El 30 de agosto de 1916, mientras el mundo se desangraba en la Primera Guerra Mundial, la Armada de Chile escribía en los confines más hostiles del planeta una de las páginas más gloriosas de nuestra historia marítima. Aquel día, el Piloto 2º Luis Alberto Pardo Villalón, al servicio de la Armada y al mando de la escampavía “Yelcho”, rescató a los 22 náufragos de la expedición transantártica de Sir Ernest Shackleton, quienes se encontraban desamparados en los hielos mortales de la Isla Elefante.
Hoy, al cumplirse 110 años de aquella proeza, es imperativo reflexionar sobre el profundo significado de esta gesta, no solo como un acto humanitario sin parangón a nivel mundial, sino como un pilar fundamental de nuestra identidad nacional y soberanía.
Es ineludible destacar el excepcional liderazgo del Piloto Pardo. Su figura encarna la serenidad absoluta en medio de la tormenta, la altísima pericia técnica del marino chileno y una determinación inquebrantable. Pardo asumió voluntariamente una misión altamente riesgosa tras los repetidos fracasos de buques de mayor envergadura y de distintas nacionalidades. Lo hizo consciente de que el éxito dependía no del acero de su nave, sino del temple de su espíritu. Sir Ernest Shackleton ya había fracasado en tres intentos previos de rescate a bordo del "Southern Sky", el "Instituto de Pesca Nº1" y la pequeña goleta "Emma". Fue precisamente tras el naufragio de este tercer intento, cuando Pardo remolcó a la inmóvil "Emma" desde Puerto Stanley hasta Punta Arenas, que el explorador británico valoró en toda su dimensión la capacidad, el profesionalismo y el ojo marinero del chileno. Producto de ello, fue el propio Shackleton quien solicitó oficialmente al Gobierno de Chile que el rescate final lo hiciera el Piloto Pardo, con nombre y apellido. Ante la urgencia y la connotación mundial, el Presidente de la República, Don Juan Luis Sanfuentes, autorizó vigorosamente la ejecución de esta misión.
Ese liderazgo se cimentó en un extraordinario trabajo en equipo junto a una tripulación conformada, en gran parte, por voluntarios de la escampavía "Yáñez", nave que Pardo comandaba originalmente antes de relevar al enfermo comandante de la “Yelcho”, el Piloto 1º Francisco Miranda, ya que esta última nave se encontraba en mejores condiciones que la suya. Sin embargo, la “Yelcho” era un buque de precarios medios para la zona austral: con apenas 36,5 metros de eslora y 467 toneladas de desplazamiento, sin un casco reforzado, carecía de calefacción, de alumbrado eléctrico y de radiotelegrafía, poseyendo además una borda muy baja y una sola hélice, lo que constituía un pecado casi mortal para el área de operaciones austral. En resumen, nada más inadecuado para la tarea, descrita por muchos como una "misión imposible". Sin embargo, la confianza ciega entre el comandante y sus hombres permitió sortear espesas neblinas, fuertes corrientes y colosales témpanos de hielo que superaban la altura del propio buque.
La inmensa dimensión moral de este zarpe quedó inmortalizada en la carta que Luis Pardo escribió a su padre antes de soltar amarras, asumiendo que podría no regresar: "La obra es grande, pero nada me arredra; soy chileno. Dos consideraciones me hacen afrontar dichos peligros: salvar a los exploradores y darle renombre a mi patria. Me consideraría feliz si consiguiera, como creo, hacer lo que otros no han podido. Si fracaso y muero, usted cuidará de mi Laura y de mis hijos, que quedarían desamparados y sin más apoyo que el suyo. Si salgo avante, habré cumplido con mi deber humanitario como marino y como chileno. Cuando usted esté leyendo esta carta, o su hijo ha muerto o ha llegado con los náufragos a Punta Arenas. Solo no volveré…"
Muchos estudiosos han comparado acertadamente el texto de esta misiva con la inmortal arenga del Comandante Arturo Prat antes del Combate Naval de Iquique. Ambos enfrentaron la inminencia de la muerte con la misma serenidad y resolución patriótica: uno en la guerra, el otro en la paz. Y es aquí donde emerge un paralelo ineludible en el alma de nuestra institución: si Arturo Prat es el máximo héroe naval de Chile en la guerra, entregando su vida por la Patria; el Piloto Pardo es nuestro indiscutido héroe de la paz, arriesgando la suya para salvar a ciudadanos extranjeros y honrar a nuestra bandera.
Más allá de la épica del rescate, esta hazaña encierra una trascendencia geopolítica invaluable. La proeza de la Yelcho constituyó la primera comisión oficial de Chile en el territorio antártico. Fue la demostración irrefutable ante el mundo de que los derechos antárticos reclamados por nuestro país, dados a conocer en 1906, no eran meras declaraciones de intención, sino que se venían ejerciendo mediante actos concretos para hacer efectivo el dominio sobre dichos territorios. Asimismo, posicionó a Chile por su capacidad real para operar en cualquier época del año en el inhóspito Continente Blanco. La estela de la “Yelcho”, abriéndose paso entre los hielos antárticos, fue nuestra primera firma soberana, estampada con el coraje de un rescate humanitario.
Recordar esta epopeya debe remover nuestras emociones más profundas y llenarnos de legítimo orgullo patrio. Nos recuerda que la Armada de Chile ha sido, es y será una herramienta insustituible del Estado para el resguardo de la soberanía nacional. A 110 años de esta odisea, que la memoria del Piloto Pardo y sus valientes tripulantes nos inspire siempre a enfrentar nuestras propias tormentas con esa misma convicción marinera de que, para los chilenos, no existe la palabra imposible.
Almirante (R) Edmundo González Robles
Vicepresidente de la Fundación Piloto Pardo, Presidente en la Liga Marítima de Chile y Profesor en la Academia de Guerra Naval.