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Columna de Opinión:

Camino al crecimiento sostenido

Por Luis Ernesto Siebert Cristi. Ocean Engineer MIT - Ingeniero Naval APN.

Columna de Opinión:

Camino al crecimiento sostenido

Luis Ernesto Siebert Cristi. Ocean Engineer MIT - Ingeniero Naval APN

Durante un coloquio organizado por Liga Marítima de Chile en Concepción, el pasado 15 de mayo, dedicado a analizar la situación de los puertos de la Región del Biobío, uno de los expositores formuló un comentario que continuó rondando en mi mente mucho después de terminado el encuentro. Se refirió a la necesidad de contar con una instancia de “gobernanza” capaz de coordinar el desarrollo del sistema portuario nacional, evitando esfuerzos dispersos o iniciativas desconectadas entre sí.

Más allá del término utilizado, creo que la idea apuntaba a algo bastante más profundo y necesario: la ausencia de una suerte de “director de orquesta” que facilite un esfuerzo nacional racional y efectivo, capaz de armonizar capacidades, orientar prioridades y proyectar el desarrollo del país con visión de largo plazo.

La reflexión resulta particularmente pertinente en momentos en que Chile parece haber perdido el dinamismo de crecimiento sostenido que durante años permitió expandir oportunidades, fortalecer la estabilidad nacional y mejorar la calidad de vida de millones de compatriotas. Y probablemente una de las razones de este estancamiento radica en que, aun disponiendo de talentos, recursos naturales, universidades, infraestructura, empresarios y una privilegiada posición geográfica frente al Pacífico, muchas veces actuamos como un conjunto de iniciativas dispersas, donde cada actor procura avanzar en función de sus propios objetivos, pero sin una visión compartida respecto del rumbo general del país.

Naturalmente, lo anterior no significa pretender reemplazar la iniciativa privada mediante sistemas de planificación centralizada, que por lo demás la experiencia internacional ha demostrado ineficientes y poco innovadores. Muy por el contrario. El desafío parece consistir en algo bastante más razonable y necesario: generar las condiciones para coordinar esfuerzos, facilitar inversiones, dar continuidad a proyectos estratégicos y orientar el desarrollo de las distintas macro regiones del país conforme a sus ventajas comparativas y potencialidades futuras.

Tal vez ha llegado el momento de comenzar a pensar el desarrollo nacional desde una perspectiva de verdadera geopolítica económica. No para dividir artificialmente al país, sino para reconocer que nuestra extensa geografía contiene realidades, capacidades y oportunidades profundamente distintas entre sí.

El norte posee ventajas ligadas a la minería, la energía solar, el litio y los corredores bioceánicos hacia países ubicados al oriente de la cordillera de los Andes. La zona centro concentra capacidades financieras, universitarias y tecnológicas, además de importantes capacidades agrícolas y agroindustriales que podrían fortalecerse mediante sistemas de riego y producción crecientemente tecnificados. El centro sur dispone de una importante base industrial, portuaria y logística. Y el extremo austral aparece cada vez más vinculado a energía, hidrógeno verde, acuicultura, turismo, servicios marítimos, conectividad transpacífica y proyección antártica. La pesca, por su parte, ocupa los espacios marítimos que ofrece el océano Pacífico a lo largo de todo el litoral y aguas interiores.

En conjunto, estas capacidades podrían permitir a Chile transformarse no solo en una plataforma logística y digital del Pacífico Sur, sino también en un actor crecientemente relevante en materia de seguridad alimentaria regional y global.

Bajo esta mirada, el desafío nacional no consistiría en uniformar el desarrollo, sino en armonizar las capacidades de cada macro región dentro de un proyecto país coherente, capaz de potenciar simultáneamente conectividad, poblamiento, emprendimiento e innovación.

Porque dada la especial geografía y diversidad territorial de Chile, el crecimiento sostenido difícilmente podrá retomarse desde un modelo excesivamente concentrado en el eje central del país. Será indispensable descentralizar oportunidades, infraestructura e iniciativa emprendedora hacia las distintas macro regiones, permitiendo que el sector privado despliegue plenamente su capacidad de generar riqueza, empleo, inversión y desarrollo, recursos que finalmente sostienen gran parte del funcionamiento del propio Estado.

La necesaria descentralización económica y emprendedora tampoco debiera confundirse con fragmentación estratégica. Por el contrario, la complejidad geográfica de Chile parece exigir una mirada de macro regiones funcionales, capaces de coordinar infraestructura, energía, seguridad, logística, innovación y conectividad dentro de una visión nacional coherente y de largo plazo.

La magnitud de estos desafíos probablemente exigirá, además, formas de coordinación nacional capaces de trascender los ciclos políticos y administrativos tradicionales, permitiendo dar continuidad a ciertos objetivos estratégicos fundamentales para el desarrollo del país. Más que nuevas estructuras burocráticas, el desafío parece apuntar hacia la necesidad de generar acuerdos permanentes y una institucionalidad suficientemente sólida para mantener orientaciones básicas de largo plazo en las materias antes mencionadas.

En este contexto, nuestros puertos, corredores bioceánicos, redes digitales, centros universitarios, proyectos energéticos y capacidades industriales debieran comenzar a ser entendidos no como iniciativas aisladas, sino como partes integrantes de un mismo sistema nacional de desarrollo. Un sistema capaz de transformar a Chile en una verdadera plataforma de conexión física y digital entre Sudamérica y el Asia-Pacífico.

La creciente demanda mundial por alimentos y proteínas podría abrir además nuevas oportunidades de integración económica con regiones vecinas, permitiendo complementar capacidades agrícolas, energéticas, logísticas e industriales dentro de cadenas de valor orientadas hacia los mercados del Asia-Pacífico. Bajo esta perspectiva, Chile no solo podría proyectarse como plataforma logística y digital del Pacífico Sur, sino también como un actor relevante y confiable en materia de procesamiento y provisión para un mundo siempre demandante de seguridad alimentaria.

El fortalecimiento de vínculos económicos y logísticos con regiones vecinas puede contribuir a generar mayores espacios de cooperación e intereses compartidos, disminuyendo potenciales tensiones futuras. Sin embargo, también resulta necesario comprender que una creciente interdependencia entre actores privados, infraestructuras críticas y corredores internacionales podría generar nuevos focos de fricción o controversia que requerirán adecuada institucionalidad, previsión estratégica y capacidad de gestión.

Después de todo, la estabilidad, la autonomía y la capacidad de disuasión de las naciones modernas descansan también sobre la solidez de su economía, la calidad de sus infraestructuras, su cohesión territorial y su capacidad de proyectar crecimiento sostenido en el tiempo.

Tal vez allí se encuentre uno de los grandes desafíos pendientes de nuestro país: comprender que para disponer de una buena orquesta no basta con contar con excelentes músicos, sino también con una conducción capaz de armonizar sus talentos y dar continuidad a una obra común.

Y esa obra no debiera tener otro propósito que construir un país más próspero, innovador, estable y seguro para nuestros hijos y nietos.

Valparaíso, 22 de mayo de 2026