Columna de Opinión:
Prevención estratégica en el siglo XXI
Anticipar crisis en los espacios de interés nacional
La estabilidad entre Estados no es producto del azar. Requiere anticipación estratégica, coherencia institucional y una administración prudente de los espacios donde se proyectan los intereses nacionales.
Por Luis Ernesto Siebert Cristi. Ingeniero Naval APN - Ocean Engineer MIT
Las crisis entre Estados rara vez aparecen de manera súbita. Con frecuencia se incuban lentamente, en demoras técnicas, interpretaciones divergentes o señales administrativas contradictorias que, con el tiempo, erosionan la claridad de los acuerdos existentes.
Por esta razón, en el siglo XXI la estabilidad internacional depende cada vez menos de reaccionar frente a los conflictos y cada vez más de anticiparlos. La prevención estratégica consiste precisamente en identificar tempranamente los ámbitos donde podrían surgir fricciones y administrar con prudencia los instrumentos políticos, jurídicos y técnicos disponibles para evitar que esas tensiones se transformen en crisis.
En el caso de Chile, esta lógica preventiva se proyecta sobre diversos espacios de interés nacional: el territorio continental, los espacios marítimos, el espacio aéreo, las regiones polares y, cada vez con mayor relevancia, la infraestructura digital que conecta continentes a través del océano.
En el ámbito marítimo del Pacífico sudoriental, el dinamismo del comercio transpacífico y el desarrollo de nuevas capacidades portuarias están reconfigurando gradualmente los equilibrios logísticos de conexión entre América del Sur y las economías del Asia-Pacífico. La competencia por convertirse en plataformas de intercambio intercontinental refuerza la necesidad de mantener una mirada estratégica sobre los espacios marítimos más allá de la Zona Económica Exclusiva y sobre la evolución futura del derecho internacional aplicable a esos ámbitos.
A ello se suma un factor cada vez más determinante: la infraestructura submarina de telecomunicaciones. Las redes de cables de fibra óptica que recorren los fondos oceánicos —verdaderas carreteras submarinas de datos— constituyen hoy el soporte esencial de la economía digital global. La seguridad, resiliencia y protección de estas infraestructuras críticas se han convertido en una dimensión estratégica de primer orden, pues de ellas dependen la conectividad intercontinental, la competitividad tecnológica y el funcionamiento cotidiano de las economías modernas.
En el siglo XXI, la estabilidad entre Estados dependerá cada vez más de la capacidad de anticipar fricciones en los espacios donde se proyectan los intereses nacionales.
En este contexto más amplio, uno de los ámbitos donde la prevención estratégica se hace particularmente visible es la relación entre Chile y Argentina. El sistema de tratados vigente ha permitido consolidar una relación de paz y cooperación que ya se extiende por varias décadas y ha demostrado ser sólido y eficaz.
Sin embargo, la experiencia internacional muestra que las controversias limítrofes rara vez nacen por ausencia de normas. Con frecuencia surgen por demoras en la implementación técnica de acuerdos, interpretaciones divergentes de disposiciones existentes o prácticas administrativas que generan señales contradictorias.
De ahí la importancia de mantener una mirada preventiva, orientada a asegurar vigilancia institucional permanente sobre aquellos ámbitos donde podrían aparecer tensiones futuras.
Esta lógica adquiere especial relevancia en relaciones interestatales que presentan asimetrías estructurales. En el caso de Chile y Argentina, existen diferencias evidentes en variables como población, masa territorial continental y profundidad estratégica. Reconocer estas asimetrías no implica antagonismo ni desconfianza; simplemente responde a un principio básico del realismo en las relaciones internacionales.
En este contexto, algunos ámbitos requieren una atención particular.
Uno de ellos corresponde al sector de Campos de Hielo Sur, entre el Monte Fitz Roy y el Cerro Daudet. El acuerdo de 1998 estableció el criterio para la delimitación del límite en ese tramo, quedando pendiente la materialización cartográfica definitiva en determinados segmentos. Se trata de una cuestión de demarcación técnica y no de redefinición soberana, por lo que la continuidad técnica y la coherencia cartográfica resultan esenciales.
Otro ámbito sensible se relaciona con los regímenes de navegación establecidos en el Tratado de Paz y Amistad de 1984 para determinadas rutas australes. Dichos regímenes fueron definidos mediante acuerdos específicos entre las partes y deben interpretarse conforme al texto del tratado y a las normas generales del derecho internacional aplicables.
Sin embargo, la estabilidad limítrofe no depende únicamente de los tratados. Con frecuencia, las controversias internacionales se gestan primero en inconsistencias internas.
Por ello, resulta fundamental mantener una gobernanza institucional coherente en estas materias. Esto supone contar con una autoridad técnica central claramente identificada para emitir definiciones oficiales en asuntos limítrofes; asegurar la coherencia de la cartografía publicada por organismos del Estado; mantener una coordinación permanente entre Cancillería, Defensa y autoridades regionales; y alinear a sectores vinculados —como turismo, pesca o transporte marítimo— con las definiciones oficiales del país.
La disciplina comunicacional también forma parte de esta tarea preventiva. Declaraciones imprecisas o interpretaciones incorrectas difundidas públicamente pueden ser posteriormente invocadas como antecedentes interpretativos por otros Estados.
No se trata de desconfiar ni de anticipar conflictos inevitables. Se trata, simplemente, de administrar con rigor aquello que ya ha sido acordado.
En el siglo XXI, la estabilidad entre Estados dependerá cada vez menos de la capacidad de resolver crisis y cada vez más de la capacidad de evitarlas antes de que aparezcan.
Prevenir no es confrontar. Es anticipar.
Y anticipar exige mantener atención permanente en aquellos espacios donde los intereses nacionales se proyectan —territorio, mar, aire, regiones polares e infraestructuras críticas de conectividad global—, porque es allí donde, con el tiempo, podrían surgir nuevas fricciones.
La mejor forma de preservar la estabilidad es reconocer con serenidad dónde podrían nacer las crisis y actuar antes de que lo hagan.
Valparaíso, 02 de mayo de 2026