un anhelo común
para alcanzar juntos el futuro cruzando, como
él lo hizo, el gran mar de oportunidades que
para nuestros pueblos representa el océano
Pacífico.
A la edad de 72 años, en 1999, Clark desapareció
con el “Totorore” en un naufragio en
las islas Auckland, al sur de Nueva Zelandia.
Nos queda su legado y la frase que según
aquellos que lo conocieron solía decir: “Nothing
is imposible with a bit of hard work, luck
and… kiwi ingenuity”.