Edwin Conn Tesche
Contraalmirante
El año 1955 estuve embarcado en
el crucero “O´Higgins”, con el grado
de subteniente. El segundo
comandante consideraba a los subtenientes,
de acuerdo al criterio de la época, como oficiales
irresponsables y ejercía un control estricto
sobre ellos. En mi caso, el segundo me tenía
muy poca simpatía, porque en cada puerto yo
pedía permiso especial para visitar a mi extensa
familia, constituida por quince primas casadas,
lo que según él no era posible.
Cuando a principios del año siguiente llegó
mi orden de trasbordo a la barcaza “Goicolea”,
con base en Puerto Montt, me sentí
feliz de alejarme del estricto segundo y su
control, para cumplir deberes en un ambiente
más relajado y motivador, como son los
escampavías en la zona Sur de Chile.
Con gran alegría inicié mis trámites para
conseguir pasaje desde Talcahuano, donde
estaba el crucero “O´Higgins”, hacia mi próximo
destino, en 1956. Pero no contaba con la
despedida del segundo:
“Usted no viaja en tren a Puerto Montt.
Usted cumplirá trasbordo por el remolcador
“Colo Colo”, que zarpa pasado mañana hacia
el Sur. Preséntese mañana a bordo de ese
buque. Hasta luego y que el viaje le sirva de
experiencia.”
El “Colo Colo” había sido construido en Escocia,
en 1929 y había prestado servicios en
el Sur, especialmente en el reabastecimiento
de faros y levantamiento de boyas, porque
tenía una gaviete a proa adecuado para virar
cadenas y anclas y levantar y posicionar las
boyas de la señalización marítima de nuestra
extensa geografía de canales y fiordos. Desplazaba
760 toneladas, tenía una eslora de
126 pies con 6 pulgadas y un calado de 12
pies. Prestó servicios hasta 1987 cuando, por
resolución de la Comandancia en Jefe de la
Armada, cumplió su último destino para quedar
como museo en Punta Arenas.
Cumpliendo mi trasbordo, me presenté al
comandante del “Colo Colo”, quien me recibió
con gran amabilidad; llamó al segundo de a
bordo, quien era mi compañero Alf y al oficial
navegante, a quien conocía desde la Escuela
Naval y almorzamos alegremente. En la tarde
el comandante nos informó que teníamos la
orden de remolcar la draga “Ingeniero Lira”
del departamento de Obras Portuarias del
Ministerio de Obras Públicas, desde el puerto
de Coronel hasta Puerto Montt.
Al día siguiente comenzó la experiencia
que me había deseado el segundo del crucero,
zarpando a Coronel para faena de carbón.
La faena de carbón pertenecía a la categoría
de “faena general”, es decir, todo el personal
y oficiales se vestían con su peor ropa de
trabajo y paleaban carbón hasta terminar.
Rellenamos carbón un día entero, llenando
las carboneras hasta los pasillos de cubierta.
Se rellenó aguada y víveres y se alistó el remolque.
La draga a remolcar era una plataforma,
más grande que el remolcador, tenía habitabilidad
para su dotación y una serie de bitas, bitones,
cornamuzas y grúas de maniobra. Además
llevaba un largo tornillo montado en una
estructura rebatible que se podía arriar hasta
la profundidad necesaria para extraer barro y
sedimentos desde el fondo del mar.
La maniobra de pasar el remolque y afirmarlo
en la draga fue expedita y, habiendo
embarcado un cabo señalero para comunicaciones,
zarpamos con remolque corto,
buscando mayores profundidades para no
enredarnos en el fondo del puerto.
Una vez en alta mar, el comandante nos
explicó la teoría del remolque. Se trata de
darle al cable (el remolque), suficiente largo
de manera que el peso actúe como amortiguador
de la estrepada que se produce cuando
el remolcador y la draga montan las olas.
El ideal es que ambos monten la ola y bajen
al mismo tiempo, para evitar esfuerzos que
puedan cortar el remolque.
El segundo problema es la profundidad
del seno del cable, llamado catenaria, que
se produce por efecto del peso del cable, la
fuerza de la máquina del remolcador, la resistencia
del casco de la draga por la velocidad,
el viento y el oleaje. No hay una fórmula para
calcular la catenaria, pero el comandante,
quien se había preparado para esa comisión,
nos dijo que los holandeses eran los mejores
expertos del mundo en el tema, como lo habían
demostrado en la campaña del Atlántico
en la Segunda Guerra Mundial.
¿Quién tiene una medalla? dijo.
Como yo era el recién llegado, pasé mi
medalla de la virgen de los rayos. A continuación
el comandante explicó el sistema holandés.
En un papel cuadriculado, pegado en un
cartón, se coloca a escala la distancia máxima
del remolque. Un extremo es el remolcador y
el otro en este caso la draga. Se mide con un
sextante el ángulo de la altura conocida del
palo de la draga y se calcula la distancia actual.
(El “Colo Colo” no tenía radar). Se ajusta
mi cadenita en el cuadriculado a esa distancia
y poniendo vertical el cartón, la cadenita
forma una catenaria, que es proporcional a la
profundidad del remolque. Guardé cuidadosamente
mi medalla, pero la cadenita siguió
navegando en el puente de mando.
La primera noche fue tranquila, pero en la
mañana, a la altura del golfo de Arauco, comenzó
a soplar un surazo y a encresparse el
mar. El remolque trabajaba bien y ajustamos
la distancia, aproximadamente a 500 metros,
para montar las olas simultáneamente. El personal
de la draga pescaba y, de vez en cuando,
sacaba unas sierras enormes, de metro y medio
o más. De guardia en el puente, yo escuchaba
una suave música de instrumentos de viento.
Mandé a un marinero a averiguar quién soplaba
esos instrumentos. -“Es el segundo que
practica clarinete y el piloto lo acompaña con
la flauta”- me informó el mensajero.
En la tarde el surazo aumentó la intensidad,
los oficiales nos relevábamos sucesivamente
y, cuando volví al puente, el conjunto
remolcador y draga habían avanzado penosamente
sólo 5 millas en 4 horas. El remolque
navegaba bien, la distancia era un poco mayor
con la marejada y la gente de la draga se
entretenía pescando.
Y así, lentamente mientras Alf ensayaba
“Petite Fleur” en su clarinete, llegamos una
madrugada al golfo de Coronados para cruzar
el canal de Chacao. Calculamos con mi
cadenita, el largo del remolque necesario
para no enredarnos en la roca Colo Colo que
tiene 9 metros de profundidad (¿por qué la
bautizaron con el mismo nombre del remolcador?)
y ajustamos el tiempo y la maniobra
necesaria para cruzar el canal durante la estoa
y un poco de corriente a favor.
Pero en ese momento subió al puente el
suboficial ingeniero de cargo y dijo casi llorando:
- Mi comandante, se nos acabó el agua
dulce para las calderas y vamos a tener que
apagar los fuegos. - Explicó que la navegación
había sido más larga que la autonomía del
agua de calderas y que no había más agua.
-¿Qué hacemos?- preguntó el comandante.
Después de discurrir la factibilidad de
entrar con remolque a Ancud, que es una bahía
bastante baja, nos recordamos con Alf de
nuestras clases de máquinas y de esas extrañas
recomendaciones que daba el instructor.
-¿Tiene almidón abordo?- le pregunté al
ingeniero. Me miró como si estuviera loco.
- La receta es usar agua de mar, agregándole
un kilo de almidón por cada metro cúbico
de agua”- le dije. Después de convencer
de la receta al comandante, iniciamos el cruce
del Chacao y en la tarde fondeábamos en el
canal Tenglo, punto de destino de la draga.
Epílogo
La cadenita de la medalla milagrosa fue
muy exacta, pero parece que la receta del
almidón llegó tarde o el agua de calderas
se terminó mucho antes, porque de todas
maneras hubo que cambiar una cantidad
de tubos quemados en ambas calderas. ¡Se
descubrió que el peak de proa estaba lleno
de agua dulce!
Sin embargo, a pesar de las improvisaciones
y falta de experiencia de los
subtenientes, el “Colo Colo” siguió navegando
hasta treinta años después. En el
año 1971 se modernizó la maquinaria a
vapor de calderas a carbón, cambiándola
por propulsión diesel. El buque era amado
por quienes pertenecieron a su dotación.
De modesto remolcador gavietero de alta
mar, sus fanáticos lo ascendieron a “acorazado”
y, hasta pensaron en transformarlo a
propulsión nuclear. Alf es ingeniero electrónico
y ahora toca clarinete en una banda
de jazz.