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El Canto de la Ballena

Pedro Barahona De La Fuente
Piloto 3º Marina Mercante

En ese baúl del recuerdo encontré un libro que decía: Bitácora.

Volvía a caminar sobre las calles empedradas de El Almendral. Por avenida Pedro Montt circulaban en forma silenciosa los troles y todas las góndolas que bajaban de los cerros para darle vida a la ciudad. A mis trece años de edad, era una aventura cruzar las calles donde se encontraban aquellas sirenas porteñas, de pelo largo y ojos negros, pero eran los silbidos del encanto que adormecían a los hombres de mar.

Cada cerro representaba un tono de acuarela de cien colores que formaba un arcoiris, dando la demarcación del puerto de Valparaíso.

Aquel sábado por la mañana acompañaba a mi padre que zarparía, una vez más, a la caza de la ballena. En el molo se aprecian los balleneros abarloados y las pequeñas olas balancean las embarcaciones como haciendo dormir a un niño.

Se escucha la orden del capitán:

¡Larga espías!

Testigo del zarpe es el ascensor Villaseca, subiendo y bajando como quien agita un pañuelo al aire. La proa enfila rumbo Sur. Ahí estaba yo, mirando como se perdía en el horizonte esa pequeña embarcación estibada de hombres de mar.

Han pasado tantos años y hoy puedo comprender, a través de la bitácora, el secreto de mi padre.

Viaje N°46, navegando de Valparaíso a zona austral.

Acaecimiento:
03:00 se navega sin novedad.

Posición:
S 46° 57’ 33,32”
W 75° 42’ 25,2”

Comienza la navegación en el Golfo de Penas con fuertes vientos del Noroeste y mar gruesa. La mano del timonel era firme a la caña y con voz segura confirmaba al capitán:

Si da el verde con el verde o encarnado con su igual entonces nada se pierde siga a rumbo cada cual

¡Capitán, capitán! grita el contramaestre.

¡Por la amura de estribor, ballenas!

Estábamos a 30 millas al sur del faro Raper y aún quedaban 34 millas por navegar hasta el faro de la isla San Pedro. El eco de las olas bajaba del cielo como desafiando a los balleneros, pero el capitán no podía perder de vista aquella ballena.

El balance era tremendo; desde la cofa el marino gritaba.

¡Van al Sur, capitán!

La proa comenzó a caer lentamente a estribor, desafiando la naturaleza del mar. Era un volcán de agua, las olas alcanzaban el castillo del viejo barco dejando caer un velo de agua. Se recibía aviso de mal tiem08 90 po del faro San Pedro al faro Evangelista. Estábamos en un frente frío, sin poder hacer nada.

Capitán - decía el piloto - La visibilidad es mínima y la ballena se ha perdido.

Se capea la braveza del mar y continúa la navegación.

Ahí se encuentra escrito en la bitácora: “Se enfrenta un temporal y se hace difícil la navegación..”

Se navega rumbo Sur Surweste y sólo nos queda enfrentar la fuerza de la naturaleza amurando hacia el viento y la mar. Dos días desafiamos la bravura de las olas y el gemido del casco golpeado por la mar.

Capitán - decía el piloto - No hemos vencido, pero el todopoderoso ha escuchado nuestras plegarias.

Era una noche estrellada y era señal de buen tiempo. Los balances han disminuido y también la fuerza del viento. Nuestra posición estimada es:
S 48° 17’ 38’’
W 76° 14’ 34,3’’

De acuerdo con la estima y experiencia marinera nos encontramos al través de la isla Torpedo, se escucha en el puente. La aurora despertaba esa naturaleza virgen e indómita y era la esperanza del nuevo amanecer en este abismo salado.

10 A.M. Se escucha desde la cofa: ¡Ballena soplando en el horizonte, capitán! – gritaba el marinero – ¡Cuatro millas por la aleta de estribor!

El estado del mar era favorable: fuerza 5, olas moderadas que golpean el casco dejando el gusto salado en el rostro de la tripulación.

La proa enfila al cetáceo y se prepara la maniobra de captura. Se navega a toda máquina y desde la cofa se escucha: ¡Vamos en- filado capitán! ¡Son tres, son tres...!

No tardamos en tenerlas al alcance de nuestro cañón. Las pequeñas olas hacían cabecear la nave, pero el arponero no perdía de vista a las ballenas.

¡Distancia 30 metros! – gritaba el capitán – ¡Distancia 20 metros!

El índice presionaba el gatillo y se escucha:

¡Fuego!

Fueron segundos y se escucha la explosión de la granada. Ahí quedó la ballena unida al cabo, pero se resistía a morir.

Todos estamos en cubierta preparados para comenzar la maniobra de arrastre.

Se esperaba con paciencia la reacción de la ballena. Estamos a muy corta distancia de ella. Ahí estaba yo en la borda de estribor mirando esos grandes ojos de ese animal marino; podía contemplar cuando los abría y cerraba y parecía querer entregar un mensaje. Sus ojos se cerraron para siempre y en ese momento pude escuchar el llanto marino. Surgió como una sombra de debajo del agua, se trata de un ballenato que ha perdido a su madre. Daba bramidos, es un ruido imposible de describir y olvidar. El chorro de agua que sale de su cuerpo es traído por el viento y mi rostro ha quedado con lágrimas de sal, pero qué puedo hacer.

Con la ballena hecha firme a un costado de la borda se navega rumbo a Quintay.

La alegría es grande en la tripulación, pero yo una vez más debía ver a la ballena.

Apoyado sobre la borda, podía ver ese hermoso animal marino. Sentí pena.

Ahí, a unos metros volví a ver el ballenato, navegando en forma paralela.

Una vez más comenzó esa melodía submarina. Era una sinfonía de la naturaleza, compuesta por el eco del mar y el canto de la ballena.

Los vellos de mis brazos se encresparon y todo mi cuerpo sintió esa emoción al escuchar el canto del ballenato. Habíamos interrumpido el ciclo de la naturaleza y no encontraba paz en mi alma.

La mar estaba tranquila como queriendo llevar en esa carroza de agua salada el último adiós a la ballena. En la bitácora escribía: “Se navega sin novedad”

Pero no era así. Podía ver y escuchar el canto del ballenato. Era esa sombra negra que asomaba a la superficie emitiendo un bramido de tristeza. Son estribillos de dolor que penetran en los sentimientos humanos.

Nos encontramos al través del faro de Algarrobo a unas 4,7 millas de distancia.

Falta por navegar 10,6 millas a la bahía de Quintay.

Arribamos a Quintay, la ballena se encuentra en posición para ser izada al muelle. Se prepara la maniobra y lentamente el huinche arrastra el cetáceo, hasta llevarlo a la plataforma de faena.

Ha terminado la navegación y sólo deseo ir a casa.

Nuestro hogar se encuentra arriba de la caleta. Desde la ventana se puede apreciar el sol que comienza a tangenciar el horizonte, hasta ser tragado por el mar. Son aquellos rayos multicolores que convierte la bahía en un pueblo donde la realidad se convierte en fantasía.

La alegría reina al volver a estar todos sentados a la mesa, pero algo había en el rostro de mi padre, algo tenía en su alma, deseaba reír pero no podía.

Ahí estaba apoyado en la ventana y una vez más admiraba como el sol caminaba en la mar. Su cara se tornó pálida y se llevó las manos a sus oídos. Me acerqué a él y por primera vez escuché el canto. Nos dimos una mirada y el silencio selló el canto de la ballena.

La actividad laboral siguió sin novedad en Quintay, mes a mes.

Recuerdo el zarpe del Indus 8, en el mes de Febrero. Desde el pequeño faro observaba como la pequeña embarcación navegaba al Norte, podía sentir el viento susurrando entre los obenques y su proa cortando la mar. Hacía muchos meses que mi padre no era la misma persona y había preocupación en casa.

Son las siete de la mañana y en nuestra puerta se escuchan algunos golpes. Parado en la puerta se encuentra un empleado de la ballenera. Con voz temblorosa nos cuenta que el ballenero Indus 8 había sufrido un naufragio a la altura de Pichidangui.

Mi madre soltó las lágrimas y pudimos contemplar en su rostro la tristeza.

Cálmese señora – decía el empleado – El único sobreviviente es su marido.

Al otro día vimos llegar al papá. No decía mucho, pero cada tarde su mirada se perdía en la soledad del mar. Nunca habló del naufragio, sólo señaló que ese día el canto de la ballena fué más intenso.

Jamás volvió a navegar en los balleneros y jamás volvió a ser la misma persona.

Una tarde, la mar formaba montañas líquidas y el cielo comenzó a llorar haciendo coro con el canto de la ballena. A través de la ventana el viento traía la melodía. Los ojos de mi padre manifestaban una alegría. El mar acunaba su mirar y así selló sus ojos para siempre, escuchando el canto del mar.

Han pasado tantos años y hoy puedo conocer el secreto de la bitácora, escondida en el baúl del ballenero.

Hoy quedan las bitas y los rieles de la vieja grúa, para recordar el pasado.

Las ballenas han vuelto a Quintay y desde la ventana puedo observar cómo se desplazan en la mar y el viento comienza a rolar.

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