Para Chile, el océano Pacífico ha sido históricamente una vía de comercio, integración internacional y proyección estratégica. A través de él se han articulado nuestras rutas marítimas, nuestras exportaciones y buena parte de nuestra inserción en el Asia-Pacífico. En el siglo XXI, sin embargo, el océano ha adquirido una función adicional, menos visible pero igualmente decisiva: se ha transformado en la principal autopista de la conectividad digital global.
Más del 95 % del tráfico intercontinental de datos circula hoy por cables submarinos de fibra óptica tendidos sobre el lecho oceánico. A través de ellos viajan transacciones financieras internacionales, servicios en la nube, comunicaciones gubernamentales, control remoto de procesos industriales, operaciones de defensa y grandes volúmenes de información científica.
El imaginario público suele asociar internet a satélites. En realidad, estos transportan sólo una fracción menor del tráfico global. La verdadera infraestructura crítica de la economía digital se encuentra bajo el océano.
Bajo la superficie del mar se extiende una vasta red de cables de fibra óptica que conecta continentes y sostiene el funcionamiento cotidiano de la economía digital mundial.
Para un país marítimo como Chile —con más de cuatro mil kilómetros de costa y una economía profundamente vinculada al comercio transpacífico— esta realidad introduce una nueva dimensión en el concepto tradicional de poder marítimo.
Un sistema moderno de cable submarino constituye una infraestructura tecnológica compleja. Está compuesto por fibras ópticas protegidas por múltiples capas metálicas y poliméricas, repetidores instalados cada decena de kilómetros y estaciones de amarre costeras que conectan la red submarina con las redes terrestres de telecomunicaciones.
En la alta mar los cables suelen ser relativamente robustos. Las mayores vulnerabilidades se concentran en las zonas costeras, en las estaciones de amarre y en la dependencia de rutas únicas de conectividad. Esta situación resulta particularmente relevante en el hemisferio sur, donde la redundancia de rutas es menor que en el Atlántico Norte.
Para Chile, una interrupción prolongada de la conectividad internacional podría generar impactos sistémicos significativos.
El sistema financiero depende de redes globales para transferencias internacionales, compensaciones bancarias y operaciones bursátiles. La minería depende crecientemente de plataformas de monitoreo remoto y procesamiento de datos operacionales. El sector energético emplea sistemas digitales de control industrial y coordinación de redes eléctricas. La logística marítima y portuaria opera mediante plataformas digitales de trazabilidad de carga y gestión aduanera.
Incluso la investigación científica —incluyendo la actividad antártica— depende cada vez más de la transmisión continua de grandes volúmenes de datos.
La interrupción de cables submarinos no es un evento hipotético. Existen numerosos precedentes internacionales provocados por anclas, pesca de arrastre, sismos e incluso actos deliberados de sabotaje. En un escenario de interrupción simultánea de rutas, la latencia de las comunicaciones aumentaría, el ancho de banda disponible disminuiría y la estabilidad de diversos servicios críticos podría verse comprometida.
Por esta razón, los cables submarinos han pasado a ser considerados infraestructura estratégica por múltiples gobiernos. Estados Unidos revisa las licencias de nuevos cables bajo criterios de seguridad nacional, mientras que China ha promovido activamente su participación en proyectos globales de infraestructura digital.
Más allá de las contingencias geopolíticas específicas, la conclusión es clara: la infraestructura digital submarina forma hoy parte del tablero estratégico internacional.
A este escenario se suma un desafío tecnológico emergente: la computación cuántica.
Gran parte de las comunicaciones digitales actuales utilizan sistemas criptográficos como RSA (Rivest-Shamir-Adleman) o criptografía de curvas elípticas (ECC). Estos mecanismos se basan en problemas matemáticos extremadamente difíciles de resolver mediante computadores clásicos. Sin embargo, algoritmos cuánticos como el algoritmo de Shor podrían resolverlos con gran eficiencia cuando existan computadores cuánticos suficientemente avanzados.
Esto introduce un riesgo estratégico conocido como “store now, decrypt later”: capturar hoy comunicaciones cifradas para descifrarlas en el futuro cuando la tecnología lo permita.
Por esta razón, organismos como el National Institute of Standards and Technology (NIST) han comenzado a definir estándares de criptografía post-cuántica, destinados a proteger las comunicaciones frente a futuras capacidades de computación cuántica.
La transición hacia estos nuevos sistemas deberá iniciarse antes de que la amenaza sea plenamente operativa.
En este contexto, Chile enfrenta simultáneamente un desafío y una oportunidad estratégica.
El proyecto de cable Humboldt, que busca conectar Sudamérica con Oceanía a través del Pacífico Sur, podría posicionar a Chile como un nodo relevante de conectividad digital del hemisferio sur. En conjunto con otras rutas transpacíficas, esta infraestructura contribuiría a articular la creciente red digital que conecta las economías del Asia-Pacífico con la costa occidental de América.
Convertirse en nodo digital también exige mayores estándares de resiliencia: redundancia de rutas internacionales, protección de estaciones de amarre, coordinación entre operadores privados y autoridades marítimas, junto con una planificación estratégica de la conectividad hacia territorios australes y antárticos.
El concepto de poder marítimo, tradicionalmente asociado al comercio marítimo, a la explotación de recursos oceánicos y a la capacidad naval, está evolucionando.
En el siglo XXI deberá incorporar también la protección de la infraestructura digital submarina y la seguridad de las comunicaciones globales.
Para Chile, país profundamente vinculado al Pacífico y al sistema económico del Asia-Pacífico, esta realidad tiene implicancias estratégicas evidentes. Bajo la superficie del océano se extiende una red silenciosa de fibras ópticas que sostiene el funcionamiento de la economía digital mundial.
Comprender, proteger y fortalecer esa infraestructura será parte esencial del poder marítimo de Chile en el siglo XXI.
Fuentes y Referencias:
TeleGeography – Submarine Cable Map and Global Data Traffic Statistics
National Institute of Standards and Technology (NIST) – Post-Quantum Cryptography Standards
European Union – Resilience of Submarine Cable Infrastructure
Google – Humboldt Submarine Cable Project
Luis Ernesto Siebert Cristi
Ocean Engineer – Ingeniero Naval