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Columna de Opinión:

El deber antes que la gloria

Columna de Opinión:

El deber antes que la gloria

Por  Natalia Martínez Sepúlveda. Socia Liga Marítima de Chile

“Cuando Ud. esté leyendo esta carta, o su hijo habrá muerto, o habrá llegado con todos los náufragos a Punta Arenas. Solo no volveré”.

Así escribía el Piloto 2o Luis Pardo Villalón a su padre, antes de emprender una de las navegaciones más extraordinarias de la historia marítima de Chile en agosto de 1916.

El comandante de la escampavía Yelcho sabía perfectamente los riesgos que implicaba la misión que tenía por delante. Debía dirigirse hacia la Antártica para rescatar a los 22 hombres de la Expedición Imperial Trans-Antártica que permanecían aislados en Isla Elefante, después del naufragio del Endurance, buque de la expedición liderada por Sir Ernest Shackleton. Los náufragos llevaban más de cuatro meses esperando el regreso de “El Jefe”. Habían soportado el frío extremo, la oscuridad, el aislamiento y la incertidumbre. Pero había algo todavía más urgente: el hambre. El tiempo se llevaba las esperanzas de vida con cada minuto que esperaban el rescate.

La comisión confiada a Pardo no era sencilla. Debía internarse en las peligrosas aguas del Mar de Drake y enfrentarse a los hielos antárticos en una época en que no existían pronósticos meteorológicos satelitales, ni las tecnologías que hoy permiten anticipar las condiciones del mar y reducir considerablemente los riesgos de una navegación de estas características. La Yelcho, además, no había sido concebida como un buque de exploración polar, sino como un modesto remolcador.

Shackleton ya había intentado, sin éxito, llegar hasta sus hombres. Primero con el Southern Sky, luego con el Instituto de Pesca N.o 1 y finalmente con la goleta Emma. Ninguno de esos esfuerzos había conseguido sortear el hielo para alcanzar la Isla Elefante.

Pardo conocía esos antecedentes y era consciente también de los peligros. Por eso le escribió a su padre: “Esas enormes masas de hielo infunden respeto; pero la obra es grande, nada me arredrará, soy chileno”. El coraje no consiste en desconocer el peligro, sino en reconocerlo y, aun así, asumir la responsabilidad cuando existe una razón superior para hacerlo. Pardo lo expresó con una sencillez que, un siglo después, todavía conmueve: “Si salgo avante, habré cumplido con mi deber humanitario, como marino y como chileno; Esa será mi gloria”. Quizás allí se encuentre la verdadera dimensión de su hazaña.

Pardo no salió en busca de la gloria. Salió a cumplir con su deber. Y fue precisamente por eso que la historia terminó concediéndosela.

Han pasado 110 años desde aquel rescate. La historia de Shackleton y del Endurance ha sido contada innumerables veces. Pero existe otra historia que merece ser recordada: la de quienes, desde Punta Arenas, hicieron posible el rescate y la de quienes en Chile comprendieron inmediatamente la dimensión de lo ocurrido.

Entre ellos estuvo la Liga Marítima de Chile. En septiembre de 1916, apenas unas semanas después del rescate, la “Junta Central” (sic) de LIGAMAR  acordó reconocer tanto al Piloto Pardo como a la tripulación de la Yelcho por la forma en que habían realizado el salvamento.

Para el diseño de las medallas se nombró una comisión formada por el Sr. Julio Pérez Canto y por el Comandante Santiago Lorca Pell Ross. El diseño fue aprobado por la institución el 8 de noviembre de ese mismo año. El cuño utilizado se convertiría en el definitivo de la institución, estableciendo así un vínculo material y permanente entre LIGAMAR y aquella hazaña y convirtiendo a Pardo en parte de su propia historia institucional.

El 2 de mayo de 1917, en una “hermosa y sencilla ceremonia”, la Liga Marítima de Chile hizo entrega de las distinciones: una medalla de oro al Piloto 1.o Luis Pardo, tres medallas de plata para los oficiales (Aguirre Romero, Beltrán Gamarra y Valenzuela Mesa) y 19 medallas de bronce para la tripulación. Las piezas, de 40 milímetros de diámetro, fueron acuñadas en los talleres del Sr. Juan Gottuzzo, en Buenos Aires. Llevaban en el anverso el escudo oficial de la Liga y, en el reverso, una representación del salvamento de la expedición Shackleton y el nombre del agraciado.

LIGAMAR tenía entonces casi tres años de existencia. Sin embargo, ya comprendía algo que continúa formando parte de su razón de ser más profunda: que una nación marítima no se construye únicamente con buques e infraestructura. Se construye también con personas capaces de comprender el mar, enfrentar sus desafíos y poner sus capacidades al servicio de otros.

El discurso pronunciado durante la ceremonia por el presidente de la Liga Marítima de Chile, Emiliano Bordalí, resulta especialmente significativo. Al reconocer al Piloto Luis Pardo y a su tripulación, destacó que su acción demostraba “valor, abnegación y el sacrificio de todo sentimiento egoísta en aras de la disciplina militar y el servicio de la humanidad”. Y agregó una frase que, leída hoy, adquiere una especial vigencia: “La Liga Marítima de Chile, en obedecimiento a sus estatutos, cumple ahora con el suyo ensalzando vuestra acción y premiándola en forma modesta, pero significativa”.

Hace 110 años, LIGAMAR no solo entregó una medalla. Reconoció una manera de entender el mar y el servicio. Reconoció que detrás de toda hazaña marítima hay siempre personas que asumen responsabilidades, enfrentan dificultades y ponen su conocimiento, su voluntad y su experiencia al servicio de los demás. Por eso recordar hoy al Piloto Pardo no significa solamente recordar al comandante de la Yelcho que rescató a 22 hombres de Isla Elefante. Significa recordar una virtud que sigue siendo necesaria: la capacidad de anteponer el deber a la gloria. Porque la gloria puede llegar como consecuencia de una acción extraordinaria. Pero el deber se cumple antes.