Columna de Opinión:
El tablero austral
Po Luis Ernesto Siebert Cristi. Socio de LIGAMAR
Las recientes declaraciones de altas autoridades argentinas respecto de Magallanes, los espacios australes, el paso Drake y su condición de acceso bioceánico han provocado una comprensible reacción en Chile. Particular atención han recibido las referencias al Estrecho de Magallanes, cuya soberanía chilena no admite discusión y está respaldada por los tratados vigentes.
Sin embargo, sería un error reducir estos episodios solamente al Estrecho. Las referencias formuladas abarcan un espacio geográfico y estratégico mucho mayor. En estrategia, como en el ajedrez, no basta mirar la última jugada: es necesario comprender la posición que los sucesivos movimientos van construyendo sobre el tablero.
Considerados aisladamente, algunos de estos episodios pueden explicarse como errores, imprecisiones o declaraciones desafortunadas. Considerados en conjunto, aconsejan observar no sólo los puntos, sino también la trayectoria que parecen dibujar.
La propia visión argentina acerca del extremo austral confirma la necesidad de esa mirada amplia. El Atlántico Sur, las rutas bioceánicas, el paso Drake y la Antártica forman parte de un espacio cuyo valor estratégico probablemente aumentará durante las próximas décadas. No hay nada reprochable en que un Estado identifique, defienda y proyecte sus intereses permanentes.
La pregunta es si Chile está haciendo lo propio con igual claridad y continuidad.
Chile y Argentina han construido una relación de cooperación que debemos preservar. Pero amistad y comunidad de intereses no son sinónimos. En una relación inevitablemente asimétrica, el país de menor tamaño tiene una responsabilidad adicional: conocer con particular claridad sus propios intereses y evitar que su voluntad de mantener buenas relaciones pueda confundirse con disposición a acomodarse a los intereses del otro.
Ello exige revisar periódicamente nuestras posiciones. Los respaldos diplomáticos, apoyos políticos y otras decisiones discrecionales no debieran transformarse por inercia en automatismos. La amistad entre Estados requiere reciprocidad, y una política exterior madura debe evaluar si sus posiciones contribuyen efectivamente a proteger los intereses nacionales.
Recuperar la iniciativa estratégica en el espacio austral, sin embargo, exige bastante más que diplomacia.
Chile posee una posición geográfica extraordinaria, pero la geografía por sí sola no construye poder. La soberanía se consolida con presencia humana, conectividad, infraestructura, actividad económica, conocimiento científico y capacidades nacionales que permitan sostenerla.
Aysén, Magallanes, Tierra del Fuego y nuestros espacios marítimos australes requieren una verdadera política de Estado.
Poblamiento, energía, industria, pesca y acuicultura, turismo, infraestructura, conectividad, ciencia, logística antártica y presencia naval y aérea no deberían constituir esfuerzos independientes, sino piezas de una misma estrategia. Las personas permanecen donde existen oportunidades; necesitamos desarrollar actividades económicas que generen bienestar y arraigo y, simultáneamente, fortalezcan nuestra presencia nacional.
Pero el tablero austral no termina en nuestra frontera oriental. Mientras hacia el este nuestros intereses encuentran inmediatamente los de Argentina, hacia el oeste se abre por miles de millas el Pacífico. Una estrategia austral chilena no puede construirse mirando solamente hacia la frontera. Debe mirar también hacia el océano y entender ese enorme espacio como ámbito de desarrollo, conectividad y proyección nacional.
Ello requiere integrar efectivamente nuestros territorios australes entre sí y con el resto del país. Aysén y Magallanes no son confines alejados del centro, sino territorios desde los cuales Chile puede proyectarse hacia el Pacífico Sur y la Antártica.
Ninguna estrategia de largo plazo será sostenible si no es comprendida y compartida por la ciudadanía.
Los chilenos deben conocer por qué nuestros territorios y espacios marítimos australes importan, qué intereses nacionales están allí comprometidos y por qué su desarrollo requiere continuidad y esfuerzos cuyos frutos muchas veces aparecerán décadas después. Sólo una estrategia asumida como propósito nacional podrá trascender gobiernos y sostenerse en el tiempo.
La Antártica agrega una dimensión fundamental. El Tratado Antártico ha resguardado las posiciones de soberanía, pero no ha eliminado los intereses nacionales. Chile debe aprovechar su privilegiada condición geográfica fortaleciendo sostenidamente su presencia científica, logística, marítima y humana.
Nada de esto significa buscar confrontaciones. Chile debe cumplir escrupulosamente sus tratados y cultivar buenas relaciones con sus vecinos. Pero la prudencia diplomática deja de ser virtud cuando puede interpretarse como falta de voluntad. Las relaciones asimétricas permanecen saludables cuando existen límites conocidos y respeto recíproco por los intereses de cada parte.
Recuperar la iniciativa significa anticiparse: definir como país qué posición queremos que Chile ocupe en el espacio austral dentro de veinte o treinta años y comenzar hoy a construirla. Ello requiere continuidad política, recursos, capacidades y, sobre todo, voluntad nacional.
Los demás actores moverán legítimamente sus piezas de acuerdo con sus propios intereses. Chile debe hacer lo mismo.
En el tablero austral no basta responder a las jugadas ajenas.
Debemos definir nuestra propia partida, articular las piezas que ya tenemos y estar dispuestos a moverlas.
Valparaíso, 27 agosto de 2026